El nuevo misal



20 Los altos funcionarios dejaron el rollo en la cámara de Elisamá, el cronista, y fueron al palacio a informar de todo esto al rey. 21 El rey mandó a Jehudí traer el rollo de la cámara de Elisamá, el cronista, y cuando Jehudí lo trajo, lo leyó delante del rey y de todos los altos funcionarios que le rodeaban. 22 Como era el mes noveno, el rey se encontraba en su cámara de invierno, ante un brasero encendido. 23 En cuanto Jehudí terminaba de leer tres o cuatro columnas, el rey las cortaba con un cuchillo y las echaba al fuego del brasero. Así lo hizo hasta quemar todo el rollo.n 24 Ni el rey ni los altos funcionarios que oyeron toda la lectura sintieron miedo ni dieron señales de dolor. 25 Elnatán, Delaías y Guemarías rogaron al rey que no quemara el rollo, pero él no les hizo caso, 26 sino que ordenó a Jerahmeel, príncipe de sangre real, a Seraías, hijo de Azriel, y a Selemías, hijo de Abdeel, que apresaran al profeta Jeremías y a su secretario Baruc. Pero el Señor los ocultó. 27 Después que el rey quemó el rollo con las palabras que Jeremías había dictado a Baruc, el Señor se dirigió a Jeremías y le dijo: 28 “Toma otro rollo y vuelve a escribir en él todo lo que estaba escrito en el primero, el que quemó Joaquim, rey de Judá. 29 Y dile lo siguiente: ‘Así dice el Señor: Tú quemaste el rollo, y reprendiste a Jeremías por haber escrito que el rey de Babilonia va a venir, sin falta, a destruir el país y a dejarlo sin hombres ni animales. 30 Pues bien, yo, el Señor, te digo a ti, Joaquim, rey de Judá, que no tendrás descendiente en el trono de David.o Tu cadáver quedará expuesto al calor del día y a las heladas de la noche, 31 y a ti y a tus descendientes, lo mismo que a tus funcionarios, os castigaré por vuestros pecados. Haré que caigan sobre vosotros y sobre los habitantes de Jerusalén y de Judá todas las calamidades que os anuncié, y a las que no hicisteis caso.’ ” (Jr. 36)


Hoy tomé conciencia de la lamentable pérdida que hemos sufrido los pobres pelagatos. Hoy se interpuso entre mí y el altar, al impartirse la solemne bendición, la terrible deuda que estamos contrayendo, todos nosotros, cristianos mitrados, ungidos o bautizados, de la terrible deuda, digo, con el Logos liturgós.

Desde el penosísimo Vaticano II, los fieles han padecido el rodar ineluctable de los manoseos curiales, profanaciones canallescas y burlas insoportables. Los mismos ministros del altar, cebados con la gloria, con el Kabot terrible de Yahvé, irrumpieron en el terrible Sancta Sanctorum, destrozando todo a su paso. Ni el respeto por la fe de los fieles, por los miles de cristianos que acuden semanal o diariamente a saciar su sed de Dios en los infinitos manantiales del ara sacrificador, ha podido parar el aluvión de los hideputos, que al grito del non serviam se ufanan de pastoralistas y ecuménicos.

Hoy he tomado conciencia del terrible menoscabo, de la violación inmunda que los obispos argentinos han perpetuado contra la doncella sagrada. Han penetrado hasta el confín de la fealdad, re-redactando el libro más sagrado, después de las Escrituras, que el cristiano posee.
Las plegarias sagradas, los textos inmáculos de los Padres, los mil veces benditos pasajes de la vida del Cristo, en manos de los hijos de la impunidad, se han visto a sabiendas distorsionados.
Hoy he tomado conciencia del odio de los pastores a las letras. Hoy, he visto poner sus plumas sobre el altar, y arrojar sus tinteros por el atrio, a los recios númenes de la lengua castellana. Oído han, quizás, el horrible chirrido del ustedes, irrumpiendo como un frenético poseído en los labios de los lobos.
Hoy he tomado conciencia, de la mayor de las maldiciones: el odio en el corazón del sacerdote. Odio a lo sagrado, a lo puro y casto. Odio a la doctrina, a la disciplina y la oración. Odio a la contemplación y al arrojo de la prédica.
Hoy, he visto a un sacerdote que se ha dolido ante el altar, que ha protestado de la impureza y la chabacanería.
Hoy, he visto a Jeremías llorar, de pié ante las ruinas de Jerusalén. Y no he podido dejar de recordar el sacrilegio del rey, el desden por el rollo y por El que lo dictó.
Hoy he rezado, en mis aposentos oscuros, una vez más. He rogado por la consumación final, por la venida del que ha de venir.
Hoy he pedido ser contado entre los acólitos celestes, entre los 144000, entre los manchados por la sangre del martirio, entre los monjes y los reyes, los esclavos y los libres, los pastores y las ovejas.
Hoy, he pedido por los pobrecillos que no conocerán jamás el culto espiritual, que no podrán gozarse de la columna de incienso, trepando desde el altar hasta las manos de alados querubines menesterosos.
Hoy, he pedido el desenlace final.



Conversaciones minotáuricas


Hablar del Minotauro en tiempo pasado puede inducirnos a pensar en una realidad ya finiquitada. Para nada. El feroz engendro goza de una salud privilegiada. Han pasado héroes y semidioses, dejando una retahíla de sucesos gloriosos, de eventos infortunados y misiones sin concluir. De todos conservamos recuerdos más o menos claros, según haya sido el fin que el destino dispuso cumplieran. Han pasado, digo, pero el Mino ha quedado, vivito y coleando.

Por otra parte, es verdad que ha sufrido serios contratiempos. Unos de ellos, me coloca a mí como protagonista principal. Pero pensemos por un momento en los pobres infelices que precedieron mi entrada en el terrible laberinto. No todos pudieron escapar, y los que por fortuna atinaron a rajar, sendas cicatrices incurables portan para siempre.

