Impas



Estimados amigos todos de Theseus:
Muy a pesar nuestro, pero obligados por razones de índole familiar y laboral, tomaremos un descanso de los contertulios cibernético, por tiempo indefinido.
Las “despedidas” son siempre dolorosas, aunque más no sean despedidas a medias, con esperanzas de retorno.
Pero bue, los husos de las musas sicilianas han dado en tejer de golpe un destino laboral inesperado, que no podemos evadir.
Así las cosas, nos encomendamos a san Cristóbal, aprontando las viejas maletas, y a todos ustedes a la protección santísima de la Corredentora.
Oremus ad invicem.
Theseus

Nuevas revelaciones sobre la relación Vaticano-FSSPX/SSPX


Más que interesante texto nos ofrece Secretum Meum Mihi.


¿Sabía Ud. Que la FSSPX/SSPX tuvo reconocimiento legal de existencia durante dos semanas en Marzo de 2009? ¿Sabía Ud. que para Agosto de 2005 ya estaba listo un documento por el cual el Papa confería reconocimiento legal a la FSSPX/SSPX? ¿Conocía Ud. del papel protagónico que juegan los obispos alemanes en obstaculizar el reconocimiento legal de la FSSPX/SSPX por parte de la Santa Sede? ¿Cómo se anula el decreto de excomunión de un Católico sin siquiera mencionar su nombre ni aludir el hecho de su excomunión?

Esto y más explosivas revelaciones se desprenden de un artículo escrito por Brian McCall y publicado en The Remnant, Oct-20-2010. Seguidamente una traducción al español de Secretum Meum Mihi de casi la totalidad del artículo mencionado.

Con respecto a las diversas afirmaciones del artículo, desde ahora avizoramos “desmentidos” de varias partes, sean los obispos suizos, sean los obispos de Alemania, sea de parte de la Secretaría de Estado del Estado Vaticano, sea de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, etc...

En el corazón de la reciente conferencia de Angelus Press para celebrar el 40º aniversario de fundación de la Fraternidad de San Pío X (octubre 15-17), Su Excelencia el Obispo Bernard Fellay pronunció una estimulante y amplia evaluación de la situación de la Fraternidad, tanto pasada como futura. Su discurso de dos horas, combinado con su sermón en la Misa Pontifical Solemne, sintetizó los temas y las memorias del evento en conjunto.

Aunque, desde la perspectiva externa, tal vez no el más importante aspecto de la conferencia, Su Excelencia dedicó la media hora final a un examen de las relaciones políticas y legales de la FSSPX con las autoridades en Roma. Sus observaciones, algunas de las cuales él me reconfirmó personalmente en una entrevista exclusiva para The Remnant, proporcionan percepciones frescas, pasadas, presentes y futuras. Un amplio reporte sobre la conferencia de Angelus, que incluye apartes de mi entrevista con Su Excelencia, aparecerá en un próximo número de The Remnant; este artículo presente se enfocará simplemente en la posición legal de la Fraternidad.

Su Excelencia puso el contexto describiendo la política del Vaticano como un proceso de “contradicciones”. Él caracterizó la historia reciente de las relaciones como un proceso de decir una cosa públicamente pero teniendo que hablar y actuar diferentemente en la aplicación práctica. Él parecía estar preparando a sus escuchas para que esperaran que esta dinámica de contradicciones continúe, al menos en el futuro previsible.

Para ayudar nuestro entendimiento de esta dinámica (la posición oficial del Vaticano vs. la posición actual) él asemejó la situación con aquella actitud del Vaticano respecto de la crisis mas grande en la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. La posición oficial ha permanecido constante por los últimos 40 años: No hay crisis, vivimos en la primavera del Vaticano II. Con todo, como Su Excelencia documentó, a través de observaciones personales de Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, vemos el implícito reconocimiento Vaticano de una crisis sin precedente en la Iglesia, una apostasía masiva.

Así por ejemplo, el Obispo Fellay señaló al reciente establecimiento del Santo Padre de un Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización como un reconocimiento papal de una de facto crisis de fe, no obstante la línea de partido oficial de que todo está bien con la Iglesia postconciliar.

Con específicas referencias a la Fraternidad, el Obispo Fellay explicó que la Santa Sede ha estado ejerciendo una política de doble filo, una política oficial de jure contradicha por acciones de facto. Señaló cómo la línea oficial está encarnada en el documento publicado por la Secretaría de Estado después del decreto de 2009 que anuló las excomuniones a los obispos de la Fraternidad. De acuerdo con este documento sin firma, la Fraternidad no existe legalmente y no goza de “ningún reconocimiento canónico en la Iglesia católica”, con sacerdotes de la FSSPX ejerciendo su ministerio “ilícitamente”. Sin embargo, el santo Padre habla y toma acciones concretas que van en contar de esto, frecuentemente incluso reconociendo la existencia y ministerio legales y válidos de los sacerdotes de la Fraternidad.

Su excelencia describe esta situación como el “principio de acción” que se refiere a un modo de interpretar y aplicar las normas legales. Como el fin de la ley es la intención del legislador, cuando el estado de la ley no es claro o es incierto, los textos legales se deben interpretar a la luz de la intención del legislador tal como está manifestada por el modo como él administra la ley. La distinción legal está entre la ley “como está escrita” y la “ley como es recibida”. Otro aspecto de este principio legal es que las acciones del legislador al administrar la ley pueden crear una derogación de facto de la letra de la ley.

Para los lectores de The Remnant que no son abogados, nuestras madres y padres aplican esta perenne verdad por medio del principio “las acciones hablan más claro que las palabras”. Ahora, no ha habido situación legal mas calurosamente debatida en décadas recientes, que aquella de la estancia legal en la Iglesia de sacerdotes y obispos de la Fraternidad. Una rápida búsqueda de internet revela que la posición legal técnica es debatida por Católicos en virtualmente todos los aspectos del asunto. En tal caso, las acciones del Legislador Supremo (el Papa) deben ser examinadas para llegar a un sano entendimiento de la confusión legal actual que rodea la materia.

El Obispo Fellay demostró la aplicación de este “principio de acción” en el caso de la Fraternidad por medio de varios ejemplos, la mayoría de los cuales no habían sido previamente publicados. Primero, él mencionó el asunto de las confesiones de la FSSPX. Como la mayoría de católicos saben, hay ciertos pecados graves, la remisión de los cuales está reservada a la Santa Sede únicamente. Bajo la ley de la Iglesia, si un sacerdote oye la confesión de una persona que ha cometido uno de estos pecados reservados, él [el sacerdote] está obligado a reportar el asunto a la Santa Sede dentro de un plazo de treinta días para recibir permiso de absolver y recibir una guía para la imposición de una penitencia apropiada. Su Excelencia indicó que de cuando en cuando los sacerdotes de la Fraternidad han escuchado estas confesiones, y que, en cada caso, la notificación requerida fue enviada a la Santa Sede. En cada uno de estos casos, la respuesta recibida del Vaticano fue que “todo estaba bien y era lícito” y que el permiso para que los sacerdotes de la FSSPX absolvieran fue conferido.