Tengo que confesarte algo: cuando degollé una vez al Minotauro, creí haber terminado el trabajo. ¡Sandio! Salí del laberinto hecho un sapo de inflado, imaginando glorias y lauros. ¡Dos veces sandio! Pensé:
-Ahora que soy un gosso de en serio, Ariadna me va a dar bola.

Esto puede ser desconsolador, pero hay que decirlo: el Minotauro no muere nunca. No mientras nosotros vivamos. ¿Se entiende? No muere, porque Mino no es un coso feo, con cara de vaca y cuerpo de lungo. No es un coso, es más bien una cosa, algo en parte indefinible.

Bien, lo confieso: Mino no muere porque su ser carece de materialidad.

-Pero Teseo, ¡si vos lo pasaste a degüello!

-Esa cosa no tiene cuerpo, pero los toma misteriosamente. Es un “organismo espiritual”, orientado a satisfacer su apetito de carne. Por medio de ella engrosa, se amplía y se hinche. Puede expandirse, Ariadna, intensivamente, claro. En rigor de verdad, y en sujeción a la escuela, deberíamos hablar de una cuasi-materialidad minotáurica. No hallo mejor vocabulario ahora para describirte esta manifestación espiritual.

-¿Y en criollo, amor?

-Olvídate lo de cuasi. Demasiada metafísica para una mujer, aunque sea griega. Además no es un término apodíctico. Si no, decime, ¿qué es algo cuasi material? O es, o no es. A no ser que… la analogía… no, tampoco. No es claro. Prefiero la opinión de Agustín: los espíritus tienen materia. Punto.

-¡Eso era! ¡Un espíritu! Tanta barahúnda para algo tan simple.

-Simple en la noción, maleable a machamartillo. Pero sutil y resbaloso, como una anguila. Vive más que nosotros, intensiva y extensivamente. Su poderío avanza siempre, aunque experimente retrocesos y mengüe su energía en determinadas edades. Conoce las profundidades de todo compuesto, instalando sus tiendas en los límites de lo espiritual, si es que hay un límite entre lo visible y lo no visible. ¿Alguien lo ha visto? ¿Quién lo supone tan cierto como para no sentir los cuchicheos, las amenazas, las admoniciones de todo un magín daimónico? ¡Oh Sortes, tu scis!

Hoy lo tienes hablándote de entrega y sacrificio, de autoinmolación para salvarse; mañana lo ves gritando por las calles que Dios ha muerto, y pasado prometiendo primaveras y renacimientos religiosos. Aparente contradicción, Ariadna, pero excelente táctica. ¡Otra que Nietzsche, Marx et caterva! Mino tiene más en común con tipos como Maquiavello o Richelieu. O al revés: las posesiones remiten al poseedor.

-¿Posesiones?

-¿Y qué crees? Mino se resiste al papel de mero titiritero. No, él quiere hacer, siempre quiere hacer. ¿De donde crees que brota la maldad sobrehumana de ciertos hombres? Y no hablo de los casos más mentados de maldad, de los catastróficos dictadores, de los maniáticos de todos los tiempos. Los hay más cercanos, y del pago encima. Minos es el supremo instigador, el contestatario, el que come de su propia soflama. Nunca reduzcas, oh Ariadna, la maldad a los hombres. Ellos son incapaces de introducir por sí solos el mal en el mundo: es un instigado, conciente y participador voluntario de la primigenia revolución de los espíritus. Toma parte, claro está, del movimiento caótico originado en el empíreo y terminado en el universo. Pero no lo preside, no es capaz. Minos comanda, el hombre secunda, y los dos toman parte.

-Sería bueno interrogar al mismo Minos. Vive todavía en el laberinto. Si querés podemos ir juntos, y después pasamos en limpio la entrevista.

-Una entrevista… no me convence mucho. Hice un voto a los dioses, para nunca más meterme en los aposentos malditos. Andá vos, si querés, y me contás después.




Nota de descargo


El Dr. Fernando Romero Moreno me hizo llegar el 15 de noviembre el siguiente mail, advirtiéndome de una equivocación en el post del 6, "El nacionalismo de los Ezcurra". Nobleza obliga, publico. Muchas gracias.

Estimado amigo:

He visto con gran alegría la reproducción de mi breve nota sobre Don Alberto Ezcurra Medrano y de su escrito inédito acerca del nacionalismo. Le agradezco la publicación. El escudo que Ud. reproduce no es el de los Ezcurra en la Argentina. Me tomé el trabajo de consultar al Padre Alvaro F. Ezcurra acerca de este asunto y me contestó lo que copio infra. Va la historia del escudo heráldico y copia del mismo. ESTA AUTORIZADO PARA PONER TODO EN EL BLOG y de paso corregir el ícono correspondiente al escudo.

Un fuerte abrazo

Fernando Romero Moreno


Fernando: Ese no es nuestro escudo. Lo que pasa es que a medida que el troco original de una familia se va extendiendo en diversas ramas, cada cual adopta un escudo propio. Te transcribo lo que escribió mi padre al respecto: ""Las armas de Ezcurra son, según la "enciclopedia Heráldica" de García Carrafa: De azur, con un águila de oro. Según Carlos Calvo el águila sería de plata, pero me merece más fe lo primero. Don Domingo de Ezcurra se radicó en el lugar de Albiaso, del Valle de Larraun, donde fue Señor de la casa de Petrirena. Contrajo matrimonio con doña María de Echarri. Las armas de Echarri son: Escudo cuartelado: primero y cuarto de plata, con un árbol de sinople y un lobo de sable pasante al pie del tronco; y segundo y tercero de oro, con cuatro palos de gules. Bordura de gules con una cadena de oro. Estas son, por otra parte, las armas del Valle de Larráun. "Es tradición que este valle es de los más antiguos poblados de Navarra y que en él nació Sancho Abarca, por cuya razón tuvo varios privilegios y fueros de hidalgos" (Enciclopedia Espasa). Los Ezcurra del lugar de Albiasu adoptaron estas armas. No sé con certeza la causa. Pero supongo que su uso sería anexo al Señorío de Petrirena, heredado probablemente de los Echarri. Es lo que en heráldica se llama armería de sucesión (Ver "Heráldica", de Armengol y de Pereyra, pág, 92). Siendo ese el escudo heredado de nuestros antepasados, creo que es el que por tradición debemos seguir usando. Al menos así lo hizo don Juan Ignacio de Ezcurra, a pesar de no haber heredado el mencionado Señorío. La versión más antigua que tengo del mismo es la incompleta que figura en un sello impreso en lacre, en carta de Teodora de Arguibel de Ezcurra a don Juan Manuel de Rosas, de fecha 1 de agosto de 1822".
Aquí va el escudo del Valle de Larráun, que es el que siempre usaron los Ezcurra de la Argentina y el mismo que Juan Antonio y yo tenemos en nuestra casa. Un abrazo y hasta cualquier momento.