¿Qué inferencia podemos sacar de esto? Obviamente, los sacerdotes de la Fraternidad pueden validamente oír confesiones. Si a los sacerdotes de la Fraternidad le faltara alguna clase de jurisdicción para oír confesiones, la Santa Sede hubiera respondido que el penitente necesitaba confesarse con un sacerdote con jurisdicción legal para oir confesiones. Por definición, aquí estamos tratando con materia grave y consecuentemente con pecado mortal (asumiendo que todas las otras condiciones están presentes). Incluso así, la Santa Sede respondió a la FSSPX que “todo estaba bien y era lícito”. La Santa Sede esta pues haciendo un de facto reconocimiento de la jurisdicción de la FSSPX para oír confesiones, una posición que la Fraternidad y un número de expertos canónicos han mantenido por años frente a lo que es obviamente una situación legal difícil.

El segundo ejemplo citado por el Obispo Fellay se refiere a aquellos sacerdotes que abandonan la Fraternidad de San Pío X después de haber recibido la ordenación de uno de sus obispos. De acuerdo con la ley y la práctica de la Iglesia, un sacerdote que recibe las Sagradas Ordenes fuera de la Iglesia (i.e., de un obispo que aunque válidamente posea los poderes episcopales, sin embargo se ha separado de la Iglesia Católica) está prohibido (hasta que regrese a la Iglesia Católica) de ejercer alguna vez los poderes sacerdotales conferidos en su ilícita ordenación. Retiene la marca indeleble de su sacerdocio pero está prohibido permanentemente de ejercer los poderes conexos.

No obstante, explicó el Obispo Fellay que, cuando un sacerdote ordenado por un obispo de la Fraternidad, abandonaba la Fraternidad pero deseaba permanecer como sacerdote, la Santa Sede le permitió ejercer sus poderes sacerdotales. De nuevo, no se puede escapar la conclusión legal: Los sacerdotes de la FSSPX no fueron ordenados “fuera de la Iglesia”. Aunque su excelencia no dio nombres, sabemos del caso de los fundadores de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, de los sacerdotes del Instituto del Buen Pastor, de los sacerdotes de San Juan María Vianney en campos, Brasil, de una larga lista de sacerdotes individuales ordenados por un obispo de la FSSPX, que a todos ellos se le ha permitido ejercer su poder sacerdotal. (Ese no es el caso con uno o dos sacerdotes aislados a quienes se confirió una excepcional derogación de esta norma, pero más bien la práctica habitual es la de permitir a todos estos sacerdotes ejercer sus funciones sacerdotales).

El tercer ejemplo que Su Excelencia reveló, estaba en conexión con las ordenaciones programadas para tener lugar en Alemania en Marzo de 2009. Como reportó en su momento The Remnant, los obispos de Alemania estaban aprovechándose de los intentos de los medios de comunicación para sabotear el levantamiento del decreto de excomunión de la FSSPX del Santo Padre y de la por entonces reciente entrevista del Obispo Williamson (“coincidencialmente” publicada en la víspera del anuncio de la histórica decisión del Santo Padre). Como previamente se informó en The Remnant, la Santa Sede contactó al obispo Fellay para pedirle que las ordenaciones fueran movidas a otra locación para mitigar las tensiones entre la Santa Sede y los obispos de Alemania. En su intervención el la conferencia de Angelus, el obispo Fellay reveló más detalles de esta intervención extraordinaria.

El Vaticano pidió al obispo Fellay mover las ordenaciones fuera de la jurisdicción de los obispos Alemanes. Si el obispo Fellay hubiera hecho eso, el Cardenal del Vaticano pactaría, que la Fraternidad “sería legalmente reconocida hasta de la Pascua”. Esto era para cubrir el periodo de dos semanas en que las ordenaciones ocurrirían. El obispo Fellay explicó que él le preguntó al Cardenal por qué se le estaba pidiendo esto ya que, de acuerdo con un reciente documento de la Secretaría de Estado, la FSSPX ni “siquiera existía legalmente”. El Cardenal respondió que “eso no es lo que cree el Papa”.

Como sabemos, el obispo Fellay aceptó el pedido del vaticano de mover las ordenaciones (demostrando una vez más su deseo de obedecer al Papa). Hubo un suspiro colectivo en el cuarto cuando Su Excelencia contó esta historia.

Las discusiones esa noche incluyeron muchas preguntas de si todos habíamos oido mal o malinterpretado lo que Su Excelencia había dicho anteriormente ese día: “¿Quiso él realmente significar que el Vaticano reconoció la existencia legal de la Fraternidad por dos semanas en Marzo pasado?” Cuando después yo personalmente hablé con Su Excelencia, le repetí sus propias palabras tomadas de mis anotaciones y le pregunté si él había hablado equivocadamente o si yo le había oído mal. Dijo: “Eso es lo que dije, me escucho correctamente”. Entonces le pregunté: ¿Eso qué significa?, porque no hay precedente de una afirmación semejante. ¿Cómo puede Usted ser legal por dos semanas y entonces ilegal de nuevo?” Se encogió de hombros y dijo que eso era lo que el Cardenal le había dicho.

[...]

¿Como podemos interpretar este incidente? Primero, tenemos a un Cardenal en el Vaticano afirmando que el Papa no cree en las aseveraciones de un documento que parece venir de un órgano oficial del Vaticano. El documento publicado por la Secretaría de Estado dice que la Fraternidad no existe en la Iglesia, y no obstante el Papa cree que la Fraternidad si existe. El Vaticano entonces está de acuerdo en reconocer temporalmente a la Fraternidad en contraprestación de un cambio de jurisdicción para una ordenación de la FSSPX. ¿Qué tan seriamente toma el Papa esta falta de reconocimiento legal cuando se puede ofrecer una pizca del mismo?

El obispo Fellay intentó dar alguna clase de sentido a estas contradicciones pero todo lo que pudo decirnos es que esta es la realidad que tenemos que aceptar en el presente. La política del Vaticano parece ser una política contradictoria que vacila entre “condenación y admiración”, anotó Su Excelencia. Él está convencido de que por lo que respecta a los sentimientos de Benedicto XVI mismo, admiración por la FSSPX es la palabra. Explicó que en su primer encuentro con el Papa Benedicto XVI, Su Santidad se refirió dos veces al Arzobispo Lefebvre, primero como el “venerado Arzobispo Lefebvre” y, mas tarde en la conversación, como “el Arzobispo Lefebvre, este gran hombre de la Iglesia Universal”.

Asi que, ¿vamos a creer que el Papa cree que un cismático excomulgado es venerable y un gran hombre de la Iglesia Universal? Esto no tendría sentido. La única explicación lógica es que el Papa reconoce al Arzobispo [Lefebvre] por el hijo leal de la Iglesia que es. Su Excelencia también afirma que el Cardenal Castrillón Hoyos expresó esta misma actitud cuando en referencia al trabajo de la Fraternidad, Su Eminencia dijo que “los frutos son buenos, entonces el Espíritu Santo esta ahí”.

Ahora, sabemos que Nuestro Señor nos dio esto acerca de quien está en la Iglesia y quien no está, “juzgadlo por sus frutos”. El Espíritu Santo no puede estar fuera de la Iglesia; entonces, si está en la Fraternidad, la Fraternidad está en la Iglesia. La lógica es irrefutable.

¿Cómo puede ser que el Papa y el Vaticano puedan tener esta política de decir una cosa pero hacer otra? ¿Cómo pueden ellos permitir a clérigos afirmar que las confesiones oídas por sacerdotes de la Fraternidad son invalidas y luego aclarar por sus propias acciones que las confesiones de la FSSPX son “buenas y lícitas”? ¿Cómo puede la Fraternidad ser legalmente reconocida por dos semanas y después cesar de ser reconocida después de ese tiempo? ¿No manifiesta esto una deposición Vaticana de la seriedad del asunto del reconocimiento “legal” de la FSSPX?

La respuesta, nos deja ver Su Excelencia, es por razones políticas, Benedicto XVI siente que, dada la situación en la Iglesia hoy y los “lobos” dentro [de Ella], no puede reconocer a la Fraternidad de jure. Sin embargo, como Él sabe que ellos están “dentro de la Iglesia” y “llevan buenos frutos”, reconocerá su legitimidad de facto tanto como sea posible. Tal como señaló el P. Scott Gardener en su conferencia antes en ese día, el error de la colegialidad ha prevenido la corrección de los errores y abusos producidos por el Concilio. El P. Gardener reportó que un alto cardenal le había admitido que la Colegialidad había efectivamente hecho la Iglesia “ingobernable”.

Un cardenal estadounidense me admitió la misma cosa en una conversación privada en Mayo de 2010. Benedicto XVI ha aprendido por medio de la experiencia que él perdería cualquier pequeña influencia que tenga sobre los obispos de la mayoría del mundo unidos en su desobedencia colegial e ignorarían su autoridad si el va más lejos haciendo lo correcto.

El obispo Fellay ilustró este punto con ejemplos concretos. Recontó como, en 2003, un grupo de cardenales, incluido Joseph Ratzinger, se reunieron para decidir que se debería hacer acerca de la Fraternidad y de la Tradición. Estuvieron de acuerdo en que tenía que organizarse una administración apostólica para dar status legal e independencia a los grupos tradicionales. Hubo un desacuerdo acerca de si la Fraternidad debería formar la “espina dorsal” de esta estructura con los otros grupos unidos a ella, o si ella debería sólo ser dejada independientemente entre las actuales comunidades Ecclesia Dei.

Cuando Benedicto XVI fue elegido en 2005, comenzó a implementar este plan. El obispo Fellay contó mas detalles de su reunión inicial con Su Santidad. La reunión que incluyó al Cardenal Castrillón Hoyos, al Santo Padre, al obispo Fellay y al padre Schmidberger. El Papa le preguntó al Cardenal Castrillón “en que estado están las cosas”. El Cardenal respondió, “Hoy puede Ud. reconocer a la Fraternidad de San Pío X. Ya le envié un documento que haría esto”.

El Papa respondió que ya había recibido el documento y lo había enviado al Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos para que determinára si estaba “de acuerdo con la Iglesia”.

El obispo Fellay señaló que debería haber contenido algo inusual si necesitaba ser examinado. Sin embargo, por alguna razón, el Papa fue evidentemente bloqueado y al punto, este documento —preparado por el Cardenal Castrillón Hoyos y en principio aprobado por el Papa (y enviado para un estudio técnico)— no ha visto la luz del día. ¿Por qué no?

El obispo Fellay explicó que en 2006 los obispos de Alemania fueron al Vaticano y se opusieron vigorosamente al proyecto. ¿Entonces, qué hizo el Papa? Liberalizó la Misa y levantó el decreto de excomunión de los obispos de la FSSPX. Todos recordamos lo que le pasó al Papa después de eso. Literalmente, se desató todo el infierno. Se le vino el mundo encima.

El obispo Fellay aún más puso nuestra atención al reciente incidente cuando el Papa nombró al conservador P. Gerhard Maria Wagner para que fuera obispo de Linz, Austria. El Papa de nuevo fue atacado en los medios de comunicación por este nombramiento “ultraconservador”. Claramente el Papa ha concluido que no vale la pena el costo de provocar la desobediencia y la rebelión de los obispos dando reconocimiento de jure a la Fraternidad. La única solución es conferir reconocimiento de facto, mientras continúan las conversaciones Vaticano/FSSPX

Aparte, los detalles de la reunión de 2005 y el misterioso “documento de reconocimiento” que resulto de ella, pone a dormir un argumento que ha sido usado por mucosa adversarios de la Fraternidad que afirman que, aunque a la Fraternidad se le suministrara jurisdicción alguna vez, la perdería cuando ellos “rehusaran el ofrecimiento de jurisdicción ordinaria”. He oído este argumento en más de una ocasión.

El obispo Fellay señaló, sin embargo, que a él en realidad nunca le fue mostrado (o presentado) un ofrecimiento concreto real de jurisdicción con ocasión de aquella reunión. Obviamente, él ni siquiera ha visto el documento que el Papa envió para revisar. Nos dijo que el documento “debe haber sido” inusual, indicando que su conocimiento de sus contenidos sólo habían sido deducidos. ¿Cómo puede uno rehusar una oferta de jurisdicción que nunca fue presentada en primer lugar, y que ahora está perdida en un proceso Vaticano de revisión a causa de la intervención del episcopado alemán? Entonces, falla ese argumento. No es el obispo Fellay quien “rehusó aceptar” jurisdicción ordinaria. ¡Son los obispos desleales del mundo quienes han atado las manos al Papa, previniendo que Él lo firme!

En la conferencia de Angelus, el Obispo Fellay, también llamó nuestra atención con relación a una indicación encontrada en la fraseología del decreto del Vaticano que anula el decreto de excomunión de la FSSPX. En el parágrafo de este decreto se lee:

Por las facultades que me han sido concedidas expresamente por el Santo Padre Benedicto XVI, en virtud del presente Decreto, levanto a los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta la censura de excomunión latae sententiae declarada por esta Congregación el 1 de julio de 1988, y declaro sin efectos jurídicos a partir del día de hoy el Decreto entonces publicado. (Énfasis añadido)

El obispo Fellay señaló lo que debería haber sido obvio para todos nosotros. No obstante el hecho de que la primera oración menciona sólo cuatro de los seis obispos sujetos del anterior decreto, la frase final claramente afirma que el anterior decreto “no tiene efecto jurídico”. Eso quiere decir que el decreto oficial cesa de existir legalmente.

Si el decreto que afirma que el Arzobispo Lefebvre y el Obispo de Castro Mayer estan excomulgados latae sententiae, no tiene efecto jurídico, la declaración con respecto a ellos ha sido eliminada también. Para evitar esta conclusión obvia, el lenguaje necesitaría simplemente decir “con respecto a estos cuatro obispos únicamente”, el decreto anterior no tiene efecto jurídico; o “excepto por lo que concierne al Arzobispo Lefebvre y al Obispo de Castro Mayer” el anterior decreto no tiene efecto jurídico.

Plegaria y parresía sacerdotal de Ezcurra

Como los Tedeum de los episcopios, como los sermones del cardenal, como las nauseabundas lamidas en Luján.

Eran otros tiempos, sí, y otras las fuerzas, los pabilos desparramados que aun humeaban.

Un cachito de esperanza nos quedaba, en una Patria re-floreciente

Ahora ni siquiera los tallos, como para ensayar injertos.