P. Alvaro F. Ezcurra

Reflexiones en torno a la contemplación, el retiro y la amistad


Hace tiempo discutía con un amigo acerca del silencio. Él, hombre inteligente si los hay, sostenía que el silencio es totalmente in-enseñable, que los métodos para enseñarlo bien podían pasar por ser inútiles, y hasta anti-producentes. Yo sostenía exactamente lo contrario: que el hombre puede aprender a hacer silencio, que con una adecuada enseñanza podría lograrse una disciplina que amara el recogimiento y la soledad. Hoy debo sostener, mutatis mutandi, la opinión de mi amigo, matizándola con un poco de la mía.

Personalmente, creo que el tumulto palaciego de este siglo exige el retiro permanente del cristiano. Retiro por lo demás necesario, y la más de las veces doloroso. Porque el alma, hecha para con-vivir, siempre tira al grupo, a la pringue rebañega que desconoce los atributos divinos de la individualidad. Pero no solo tiende a descarriarse, a fundirse en la hipóstasis mundial. También experimenta la cercanía de los amigos, de los cuales no puede, o le cuesta, muchas veces, alejarse. Y creo yo que el alma que logra ser conciente de la independencia santa de la conversación con Dios, incluso sus amistades deberá ceñir, delimitar.

Claro, todo a costa de sufrir, como dije. Porque, por más que los amigos sean del palo, la opción loca y rara de retirarse, de volverse un enemigo de la socialidad, de impetrar las luces divinas que sólo relumbran en el recinto solitario del desierto, no es bien vista ni comprendida. Y algo de razón tienen.

La cuestión es discernir hasta donde la amistad conspira al fin de la contemplación. Sabemos, de hecho, que la contemplación es enemiga del batifondo, y hasta de las palabras mismas, si quieren. Pero también sabemos que en estos tiempos de refriega y caos, la amistad verdadera se hace ineludible.

Creo yo que ambas cosas, la amistad y el retiro, son compatibles, en la medida que el fin de todo hablar, de todo intercambio amical, sea la contemplación.

Más aun, re-creo que el retiro del mundo debe contener un poquitín de anti-socialidad. No una mera matización, un contemplar trabajando, sino un efectivo aborrecimiento del entorno que conspira en contra del alma. Y es más, de las mismas cosas buenas y lícitas que nos hacen olvidar del fin. No hay que olvidar que las cosas están animadas, que no hay nada totalmente inerte. Las fuerzas monstruosas del tío Pateta, como llama Newman al Innombrable, movilizan el cosmos contra nosotros. Hay magia detrás de todo.

-Pero Teseo, un hombre sin amigos es un asno salvaje, que no conoce la solidaridad ni la camaradería. Un típico individualista.

-Ariadna, ¿puedes fácilmente confundir al monje con el misántropo, al asno con el águila, al hombre más sociable de todos con el egocéntrico? Es posible que los confundas, porque el monje raya la hibridez, la anti-naturaleza. Cuando Aristóteles planteó hipotéticamente la posibilidad de un in-sociable total, lo llamó bestia, pero también ángel. Pues bien, yo creo que el monje, al participar más profundamente en la comunidad de los hombres, de los hijos, puede justamente llamarse bestia, y ángel. Su bestialidad lo aleja del silogismo mundial, lo vuelve un verdadero intratable. Y su angelitud lo convierte en el más sutil de los hombres, en el centro de referencia de todas las almas “sociales”. Advierte que en tiempos de papas arder, las miradas se han vuelto a las cuevas, nunca a los palacios.

-Teseo, ¿qué dirán tus amigos cuándo lean esto? Pensarán que los desprecias, que son para ti causa de repulsa.

-Ariadna, mis amigos me entenderán. Los demás me abandonarán.

Un nacionalismo esencialista


El comentario del carlista en el post acerca del nacionalismo de los Ezcurra, nos introduce en una cuestión que es preciso ventilar desde el inicio, para que la discusión acerca del nacionalismo y su aplicación posible tenga verdadera raigambre noética. Me refiero al status epistemológico, en lenguaje moderno, de las ideas de los principales propulsores de su pensamiento.

Hace tiempo, al estudiar la obra de Donoso Cortés, me topé con una realidad de la cual es dificil escapar, al menos yo no pude, y que puede resumirse en así: los nacionalistas, en su mayoría, son deudores de una seria falencia filosófica, producto del esencialismo suareciano.

Esperen muchachos, no me puteen, sigan leyendo.

Donoso Cortés enmarca su pensamiento en los límites de la doctrina política suareciana, del doble pacto y el origen "trampolinezco" del poder. A decir verdad, Donoso se cuida de caer en las redes del comunitarismo, hacia las cuales camina definitivamente el trayecto del pensamiento suareciano. Pero me da la impresión, corríjanme please, que falta cohesión por falta de ser. En resumen, el esencialismo de Suárez hace mella hasta al mismo Mella.

Por otro parte, está la cuestión de la paulatina formación de los estados modernos, y la posibilidad de encarar una "restauración" que tenga en cuenta algunos elementos nuevos, y de los cuales Donoso ni Balmes ni Vázquez pudieron siquiera soñar, aunque quizás sí anticipar. De Donoso sabemos su alta mirada aguilar, profética. Pero la visión profética es difusa, mistérica. La realidad es más amplia.