Pero qué quieren. Escuchar la verba sacerdotal de Ezcurra ensaya imposibles repiques, tronadoras clarinadas.

Y un De profundis austero y lloroso.

Para la patria.


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La nave de los locos y su piradísimo capitán


Después de hallar y leer este novedoso texto detenidamente, aventuro una hipótesis nueva, no para salvar al individuo, que Dios es el único que salva, sino para reforzar la aprehensión de la evidencia. El R. P. Carlos Buela es el capitán de la nave de los locos.

Esquizofrenia.

Ármense de paciencia, y traten de terminar la lectura de este escrito. Y propongan nosocomios baratos.


Ladrones de vocaciones

Algún lector desprevenido se asombrará de este título, ya que evocará en su espíritu una célebre película italiana de hace algunas décadas. Puede ser que, incluso, el asombro aumente al considerar que el latrocinio no se refiere a bienes materiales, como las bicicletas, sino a bienes espirituales, como las vocaciones. Aún más puede crecer la sorpresa si uno cae en la cuenta de que se trata de vocaciones a la vida consagrada, o sea, de dones sobrenaturales como son las vocaciones sacerdotales, diaconales, religiosas, misioneras o a la secularidad consagrada.

Tal vez a alguno le parecerá esta una idea tan disparatada que sospechará que estoy inventando este delirio, porque considera que no puede haber en la Iglesia nadie que afirme semejante barbaridad. Por eso pruebas al canto: en una carta de fecha 11 de setiembre de 1980, dirigida al suscripto, se me acusaba «de substraer positivamente vocaciones». «Substraer», según una acepción del Diccionario de la Real Academia es «hurtar, robar fraudulentamente». Fácilmente podríamos traer más pruebas, pero por razón de espacio las obviamos, que «para muestra basta un botón».

Consta por la Sagrada Escritura la vocación de Abraham, Moisés, Josué, Samuel, David, Jeremías, Isaías, Oseas, los Doce, los primeros discípulos, de Leví–Mateo , del joven rico , de Pablo , de María, de Jesucristo, etc. De hecho la Iglesia enseña que hay dos elementos esenciales en toda vocación a la vida consagrada: Primero, el llamado de Dios, y, segundo, la admisión o llamado de la Iglesia. A estos dos elementos hay que añadir la idoneidad, que es efecto del llamado divino, y condición previa del llamado eclesial. La idoneidad implica el orden intelectual, físico y psíquico, y moral (en especial, la recta intención) de los candidatos.

El llamado de Dios es el fundamento mismo de la vocación. Es Dios quien elige a una persona determinada a un particular estado de vida y le da las gracias necesarias para ingresar, santificarse y perseverar en él. Es únicamente Dios el que llama, de modo que toda vocación nace de la libérrima y gratuita iniciativa del amor de Dios, cualesquiera sean los medios (o instrumentos) de los que se sirva. Sólo y únicamente llama Dios: a quien quiere, como quiere, cuando quiere, donde quiere, con los medios que quiere y para lo que quiere. Es Él el que elige, con elección eterna, sin que antecediera mérito alguno de nuestra parte, antes de que naciéramos, más aún, antes de la creación del mundo. Jesucristo enseñó explícitamente esta verdad: No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto... (Jn 16,16) y cuando elige a los doce: Subió a un monte y llamando a los que quiso vinieron a Él... (Mc 3,13). Llamado que perdura aun después de nuestros numerosos pecados, pues los dones y la vocación de Dios son irrevocables (Ro 11,29), si le fuéramos infieles, Él permanece fiel, que no puede negarse a sí mismo (2Tim 2,13). Así como ocurrió durante la vida terrena de nuestro Señor, así sigue ocurriendo durante su vida gloriosa en todo el arco de los siglos desde la Ascensión a su Segunda Venida.

No se diga que esto sólo vale en el caso de ser llamados directamente por la voz del Señor, ya que las palabras del Señor contenidas en la Biblia las debemos recibir como si las oyésemos de los mismos labios de Cristo. Pero hay aún otro modo de expresión del Señor que precede a toda palabra externa y son «las voces interiores con que el Espíritu Santo mueve el alma... el impulso de la gracia... la inspiración interior... ». De tal modo que si el diablo sugiriera a alguien seguir la vocación, «...tal sugestión no tiene eficacia alguna si no es atraído interiormente por Dios... sea quien fuese el que sugiere el propósito de entrar en esta religión, siempre este propósito viene de Dios».

Siendo las vocaciones obra exclusiva y maravillosa de Dios no hay sobre la faz de la tierra hombre alguno que la pueda imitar, o remedar, o inventar. Ningún hombre puede dar la vocación a otro, ni siquiera un sacerdote, un obispo o el mismo Papa. No hay técnica psicológica, ni grupal, ni retiro o ejercicio espiritual, ni predicador por elocuente que sea, ni lavado de cerebro, ni las mayores promesas temporales, que haga que un joven o una joven se decidan a algo tan sobrenatural, como es seguir el llamado vocacional, que excede las fuerzas de toda naturaleza humana, sin que exista el llamamiento divino. Nadie puede falsificar simulando, por mucho tiempo, un llamado de Dios inexistente. Nadie puede hacer que quien no tenga un llamado de Dios, lo vaya a adquirir por obra humana.

Si las vocaciones son una gran obra de arte de Dios y es imposible falsificarla con éxito, ¿cómo se hace para «robárselas» a Dios? Esto es un absurdo.

Quien tal supone imagina a Dios como si no fuera Dios (por ser impotente contra los ladrones, o ignorante de sus habilidades, o malo por no impedirles sus malas artes), o a los «ladrones» más sabios que Dios, o sea, que pueden burlarse de Él y ser más sagaces que Él.

¿Cómo se puede «robar» una gracia del Espíritu Santo? Esto no lo puede hacer ni siquiera Alexander Monday, el personaje de «Ladrón sin destino».

¿Cómo se puede sustraer una «inspiración interior» que no sólo llama, sino que además envía? Y si «sustraer» es falsificar, ¿cuánto tiempo vivirá la virginidad «por el Reino de los Cielos» un joven sin vocación?

Si se pueden «robar» es porque estiman que las vocaciones son «de la Diócesis», o sea, de ellos.

Ahora bien, ¿quién les dio el derecho de propiedad sobre las vocaciones que son de Dios? Si las ovejas y los corderos no son de ningún sacerdote, ni obispo, ni diócesis, ni del mismísimo Papa, sino de Jesucristo, según Él le enseñó al mismo Pedro, Primer Papa: Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas... Apacienta mis ovejas (Jn 21,15.16.17), si las ovejas y corderos son de Cristo, ¡cuánto más lo serán las vocaciones!

Pero si las vocaciones son de ellos y no de Dios, ¿por qué se las dejan robar?, ¿por qué no las cuidan?, ¿por qué no las atraen? No sería más realista preguntarse: ¿por qué van con otros a lugares lejanos, sin seguridades –según se apresuran a asegurarles– a donde todo es precario y todos somos peores que Frankestein, Drácula, Stalin e Hitler y se alejan de ellos, donde todo es seguridad, certeza, benevolencia y apertura?