-¡Ésto es una herejía liberal Teseo!

-Soy patriota de alma, tanto o más como ustedes. Pero el pensar la patria de Castellani me habla por encima de los partidos.

El respeto que profeso por los pensadores tradicionalistas españoles no me hace olvidar el deber de ejercitar mi propia mollera, y aun de cascarlos un poco, si biene bien.

No se me enoje carlista, que yo he gritado más de una vez los vivas a la madre patria.

Creo que hace falta una base teorética nueva, o más afín a la realidad moderna, al decir de Newman, tomando los elementos nuevos, como dice carlista y antes de él don Vázquez, y reasumiéndolos desde la perspectiva de la tradición. Pero contra esta hermosa figura imaginativa, se me plantan los tercios de requeté, con sus hermosos uniformes. Y me da la impresión de estar viendo a la vieja caballería polaca, llamando a la carga contra los tanques alemanes.


¿Quién tiene la culpa, Mino?


“De hecho nuestros sacerdotes se encuentran, prácticamente, en los cinco continentes. Por eso se puede decir: de los Apeninos a los Andes, a las Montañas Rocallosas, a los Urales, al Kilimanjaro, al Himalaya, a los Cárpatos, a Central Range... y también se puede decir: del Tíber hasta el Río de la Plata, al Amazonas, al Hudson, al Yang–Tse, al Dnieper, al Moscú, al Volga, al Jordán, al Nilo, al Berbice, al Sepik... y también del Mar Tirreno al Mar Rojo, al Mar Caspio, al Mar Báltico, al Mar Caribe, al Mar de China, al Mar Muerto, al Océano Atlántico, al Pacífico, al Mar de Bismark....”.


Homilía predicada por el R.P. Carlos Miguel Buela, IVE,en Ponzano Romano, a la comunidad sacerdotal del IVE y a sus feligreses de la parroquia, el día 12 de octubre de 1997.

No sé lo que piensan ustedes al respecto, pero a mi entender el principal mal que acarrea la Iglesia desde hace ya un largo tiempo es la inversión de roles. El cambalache eclesial que significa ver en los altos puestos de jefatura individuos de la más asnal naturaleza, llenos de soberbia y prepotencia, ha de ser, quizás, el último estado en que un organismo cae antes de su disolución o reintegro.


De la Iglesia docens, no vale la pena hablar. Clarísimos se oyen los rebuznos desde la Montonera, ululares bárbaros de malones devenidos en cortes obispales.

Comentaré, sucintamente, un escrito arto curioso. No creo halla en la literatura jesuítica moderna un exponente más acabado de fariseísmo, estafaduría y cinismo, todo junto, en un solo combo. Sí, lector: me refiero a él, ¿quién más podría ser?

El texto de marras lo podrán ustedes mismos consultar en la página kukusa: Acerca de quienes estuvieron con nosotros.

Rápidamente, transcribo lo principal:

“Quienes estuvieron algún tiempo viviendo con nosotros: en general, salieron por alguno de los dos motivos siguientes: a- Vieron que no tenían vocación; b- Se les dijo que tenían que salir porque no se le veía idoneidad para nuestra Congregación.

Quienes fueron miembros de votos temporales: como se sabe pasado el término temporal de los mismos quedan liberados de sus promesas; si deciden terminar la experiencia religiosa antes del término temporal deben pedir dispensa a quien corresponde.

Quienes fueron miembros de votos perpetuos: Aquí no hay la misma facilidad. Es materia de elección inmutable, como enseña San Ignacio de Loyola [171-172], pero con grave causa la Iglesia concede el indulto de salida del Instituto. No se puede tener en nuestras comunidades a nadie que no lo quiera, porque los males serían más grandes.

Quienes fueron, además, miembros como sacerdotes ministeriales:

- Hay quienes han ido a otros Institutos y otras Diócesis y siguen ejerciendo, dignamente, el ministerio. Como se decía en España “ancha es Castilla”, en todas partes de la Iglesia se puede dar gloria a Dios y trabajar por la salvación de las almas. De hecho algunos de ellos nos piden predicaciones, hacen ejercicios espirituales con nosotros, nos envían vocaciones, están haciendo fundaciones, etc., es decir, mantenemos con muchos muy vivos los vínculos fraternos.

- Otros dejaron el sacerdocio (son los casos, humanamente, más dolorosos): entre estos, algunos regularizaron su situación con la Iglesia, otros no sabemos.

Ceguedad. Culpable ceguedad de este fatuo, de este tonto que no se sabe tonto y quiere gobernar encima (o hacer – que – gobierna) a otros (Castellani). Y aquí el “tonto” no es sinónimo de “pobrecillo”. Tómese más bien como de estúpido, o necio.

En general, dice Mino. En general mide las almas, escudriña las conciencias y maneja los destinos. En general manda curas a la loma del mongo, más solos que loco malo. En general están donde están. Pregunto, en general, ¿cuántos "se fueron" por negligencia de los “superiores”? ¿Saben qué cosa responde Buela? “Lo que nunca debemos olvidar es vivir el precepto de la caridad y pedimos perdón si alguna vez hemos faltado, queriendo o sin querer”. En dos líneas intenta dejar en claro que puede haber habido errores, que pueden haber fallado los juicios de idoneidad, que pueden haber forzado conciencias, que pueden haber fabricado vocaciones, que pueden tener culpa. En general, ellos pueden.

¿Y dónde están los desaparecidos? No sabemos, responde Buela. De algunos sabe, y los oculta. De otros ignora, y se lamenta. ¿Se lamenta? Si alguien tiene tripas, lea completo el texto. Verá que el lamento no existe, que en realidad la culpa de todo la tienen los que no perseveraron, los que no confiaron.

¿Dónde están? Busque, “padre”, a sus hijos espirituales por algunos de los riscos de los Apeninos, o en las estepas rusas, o en los desfiladeros del Kilimanjaro. En fin, busque y rebusque, porque ustedes están en todos lados. En general hallará alguno, pero corra antes que empiece el parricidio.