Parece que algunos eclesiásticos se consideran la hipóstasis misma del Espíritu Santo, dueños de las vocaciones, que saben cuántas deben ser, cuáles son y dónde deben ir. Parecen estar convencidos que pueden ir, impunemente, contra la naturaleza de las cosas, que son creadores del ser y de la verdad de la realidad, consecuencia esta de la filosofía moderna, inmanentista, subjetivista, relativista, nominalista, voluntarista y sofista, que parece reinar en sus cabezas. Y, de ahí, los fracasos pastorales clamorosos en que caen, comenzando por la falta de vocaciones.

Y si son «de ellos», ¿por qué no pueden ser de nosotros? ¿Será por razón del domicilio que figura en el D.N.I.? Pero, acaso, ¿no preceptúa el canon 1016 del Código de Derecho Canónico que es obispo propio del diácono «el de la diócesis en la que tiene domicilio de ordenado, o el de la diócesis a la cual ha decidido dedicarse»? Esto que vale para los candidatos al clero diocesano, vale con mayor razón para las vocaciones al clero religioso, como lo muestra la experiencia de casi 20 siglos.

Alguno se preguntará, ¿por qué hay eclesiásticos que afirman que otros «sustraen» vocaciones? La intención de los tales la excuso, porque sólo es de Dios el juzgarla; pero la acción la acuso porque no es lícito callarse cuando está en juego el honor de Dios, según aquello atribuido a San Juan Crisóstomo: «Es laudable ser paciente en las injurias propias, pero soportar demasiado pacientemente las injurias a Dios es impío».

Quien crea que se pueden «sustraer» vocaciones ciertamente cree que se lo puede manipular a Dios y le quita la gloria que sólo a Él le corresponde por esa maravilla de las maravillas que es la manera multiforme, pero siempre grandiosa y mística, con que Dios toca al hombre. Y Dios nos da todo –existencia, su Hijo, la gracia, la vida eterna, etc.–; mas el honor ha de ser todo para Él: ...no doy mi gloria a ningún otro...(Is 42,8; 48,11). De ahí que el pueblo elegido cantaba: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria... (Sl 115,1).

Con esa creencia no sólo se menoscaba la majestad de Dios, sino que, también se desprecia la dignidad de los hombres, y por partida doble; por un lado, los que trabajan por las vocaciones harían mal, pues roban cosas sagradas, violentando conciencias, inventando quereres de Dios donde no los hay, escamoteando y remedando la voluntad de Dios, lo cual los hace seres indignos y miserables; y, por otro lado, a los candidatos a quienes se supone ingenuos, estúpidos, coaccionados o privados de libertad, ya que se los engaña con artimañas, se les lavaría el cerebro, se los atemorizaría con los castigos eternos si no siguiesen la vocación que les inventa –sacándola de la manga– el sacerdote inescrupuloso, etc. El hecho de que algún padre o madre gallináceos obligasen a su hijo a seguir la vocación, o sacerdote, o incluso Obispo, –como aquel que dijo a un diácono: «Si no la tenés, yo te la doy»–, demuestra justamente que no se puede «inventar» una vocación. El filósofo español Xavier Zubiri demostró que estaba coaccionado por su madre cuando lo ordenaron, y la Iglesia declaró nula la ordenación; y el diácono a quien le «dieron» la vocación no perseveró ni un año.

Análogamente a la mentalidad contraceptiva, las actitudes contra–vocacionales ponen de manifiesto una lógica y una raíz.

«La lógica anti–vida». Es la actitud de los estériles de todos los tiempos. De las dos mujeres que se presentan a Salomón reclamando un hijo, sólo la verdadera madre quiere la vida del hijo: Dale a esa el niño, pero vivo; que no le maten. Mientras la otra decía: Ni para mí ni para ti: que lo partan (1Re 3,26). Estos no tienen vocaciones y no quieren que nosotros las tengamos, por eso hace tiempo que traman nuestra liquidación. Pero como Jesucristo es más que Salomón (Mt 12,42), cada vez tenemos más vocaciones y cada vez les resulta más difícil partirnos por el medio. Parafraseando a San Pedro les decimos a los que no nos quieren: ¿Por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis a nosotros, como si por nuestro poder o nuestra piedad tengamos tantas vocaciones?

«¿Cuál es la raíz? Es la rebelión contra Dios ... es el no reconocimiento de Dios como Dios ... ».

De hecho, si alguien cree que las vocaciones son obra humana, no reconociendo que es Dios quien elige y envía, no ha de ser muy bendecido con vocaciones, ya que hace caso omiso a la enseñanza del Señor: Rogad al dueño de la mies para que mande operarios a su mies (Lc 10,2). De hecho, «la vida engendra la vida». Una vocación vivida con desgano, no despertará vocaciones. Una religión que se percibe como burocrática, tampoco. Una casa de formación donde no haya selección, donde los superiores no verifiquen la idoneidad de los candidatos, queda desierta. Una pastoral juvenil no entusiasta, nunca será semillero de vocaciones.

De hecho, nosotros todavía no hemos gastado ni un peso en propaganda vocacional. Nuestra mejor propaganda son los seminaristas y las religiosas.

Consideramos que van contra los derechos humanos quienes obstaculizan la entrada de los candidatos a la vida religiosa donde ellos estimen que Dios los llama. Si no se comete pecado –según dicen– por no seguir el llamado del Señor, ¿cómo podrá ser pecado el elegir el lugar donde uno quiere ser formado? En la mayoría de los Seminarios los alumnos son de aluvión, es decir, proceden de muy distintos lugares de origen. Exclamaba San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia: «¡Cuántos entran en el seminario como ángeles y en breve tiempo se truecan en demonios!... Y sépase que de ordinario, en los seminarios abundan los males y los escándalos más de los que saben los obispos, que las más de las veces son los menos enterados».

En fin, sea como sea, quede en claro que nunca fue nuestra intención «sustraer» nada a nadie, y menos que menos vocaciones a Dios. Que nunca desviamos vocaciones, justamente para evitar que Dios deje de bendecirnos con vocaciones. Por su gracia, en mi vida sacerdotal pude descubrir y acompañar muchas vocaciones a la vida consagrada que se encuentran en diócesis y congregaciones muy distintas, incluso fuera del país. Quisiera, para mí y para todos los sacerdotes de nuestra Congregación, que Dios nos diese el don de poder descubrir y orientar tantas vocaciones que podamos llenar todos los buenos seminarios y noviciados del mundo entero.

Hago votos para que se dé testimonio, con fuerza y valentía, de Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13,8), «quien trajo toda novedad trayéndose a sí mismo». Finalmente, el gran secreto del florecer vocacional es la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, el único que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68).

Declaraciones infernales


Concedemos: Satanás es el padre de la mentira. Lo dijo Jesucristo (Cf. Jn. VIII, 44).

Concedemos también: de nadie podemos saber con seguridad, salvo de Judas Iscariote (Cf. Jn XVII, 12; Mt. XXVI, 24-25), si está condenado.

Pero concédanme ustedes ahora: el Padre Fortea ignora, no digo de teologías, sino de lógica. Si no me creen, lean este contrapunto en prosa.



Nota: el de la izquierda que se parece a un diablo leyendo, es el padre Fortea. Para evitar confusiones, dicen que su obispo le mandó cortarse la barba, o emparejársela. ¿Esoterismo?