Mas, al fin de cuentas, como el Minotauro tiene prepotencias universalistas, por pura compasión para los culpablemente caídos, agrega: “Además, salvo que alguno no lo quiera, los seguimos considerando como miembros de la Tercera Orden, participando del tesoro espiritual de nuestra familia”. Pero, ¿¡quién querrá quedar fuera del festín familiar del IVE!? Porque una vez que se probó el caldo negro del Chañaral, señores, yo se los aseguro, un antes y un después nace en la vida.

Sé de un pobre recién ordenado, que sentado en un rincón mientras sus compañeros “festejaban”, lloraba como un loco. Un sacerdote, viejo, que no kukú, se le acercó y le preguntó por la causa del lloro. El infeliz contestó: -“Yo no quería ser sacerdote”. Les aseguro que ese desdichado tipo, cuya ordenación, de hecho, no fue válida, no se olvidará jamás de la familia espiritual de Buela.

¿Quién tiene la culpa? -Sin duda, responde el Mino, ellos, los Generales.


El nacionalismo de los Ezcurra.


He tomado de terciosancarlos.blogspot este interesantísimo documento. Éste es el "nacionalismo" de los Ezcurra. Los tipos parece que lo llevaban en la sangre. Por lo demás, ¿qué opinaría Buela de esta "aristocracia" que propugna Ezcurra? No creo que condiga con sus apetencias negreras. Nacionalistas... ¡eran los de antes!


Se cumplen en 2009 cien años del nacimiento de Don Alberto Ezcurra Medrano, uno de los fundadores del nacionalismo católico y del revisionismo histórico efectuado desde una hermenéutica católica y tradicional. Padre de siete hijos, tres de ellos sacerdotes (entre los cuales el siempre recordado Padre Alberto Ezcurra), la mayor parte de su obra histórica – inventariada y dada a conocer gracias a varias notas de Ignacio Martín Clopett – permanece aún inédita. Entre otros escritos sin publicar se encuentran sus “Memorias”, de la cual ofrecemos al lector unos fragmentos valiosísimos que permiten advertir la ortodoxia fundacional del nacionalismo católico representado por Ezcurra Medrano, libre de influencias liberales, marxistas y populistas. Las palabras y frases subrayadas pertenecen al autor.

Fragmentos de sus “Memorias” inéditas

“1928 fue un año de cambios fundamentales en mi vida (…) La reacción antiliberal y antidemocrática que por ese tiempo comenzó a perfilarse en el mundo debió estar en el ambiente, pues sin vinculaciones políticas, sin contactos con otros grupos, la sentimos tres muchachos porteños y la concentramos en una minúscula agrupación que se llamó “Comité Monárquico Argentino”. Nació a fines de 1927 y adquirió forma orgánica el 14 de febrero de 1928 en unos estatutos que llevan la firma de sus tres fundadores y únicos miembros: Francisco Bellouard Ezcurra (+), Eugenio Frías Bunge y Alberto Ezcurra Medrano (…).


Fue una tarde de mediados de abril (…) cuando encontré a Pompón en la vereda. Daba señales de gran excitación y agitaba un papel en la mano. Había descubierto “La Nueva República”, periódico nacionalista y antidemócrata nacido a fines del año anterior (…) De hecho el Comité Monárquico quedó disuelto y sus tres miembros, en unión de Roberto Parker, nos incorporamos al grupo de “La Nueva República” (…). Yo me encargué de redactar la sección “Universitarias” en el periódico y el 15 de diciembre publiqué un editorial que se titulaba: “La reacción y sus dificultades” (…).


“La Nueva República” dejó de aparecer, por entonces, el 29 de diciembre de 1928. Su obra fue grande. En su viejo local de la calle Alsina 884 germinaron el Nacionalismo y la Revolución de 1930 (…). Los que en ella hicimos nuestras primeras armas, jamás la olvidaremos, porque allí aprendimos a interesarnos por los problemas nacionales, y a amar eficazmente a la patria (…).


Una mañana de abril de 1929 me habló por teléfono Juan Carlos Villagra. “La Nueva República” no había efectuado su anunciada reaparición y él, con su hermano Guillermo, Mario Amadeo y otros amigos, habían concebido el proyecto de iniciar un movimiento que continuara la campaña antidemocrática de “La Nueva República”. Con este objeto nos reunimos una tarde en la Academia Literaria del Plata, del Colegio del Salvador, y resolvimos fundar una agrupación católica, dentro de la cual difundiríamos nuestras ideas contrarias a la democracia liberal – condenada por León XIII en la encíclica “Inmortale Dei” – mediante una serie de conferencias que se darían tomando como programa el “Syllabus” de Pío IX. Teníamos también el proyecto de fundar un periódico y de intensificar la propaganda en la Universidad.
Esta agrupación se denominó “Liga Universitaria de Afirmación Católica” (…).


Por ese tiempo nació mi vocación por la Historia. Siempre me había gustado, pero el descubrimiento, en un arca vieja que había sido de mi abuelo materno, de una cantidad de papeles de familia pertenecientes a la época rosista, me hizo interesar especialmente en ese período tan discutido de nuestra historia (…) Por tradición de familia siempre había tenido cierta inclinación sentimental hacia Juan Manuel, pero un mejor conocimiento de su época y la comprobación de la tremenda injusticia histórica que con él se había cometido, me hicieron furibundamente rosista.


Entre tanto, nuestra “Liga” no marchaba. La concurrencia a sus conferencias era escasa, y su carácter de agrupación “católica” no nos permitía difundir abiertamente nuestras ideas políticas antidemocráticas. Todo esto indujo a Juan Carlos Villagra a dejarla morir y a fundar una nueva agrupación de carácter esencialmente político y social, francamente antidemócrata, cuyo fin principal sería la publicación del periódico que tanto anhelábamos (…) Resolvimos publicar el periódico y lo denominamos “El Baluarte”, nombre que adoptamos también para nuestra agrupación (…)


“El Baluarte” apareció en julio de 1929 (…). Su local fue mi casa, Junín 1024. Su Consejo de Redacción lo formamos los dos Villagra, Mario Amadeo y yo (…)


El programa de “El Baluarte” fue (…) esencialmente político y social, inspirado en la doctrina católica. Oponíamos al liberalismo “el predominio de los sagrados derechos de la Iglesia Católica”; a la democracia, “la República tradicionalista, mixta, corporativa y descentralizada”; contra los que negaban la existencia del problema social, nosotros proclamábamos su existencia y añadíamos que en esas cuestiones “poco nos separa de las normas dadas por León XIII el 15 de mayo de 1891”. Propiciábamos también el predominio de la cultura clásica sobre la “romántica y modernista” y nos proponíamos estudiar de nuevo la historia “a la luz de una crítica ajustada al juicio católico y conservador.


“El Baluarte” apareció de Julio a Diciembre, en que se despidió hasta abril con un número extraordinario, en el que colaboraron nuestros amigos de “La Nueva República”. Durante el curso del año publiqué en el seis artículos: “El mal de nuestra época”, “La verdadera definición de la democracia”, “”El pueblo aún no esta preparado”, “Nuestra independencia y el liberalismo”, “Nuestra independencia y el clero” y “La época de Rosas”. Estos tres últimos fueron particularmente interesantes, porque significaron la iniciación en nuestro país de un revisionismo histórico efectuado a la luz de un criterio antiliberal”


El triunfo revolucionario provocó honda conmoción en “El Baluarte”. Yo creí llegado el momento de unificar el Nacionalismo, dividido, ¡ya!, en dos grupos: “El Baluarte” y “La Nueva República”. La idea tenía enemigos decididos y hubo entre los “baluartistas” una sesión borrascosa, durante la cual asumí la defensa de la unión y logré imponerla. Desapareció “El Baluarte” y sus miembros, aumentados por nuevos compañeros, pasamos a integrar la “Comisión Universitaria de La Nueva República”. Esa iniciativa me fue criticada muchas veces. Yo nunca me arrepentí de ella. Es cierto que entre “El Baluarte” y “La Nueva República” había algunas diferencias. El primero acentuaba lo católico y lo tradicionalista. “La Nueva República” se inclinaba más a la acción política y quizás no estaba exenta de influencias maurrasianas. Pero, precisamente, se trataba de infundir en ella nuestro espíritu. Además, hay que confesar que los del “El Baluarte” vivíamos un poco en la teoría política, en el aire, algo desconectados de la realidad argentina (…) La experiencia neo- republicana nos fue útil a todos, nos hizo tomar contacto más íntimo con la realidad política argentina y nos infundió un mayor espíritu de lucha (…) Otros hechos posteriores nos demostraban también que nuestra unión con “La Nueva República” completó, pero no disminuyó, nuestra formación “baluartista” (…).

En 1937 (…) surgió “Restauración”.


“Restauración” fue, sin duda, la expresión más pura y más auténtica del nacionalismo argentino. Surgió a la luz de las llamas del incendio español, que iluminó a muchos de los fundamentos de nuestra nacionalidad. Algo contribuyó a su nacimiento mi “Catolicismo y Nacionalismo”, que entusiasmó a sus fundadores (…) “Restauración”, abandonando el nacionalismo empírico o con ribetes “Maurrasianos” o “nazis”, fue profundamente católica, hispánica y rosista. Fue, inconfundiblemente, nuestro nacionalismo, o sea la doctrina que quiso que nuestra política fuese expresión de nuestro ser nacional y tradicional, y no de doctrinas artificiales o exóticas”
“Hoy que miro “El Baluarte” con una perspectiva de más de 30 años, me doy cuenta hasta qué punto sigo siendo en 1960 el mismo “baluartista” de 1929.


Mi nacionalismo es esencialmente católico y tradicionalista. Fue una reacción de mi patriotismo contra el internacionalismo marxista y el desprecio por la patria de los liberales. Siempre fui patriota, como lo fue mi padre. No creo que el patriotismo sea un sentimiento que me sobre. Lo creo una virtud positiva. Me acompaña en esta opinión Santo Tomás de Aquino (…) Nunca pude ser conservador, como parecería destinado por mi nacimiento, porque el conservadorismo, en nuestro país, se proclama liberal y el liberalismo es una herejía, y en nuestro país, con frecuencia, una traición. No es de la esencia del conservadorismo ser liberal, ni del liberalismo ser traidor, pero, en nuestro país, se han dado esas coincidencias, que soy el primero en lamentar (…)


Tampoco pude ser conservador porque he visto siempre en el conservadorismo, y sobre todo en los conservadores, demasiado espíritu de clase, demasiada defensa de intereses, los he visto demasiado conserva duros, como les decían en España. Y yo, aunque personal y familiarmente aristócrata, como ciudadano argentino antepuse siempre los intereses del país a los míos propios. ¿Quijotismo político? No. Verdadera aristocracia, que es la que tiene el sentido de servir al bien común. La que mira primero por sí misma se transforma automáticamente en oligarquía.


Pero si pude ser nacionalista y no conservador, ello no significa que esté de acuerdo con ciertas corrientes nacionalistas donde se da a la nación o al estado un valor demasiado absoluto; donde con criterio materialista se acentúa demasiado la importancia de lo económico; donde se acepta la Revolución como hecho ineludible, al cual hay que plegarse. Para mí la Revolución es el Anticristo en marcha y galoparle al lado es engrosar su cortejo.


Mi nacionalismo es un nacionalismo “sui géneris”, de muy difícil encuadre fuera de “El Baluarte” y “Restauración”. Soy, más que nada, un “carlista” (Memorias, 1956 y Apéndice al Capítulo III, 1960)


Gentileza del Dr. Fernando Romero Moreno. Fragmentos de este texto aparecieron en la revista Cabildo.