Nunca en tantos meses el demonio que repetía las frases que le mandaba repetir se equivocó, ni una sola vez. Dada la duración de las sesiones, dado que estaba improvi­sando sobre la marcha, en alguna que otra ocasión yo sí que me equivoqué. Por ejemplo, si le decía que repitiera Dios es rey. Él lo repetía. El Señor me creó, lo repetía. Pero poco a poco iba diciendo cosas que le atormentaran más, pero algunas de más complejidad teológica. Por ejemplo, si le mandaba repetir cuanto más me valiera no haber desobede­cido, lo decía. Pues esta aseveración sólo implicaba el reconocimiento intelectual de que su opción le había traído perjuicios. Pero en un momento le mandé repetir me arrepien­to de haberme alejado de Dios. Entonces dijo ¡no!. Yo insistí en mi orden, finalmente me dijo rabioso: si quieres lo repito, pero no es verdad.

Otra cosa interesante de observar es que cuando a un demonio se le ordena en el nombre de Jesús que responda a una pregunta, una de dos: o se calla o si responde dice la verdad. Desde luego si se insiste en el nombre de Jesús acaba diciendo la verdad, por­que a veces la primera respuesta puede ser cualquier cosa.

Sólo una vez por más que le di vueltas pensé que Zabulón me estaba engañando por más que insistí en mi orden, el hecho me dejó muy perplejo. En un momento dado invoqué a varios santos. En mi oración en voz alta le pedí a la madre Teresa de Calcuta y a José María Escrivá de Balaguer que nos ayudaran. Entonces aquella voz desagrada­ble habló, cosa extraña pues casi nunca decía nada salvo que se le obligara a hablar. Pero en esa ocasión dijo: ella sí que es una santa (la madre Teresa de Calcuta), él no (Josemaría Escrivá de Balaguer). Yo le repliqué al momento diciéndole que estaba mintiendo. El demonio me dijo: piensa lo que quieras, pero no es santo. Le dije que creía a la Igle­sia, y si la Iglesia me decía que Josemaría Escrivá era santo pues lo era, y punto. Y es más, quise comprobar el poder del nombre de Cristo y le ordené que dijera la verdad. Pero ante mi sorpresa, por más que se lo ordené se mantuvo en su afirmación sin ceder.

Aquello me dejó muy perplejo. Era la primera vez que sucedía. Hasta entonces el poder del nombre de Jesús siempre le había obligado a decir la verdad. Durante un día le di muchas vueltas y al día siguiente de forma repentina me vino a la mente la respuesta. Respuesta que me llenó de alegría, porque podía seguir confiando en el poder del nom­bre de Jesús. Y de admiración, porque nunca pensé que el demonio podía ser tan escurri­dizo, tan serpentino y astuto en un simple comentario hecho tan de paso. El demonio no había rectificado porque había dicho la verdad. Cuando dijo que la madre Teresa de Cal­cuta era una santa se refería a que había llevado una vida santa y ejemplar. Pero cuando dijo que Josemaría Escrivá no era santo, era verdad, pues todavía no había sido canoni­zado. Iba a ser canonizado la semana siguiente, pero todavía no estaba canonizado. El demonio había usado esa argucia semántica para sembrar la duda. La madre Teresa era santa de facto, Josemaría Escrivá no lo era de iure. Aunque Zabulón no era Satán, Padre de la mentira, sí que era maestro del error y estaba dispuesto a usar en una frase un tér­mino en dos sentidos distintos, pero verdaderos, con tal de sembrar la desconfianza hacia la santidad hacia él, entonces, beato Josemaría y hacia el juicio de la Iglesia. Debo reco­nocer que su semilla diabólica, semilla que siembra la duda, hizo que desconfiara por un momento del juicio de la Iglesia, y por ende de la vida de aquel beato. Por un momento en aquella cripta bajo tierra, capilla iluminada por las velas, solos como estábamos (la madre, la posesa y yo), la siembra de la duda comenzó a echar sus malignas raíces en mi mente. No lo digo por quedar bien, pero no consentí en la duda. En cuanto vino a mi mente la advertencia del pecado que se me presentaba en aquel pensamiento, lo deseché.

Pero la duda era tremenda, era la duda acerca del juicio de la Iglesia, acerca de la vida de un santo y, en definitiva, acerca de la bondad de una institución de la Santa Madre Iglesia. Yo había improvisado sin pensarlo aquella invocación al beato, y el demonio, había añadido aquel comentario, al instante, al segundo. El conocía el más allá, él nunca había salido victorioso al poder del nombre de Jesús. Por más que le hubiera abrasado tener que reconocer la verdad y confesarla, siempre se había visto obligado al final a hacerlo. Aquel comentario venenoso que había lanzado el demonio, hubiera sido muy destructivo si hubiera habido personas alrededor menos formadas. Pero al día siguiente, cuando me vino a la mente la solución, vi con claridad que la astucia del de­monio se volvía en su contra. Pues si aquel ángel caído había tratado de denigrar la san­tidad del nombre de aquel beato, entonces ese era el mayor elogio que podía hacerle. La mayor alabanza de su santidad era precisamente esa, el haber buscado una argucia tan as­tuta, tan retorcida, para atacarle.

Meditar sobre aquello me recordaría que Zabulón era también un teólogo. Aquel ser que se retorcía, gritaba y aullaba, sabía más Teología que yo. Y en un segundo había formado una frase cuya primera parte era verdadera de hecho y cuya segunda parte era verdadera de Derecho. Según se interpretara aquella frase era cierta la visión tradicional de la Iglesia o por el contrario era cierta una visión según la cual los juicios de la sede de Pablo podían ser errados, sus santos pecadores, y sus instituciones malas. Y además se me presentaba la sencillez y santidad de la Madre Teresa frente al juicio de la Sede Apostólica. No podía decirse más, en menos. Afortunadamente, una argucia del Maligno cuando es descubierta y expuesta a la luz reafirma más justo aquello que trata de negar. Y a veces la sombra de una gran duda puede ser tan nefasta como la rotundidad de una pequeña negación.

Fortea J. A.N., Summa Daemoniaca, Madrid, Dos latidos, 2004, pp. 265-266

Destierro (a un amigo)


¿Qué te pueden quitar? — No lo que has sido
Ni menos lo que en Dios habrás de ser:
El ser futuro está en manos del Ser.
A Dios nunca hay que darlo por vencido.

Plantas hay que el trasplante sacudido
Las mata, sus raíces al romper...
Haré hasta lo imposible por "prender"

En suelo extraño extraño cielo y nido.

Riégame, oh Cristo, subterráneamente
De las fuentes ignotas que dijiste
En el fondo del alma romperías

Para empujar de nuestra débil mente
La aspiración desmesurada y triste
Hacia las alejadas alegrías

De la unidad con el Omnipresente.


Leonardo Castellani

Roma, 6 de Junio de 1947.

Newman: fe y razón II


Nada quizá satisface más a la reflexión cristiana que su percepción de las raíces profundas del sistema revelado en el curso natural de las cosas, del cual es simplemente la consecuencia y la plenitud: nuestro Salvador ha interpretado para nosotros los acentos tenues o entrecortados de la naturaleza; y en ellos, interpretados así, el cristiano tiene, igual que en una profecía antigua, a la vez las garantías y el memorial permanente de las verdades del Evangelio.

J. H. Newman, La fe y la razón, Sermón II: La religión natural, camino hacia la revelada.


No imaginemos, sin embargo, que al apelar de esta forma a los antiguos vuelvo al mundo de hace dos mil años y encadeno la filosofía con los razonamientos del paganismo. Mientras el mundo sea mundo perdurará la doctrina de Aristóteles sobre estas materias [se refiere al natural desinteresado del conocimiento intelectual], puesto que él es el oráculo de la naturaleza y de la verdad. Mientras haya hombres, no podremos evitar, en gran parte, el ser aristotélicos, pues el gran maestro no hace sino analizar las ideas, sentimientos, opiniones y pensamientos del género humano. El nos ha dicho el significado de nuestras propias palabras e ideas mucho antes de que hayamos nacido. En muchos aspectos el pensar correctamente es pensar como Aristóteles, y nosotros somos sus discípulos, queramos o no, y aunque no le hayamos conocido.

Newman J. H., Naturaleza y fin de la educación universitaria, Madrid, EPESA, 1946, p. 174.


También la modestia, la paciencia y la precaución son disposiciones anímicas tan necesarias como la seriedad y el rigor para la investigación, aunque no lo parezcan en la misma medida a primera vista. El atrevimiento en lo que se afirma, la precipitación en sacar conclusiones, la confianza temeraria en nuestra propia agudeza y capacidad de razonamiento, no se compaginan con el homenaje que la naturaleza exige de aquellos que quieran saber sus maravillas recónditas. Ella se niega a revelar sus misterios a los que llegan desprovistos del espíritu humilde y reverente propio de aprendices y discípulos. Por eso también aquel afán de paradoja que quisiera imponerle un lenguaje distinto del que ella realmente habla es tan anticientífico como anticristiano.

Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843) “El talante científico, inculcado primero por el Evangelio", Madrid, Encuentro, 1993, pp. 62-63


En cuanto a mí, no fue la lógica lo que me arrastró; tanto valdría decir que el mercurio del termómetro hace cambiar el tiempo. Quien razona es el ser concreto; pasa un número de años y encuentro mi espíritu en un nuevo lugar. ¿Cómo ha sido? Se mueve el hombre entero; la lógica del papel no hace sino registrar el movimiento. Toda la lógica del mundo no me hubiese hecho moverme hacia Roma más aprisa de lo que lo hice. Tanto valdría decir que he llegado al término de mi viaje por haber columbrado el campanario de la iglesia del pueblo como aventurarse a afirmar que pudieran ser anuladas las millas que mi alma hubo de recorrer antes de llegar a Roma, caso de haber tenido más clara visión de lo que tuve de que el término de mi viaje era Roma. Los grandes actos requieren de tiempo. Por lo menos eso es lo que yo siento en mi caso. Por eso, venirme a mí con métodos de lógica tenía carácter de provocación, y, aunque no creo haber dado muestras de ello, me dejaba en cierto modo indiferente para refutarlo, y a veces, como medio de aligerar mi impaciencia, me llevaba a ser misterioso o distraído, o dejarlo correr, por no poderlo contradecir satisfactoriamente.

Newman J. H., Apología pro vita sua, Madrid, La Editorial Católica, 1977, p. 137.

Newman: fe y razón I


Y ahora que gozamos de este inmenso don de Dios [la Revelación sobrenatural], la religión natural tiene una utilidad y una importancia que difícilmente podía poseer antes. Pues, si la religión revelada impone una doctrina, también la religión natural la recomienda. Casi no hace falta observar que todo el conjunto del plan revelado se apoya en la naturaleza para la validez de sus garantías racionales. La reivindicación de un conocimiento o un poder milagroso presupone la existencia de un Ser capaz de ejercerlo; y el contenido de la misma revelación es puesto de manifiesto e interpretado por las tremendas analogías de la mediación y el sufrimiento vicario, que discernimos en el curso visible del mundo y que tienen inmensas aplicaciones. Nada quizá satisface más a la reflexión cristiana que su percepción de las raíces profundas del sistema revelado en el curso natural de las cosas, del cual es simplemente la consecuencia y la plenitud: nuestro Salvador ha interpretado para nosotros los acentos tenues o entrecortados de la naturaleza; y en ellos, interpretados así, el cristiano tiene, igual que en una profecía antigua, a la vez las garantías y el memorial permanente de las verdades del Evangelio.

Sermón de Newman titulado “La religión natural, camino hacia la revelada”. En: Newman J. H., La fe y la razón. Quince sermones predicados ante la universidad de Oxford (1826-1843), Madrid, Encuentro, 1993, pp. 82-83.


Hermanos míos: vivimos en una época en que se da gran importancia a los argumentos que se pueden echar por delante para demostrar la religión, bien natural, bien revelada; y se escriben tomas para demostrar que debemos creer. Esos libros se titulan Teología natural o Evidencia del Cristianismo. Nuestros enemigos gustan de repetir que los católicos no saben por qué creen. Lejos de mí el pensamiento de querer poner en tela de juicio la belleza y fuerza de argumentos expuestos en esos libros; pero dudo mucho de que sean esos argumentos los que conducen a los hombres al cristianismo, o los que los retienen en él (…) Estad seguros de ello, hermanos míos: el mejor argumento, mejor que todo lo que la astronomía, y la geología y la fisiología, y todo lo que las demás ciencias pueden proporcionar, argumento al alcance de todos, de los que pueden leer, como de los que no pueden; argumento que está dentro de nosotros, argumento convincente para el entendimiento, persuasivo para el corazón, bien para probar la existencia de un Dios, bien para sentar las bases del cristianismo, es el que brota de una atención perfecta a las enseñanzas de nuestro corazón, y la comparación entre las exigencias de la conciencia y las doctrinas del Evangelio.

Sermón de Newman “Disposiciones para la fe” –VI de los Sermons preached on various occasions-. En: De Linera A. A., El problema de la certeza en Newman, Madrid, Jura, 1946, p. 117.

San Cipriano: sin miedo a la muerte.


Es verdad que perecen en esta [epidemia de] peste muchos de los nuestros; esto quiere decir que muchos de los cristianos se libran de este mundo. Esta mortandad es una pestilencia para los judíos, gentiles y enemigos de Cristo; mas para los servidores de Dios es salvadora partida para la eternidad. Por el hecho de que sin discriminación alguna de hombres mueran buenos y malos, no hay que creer que es igual la muerte de unos y de otros. Los justos son llevados al lugar del descanso, los malos son arrastrados al suplicio; a los fieles se les otorga en seguida la seguridad; a los infieles, sin tardar el castigo (...).