El Misterio y la salvación


Los que hemos seguido paso a paso las idas y venidas del blog de Wanderer, acerca del problema de la salvación, no hemos podido dejar de apreciar el terrible encono que ciertas almas muestran ante la terrible certeza de saber que estamos salvados. Y no es para menos. Una formación espiritual de larga data, comenzada en el seno de la Iglesia post-Trento, ha sentado las bases de la autoafirmación del espíritu. No es que los esfuerzos de los padres tridentinos por poner un dique, demasiado tardío, por cierto, a la oleada protestante deban caer en un juicio precipitado de inutilidad o ceguera. Por el contrario, los bienes que siguieron a Trento, y la llamada Contrarreforma, contribuyeron sobremanera a la defensa doctrinal del dogma católico, amén del esfuerzo de muchísimos santos por devolver el orden al maremagnum cristiano. Mas, he aquí la cuestión: el orden, propuesto como algo a recuperar, ¿era verdadero orden?

Supongamos que el período anterior a la reforma luterana haya sido algo así como el paraíso terrenal, y la reforma misma, la ruptura original. Yo me pregunto, ¿se habrían coaligado tantos católicos en pos de la nueva herejía; habrían apostatado tantos sacerdotes, religiosas y sacristanes si la fe anterior a Trento perduraba incólume? Un dato: cuando Lutero publica su folleto intitulado Sobre los votos monásticos (1523), catorce conventos agustinos y siete benedictinos (Alemania) se pasaron en bloque a la herejía. Algo andaba mal, muy mal.

Y no hablo de la fe concebida como formulación teológica. Estaba en auge aun la escolástica, y la vida intelectual corría por carriles bastante transitados, aunque inficionada de ideas ockamistas y escotistas. Quiero decir que se pensaba, se ejercitaba la mollera, mal que bien. Pero la fe es algo más que concepto. Newman nos ha legado páginas magníficas acerca de la naturaleza del acto vital por el cual creemos. En su Grammar of assent distingue entre un llamado asentimiento nocional y un asentimiento real. El primero no dice necesariamente fe. Mas bien seguridad conceptual, ideal. El segundo introduce al primero el ámbito de lo sobre-entendible. Nos hallamos, en definitiva, ante el asentimiento real de una Persona. Ambos actos son distintos, y sus relaciones multiformes. Lean ustedes mismos el Grammar, y después me cuentan.

En definitiva: la explosiva reacción de la Iglesia tridentina para tratar de poner en orden la casa, tuvo un resultado colateral, quizás impensado. La urgencia sanitaria que pedía el mundo entero, la purga del Templo de Dios, se transformó en un apriete de clavijas tal que no hubo espacios para otras melodías que no fueran las ya prefijadas. La partitura está hecha señores, y al que no le guste, que se pase a otra orquesta.

De nuevo: Trento fue una gracia de Dios, un respiro tardío. Pero significó la cristalización de la vida de fe de la Iglesia. Las nuevas órdenes, con los jesuitas a la cabeza, poco a poco irían tomando esa forma que dio tanto que hablar a los enemigos de la Iglesia. Sacerdotes militarotes, clero de choque: toda una artillería para dispersar a los enemigos de la fe.

¿Y cómo piensa un militar? Piensa en clave estratégica, buscando medios seguros y conducentes a la victoria. Por eso planea, saca coordenadas de tiro, traza mapas y endereza terrenos. También debe dar orden a la tropa y evitar indisciplinas; por eso le es tan cara la ley marcial…

Entiéndase que estoy hablando en general, y señalando un solo aspecto de la reforma tridentina. Si quieren loas, vayan a los libros de los jesuitas (de verdad).

A nosotros nos ha tocado ver las consecuencias de la contrarreforma. A mi entender, creo que el principal defecto de la formación post-Trento, o mejor, jesuítica post-Trento, es el negarse a concebir la fe como misterio. Por eso les cuesta tanto a Wanderer, a Ludovicus y a uno que otro loco, hacer entender qué cosa quieran decir con estamos salvados. La mayoría de los católicos creen en un catecismo, y con ello creen agotar la terrible largueza de Dios.

- Vamos Teseo, no pensarás que Dios nos dejará sin la posibilidad de meter la cuchara. ¡Tenemos derecho!

Si comprendiesen (-esemos) el horroroso espectáculo de la crucifixión tal como es, misterio total, dejarían de pedir participar. Sólo Él era capaz de morir en cruz. ¿Quién podría reemplazarlo? ¿Quién otro podría salvarnos?

Por eso, Wanderer, no se gaste en explicar tanto. Usted, que contempla, tan sólo muestre, o siga mostrando, tan bien como lo hace. Y usted Ludovicus déjelo a RIP (a propós, ¿qué se hizo ese cristiano?) que siga pensando en tiempo newtoniano. De seguro lo bocharon en metafísica en el seminario.

Ellos, los que no entienden de amores.

Fue una vez abba Moisés tentado por la fornicación, y no pudiendo permanecer en la celda, fue y se lo dijo a abba Isidoro. El anciano lo exhortó a que regresara a su celda, mas él no quiso diciendo: “Abba, no puedo”. Tomándolo entonces consigo, lo llevó a la azotea y le dijo: “Mira hacia el poniente”. Miró y vio una innumerable cantidad de demonios, que excitados, hacían gran tumulto antes del combate. Le dijo también abba Isidoro: “Mira también hacia el oriente”. Miró y vio una cantidad innumerable de santos ángeles gloriosos. Le dijo abba Isidoro: “Estos son enviados por el Señor para que protejan a sus santos. Los que estaban hacia occidente son los que atacan. Pero son más los que están de nuestra parte”. Y abba Moisés dio gracias a Dios, tomó confianza y regresó a su celda. (Ap. 495)


Uno de los mayores logros de la cerrazón voluntarista ha sido la degeneración de lo que por naturaleza le corresponde al hombre gozar, y lo que por gracia divinizar. El amor a la propia seguridad espiritual, el miedo a los sobresaltos y oscuridades de la libertad regenerada y la comodidad de regirse por una conciencia universal, han transformado las mágicas extensiones del alma cristiana en materia de especulación jansenista. Para ilustrar un poco las mentes de los desprevenidos, recurriremos al cofre pirata de la hermandad kukusiana, proveedora sublime de verdaderas joyas de vieja literatura ortodoxa.

Hace poco me topé con la página del IVE. ¡Qué dolor de alma! Derechito me fui a los sermones del Minotauro, previo paseo por el Directorio para las Vocaciones, made in Fuentes, y por el foro de consultas al teólogo de marras. ¿Qué pasa si un seminarista se enamora de una buena joven? ¿Debe romper de una vez?, preguntaba alguna avivada. Introduciré algunas consideraciones a esto último, esperando lo más enjundioso en los comentarios de los benévolos lectores.

El P. Fuentes toma para el lado de los tomates. La pregunta versa acerca del enamoramiento, que por lo que sabe la experiencia humana al respecto, y la filosofía con ella, no es sinónimo de sensualidad ni concupiscencia. Fuentes contesta algo que no se le pregunta, a no ser que la pregunta la haya formulado él mismo (soliloquio) u algún servidor adlátere (viveza). ¿Puede enamorarse un aprendiz de cura?
“…si un seminarista no es capaz de dominar sus afectos reservándolos exclusivamente para Dios, es señal que no tiene idoneidad para la vida clerical. Por eso el Papa Pío XI indicaba como falta de idoneidad moral ('no han sido hechos para el sacerdocio')'quien especialmente está inclinado a la sensualidad, y a través de una larga experiencia no ha demostrado saberla vencer´. (Ad Catholici Sacerdotii, 61)”.

Seamos sinceros: la estampa de muchachón superado, de asceta del yermo, no le cuadra a nadie en estos tiempos. ¿No sería más realista decir: “mirá viejo, las minas las vas a tener siempre a mano, y el corazón se te va a volver insoportable algunas veces. Cuando tengas delante un buen bife argentino tipo, Pampita, o un churrasco pasado también, te las vas a ver de figuritas. Vos confiate y hacé menos, que el taita Dios te va a socorrer”?

No soy tan estúpido de pensar que los afectos humanos, dejados al sólo amplexo de la natura indomable, no deban ser “trabajados” ni sublimados (prefiero la terminología del psicanálisis a la de la escuela espiritualista moderna). Pero de allí a sostener que el pobre seminarista debe controlar sus pasiones a la manera del autómata, hay un paso enorme.
Concedemos a Fuentes el cuidado que han de tener los superiores al elegir el candidato a las órdenes. En el IVE, por ejemplo, los menos dotados son transformados en sendos hermanos legos, casi todos norteños o medio lelos (de allí la famosa expresión jocosa de algunos burlones “hermanos lelos”). De manera que la cuestión vocacional, ad intra, se zanja por descarte. Vos sos morochito: leg(l)o. Sos de familia “bien”, tenés ocho hermanos (familia ideal): seminarista. ¿Se acuerdan, los más memoriosos, de aquel hermano lego que deambulaba por las calles de San Rafael, medio no tan santo y con virtudes catadoras bastante desarrolladas? ¿Cómo se llamaba?

El cuerpo de las virtudes morales, traducido en su madurez paulatina por un equilibrio que va de lo superior a lo inferior, de lo espiritual a lo sensible, es un “trabajo” de nunca acabar. Sabidas son las dificultades y tentaciones que muchísimos santos soportaron en el transcurso de toda su vida. San Juan Bosco, por ejemplo, decía que jamás había logrado sacar de su memoria los malos pensamientos de su niñez. San Jerónimo se llevó las jugosas romanas hasta su cueva en Belén y, más reciente, los estertores de san Gabriel de la Dolorosa en el lecho de muerte ante las representaciones diabólicas de doncellas busconas. ¿Y Fuentes le pide madurez a una raza que ni por pienso puede compararse con la del dálmata? Por favor.
La pedagogía kukú es de un cuño negativo que raya lo bárbaro. La ascética, considerada como esfuerzo por, no tiene nada que ver con la idea de los primeros anacoretas solitarios, que postularon la necesidad de tratar al cuerpo como un asno rebelde, pero sin olvidar que la gracia no viene por la cantidad de haceres, sino por la transformación paulatina del espíritu por obra del Altísimo. Al contrario, un sacrificio ejercido por una voluntad autojustificadora introduce la soberbia de creerse salvo por la obra pelada. Y que te salve Mongo después.

Por otro lado, el craso peligro que surge al desestimar la acción contemplativa del sacerdote, suplantándola por una pedagogía de cuño negativo, lleva derechamente al desasosiego e ineptitud de dar a luz hijos por la gracia. La razón de ser del celibato, como bien explica Santo Tomás, es la contemplación de la Palabra viva, el estudio de Dios. Pero si desde el inicio pensamos que el cura debe gastarse y desgastarse, como un ladrillero boliviano, señores: no te salva (no la salva) ni un cinturón de castidad.

El celibato sacerdotal no puede definirse por un no-mujer, sino más bien por un sí-mujer. De hecho, el orden sagrado supone la eficaz capacidad natural del candidato a ser padre biológico. Si no es capaz de amar a una mujer, de engendrar hijos, no puede aspirar a ser fecundo en su ministerio. Estamos llenos de curas impotentes, eunucos, que no célibes; solterones y reprimidos, que no castos. ¿Cómo quieren que el pobre curita, recién salido del seminario, aguante la marejada de sirenas, si cree que la mujer es una especie de vampiro negro, enemiga, que no madre?

Y no se crean que ande con eso de que “los curas deban casarse”. Pero sí crean esto: prefiero buenos casados, que malos castrados.

¿Hasta cuando tendremos que soportar a los kukús? ¿Cuántos más tendrán que caer redondos en el abismo para venir a cuentas de su falsa religión? A veces pienso, ¡perdóname Dios!, que a muchos de esos monjecitos de pacotilla les haría falta probar un poquito de lomo de primera, de esos que veo desfilar todos los días por las calles de este valle de lágrimas.