Cuántas veces me fue revelado, cuántas y más claras veces se me ordenó por la bondad de Dios que clamase sin cesar, que predicara en público que no debía llorarse por nuestras hermanos llamados por el Señor y libres de este mundo, sabiendo que no se pierden, sino que nos preceden; que, como viajeros, como navegantes, van delante de los que quedamos atrás; que se puede echarlos de menos, pero no llorarlos y cubrirnos de luto, puesto que ellos ya se han vestido vestidos blancos; que no debe darse a los gentiles ocasión de que nos censuren con toda razón, de que viven con Dios y los lloremos como perdidos y aniquilados, y no demos pruebas con verdaderos sentimientos de lo que predicamos con las palabras. Somos prevaricadores de nuestra esperanza y fe si aparece como fingido y simulado lo que estamos afirmando. De nada sirve mostrar en la boca la virtud y desacreditar su verdad con la práctica. Por último el Apóstol Pablo reprueba y recrimina, reprende a los que se contristan desmesuradamente por la pérdida de los suyos. No queremos, dice, que os olvidéis, hermanos, a propósito de los que fallecen, que no debéis lamentaros como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios llevará con Él a los que han muerto con Jesús (1Ts 4, 13-14). Dice que se entristecen en demasía de los suyos los que no tienen esperanza. Pero los que vivimos con esperanza y creemos en Dios y que Cristo padeció por nosotros y resucitó, y confiamos en permanecer con Cristo y resucitar en Él y por Él, ¿por qué rehusamos salir de este mundo o lloramos y nos dolemos de los nuestros que parten, como ya perdidos, cuando el mismo Cristo y Señor y Dios nuestro nos avisa y dice: Yo soy la resurrección; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mi no morirá nunca? (Jn 11, 25-26). Si creemos en Cristo, tengamos fe en sus palabras y promesas de modo que, no habiendo de morir nunca, vayamos alegres y tranquilos a Cristo, con el cual hemos de triunfar y reinar siempre Si morimos, cuando nos toque, entonces pasamos por la muerte a la inmortalidad, y no puede empezar la vida eterna hasta que no salgamos de ésta. No es ciertamente una salida, sino un paso y traslado a la eternidad, después de correr esta carrera temporal. ¿Quién hay que no vaya a lo mejor? ¿Quién no deseará transformarse y mudarse cuanto antes en la forma de Cristo y merecer el don del cielo, predicando el Apóstol Pablo: nuestra vida, dice, está en el cielo, de donde esperamos al Señor Jesucristo, que transformará nuestro vil cuerpo en un cuerpo resplandeciente como el suyo? (Fil 3, 20-21). Para que estemos con Él y con Él nos gocemos en las moradas eternas y en el reino del cielo, Cristo Señor promete que seremos tales cuando ruega al Padre por nosotros, diciendo: Padre, quiero que los que me entregaste estén conmigo donde estoy Yo y vean la gloria que me diste antes de crear al mundo (Jn 17, 24). El que ha de llegar a la morada de Cristo, a la gloria del reino celestial, no debe derramar llanto y plañir, sino más bien regocijarse en esta partida y traslado, conforme a la promesa del Señor y a la fe en su cumplimiento (...).

Hemos de pensar, hermanos amadísimos, y reflexionar sobre lo mismo: que hemos renunciado al mundo y que vivimos aquí durante la vida como huéspedes y viajeros. Abracemos el día que a cada uno señala su domicilio, que nos restituye a nuestro reino y paraíso, una vez escapados de este mundo y libres de sus lazos. ¿Quién, estando lejos, no se apresura a volver a su patria? ¿Quién, a punto de embarcarse para ir a los suyos, no desea vientos favorables para poder abrazarlos cuanto antes? Nosotros tenemos por patria el paraíso, por padres a los patriarcas; ¿por qué, pues, no nos apresuramos y volvemos para ver a nuestra patria para poder saludar a nuestros padres? Nos esperan allí muchas de nuestras personas queridas, nos echa de menos la numerosa turba de padres, hermanos, hijos, seguros de su salvación, pero preocupados todavía por la nuestra. ¡Qué alegría tan grande para ellos y nosotros llegar a su presencia y abrazarlos, qué placer disfrutar allá del reino del cielo sin temor de morir y qué dicha tan soberana y perpetua con una vida sin fin! Allí el coro glorioso de los apóstoles, allí el grupo de los profetas gozosos, allí la multitud de innumerables mártires que están coronados por los méritos de su lucha y sufrimientos, allí las vírgenes que triunfaron de la concupiscencia de la carne con el vigor de la castidad, allí los galardonados por su misericordia, que hicieron obras buenas, socorriendo a los pobres con limosnas, que, por cumplir los preceptos del Señor, transfirieron su patrimonio terreno a los tesoros del cielo. Corramos, hermanos amadísimos, con insaciable anhelo tras éstos, para estar enseguida con ellos; deseemos llegar pronto a Cristo. Vea Dios estos pensamientos, y que Cristo contemple estos ardientes deseos de nuestro espíritu y fe; Él otorgará mayores mercedes de su amor a los que tuvieren mayores deseos de Él.


(Tratado sobre la peste, 15-26)

Pensamientos sueltos del beato Newman


“Alégrate, hombre solitario, no eres un héroe de tragedia. Hay Alguien a quien sí le importas, Alguien que te ama más de lo que tú puedes amar, sentir o cuidar de ti mismo. Deja en Él todas tus preocupaciones. Él te ve, te guarda; te contempla y sonríe compadecido de tus tribulaciones. Un ángel, tu Ángel de la guarda, te susurra buenos pensamientos. Dios conoce tus flaquezas, prevé tus caídas, te tiene de su mano. Tú no le huyas. Por tu fe, esa fe que has conservado con tanta sencillez y decisión en medio de la idolatría; por tu pureza, que has guardado, como una flor en medio de tanta abyección, Él se acordará de ti en el momento malo y el enemigo no podrá nada contra ti.

Calixta, Madrid, Encuentro, 1998, p. 45.


“Todos, imagino, tenemos mucho que decir sobre la Providencia de Dios con nosotros. Él nos cuida y nos guarda de una manera que todos en el último día, nos salvemos o no, tendremos que reconocer que era imposible haber hecho por cada uno más de lo que hizo; todos creeremos que nuestra historia ha sido especial y única”.

Diario del 25 de junio de 1869, en: Cartas y Diarios, Madrid, Rialp, 1996, p. 158.


“Es muy cierto, por lo tanto, que todos hemos de aceptar los riesgos por el cielo, a pesar de no tener certeza sobre el resultado. Esto es lo que significa la palabra riesgo, porque si un riesgo no implica nada de temor o peligro, expectación o incertidumbre es un riesgo ficticio. En esto consiste la excelencia y nobleza de la fe. La razón primera por la que la fe destaca entre los demás dones y es tenida por medio especial de justificación es precisamente que su presencia supone en nosotros el valor de asumir un riesgo.


Esta doctrina nos interesa y afecta vivamente a todos. Lo hace ver San Pablo en su epístola a los Hebreos con el ejemplo de los antiguos santos, que renunciaron a su seguridad presente en aras de la futura. Abraham “se puso en camino sin saber adonde iba”. Tanto él como los restantes patriarcas murieron “sin haber conseguido el objeto de las promesas, aunque viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra” (Hb. 11, 13)

Si ante un panorama de riquezas alguien ruega honestamente a Dios no ser nunca rico; si teniendo posibilidades de alcanzar una alta posición social alguien pide en serio no alcanzarla; si teniendo amigos o parientes, alguien acepta de todo corazón la eventualidad de perderlos y dice: “tómalos, Señor, si es Tu voluntad”; a Ti te los entrego, en Tus manos los dejo”, alegrándose de que el Señor le tome la palabra; ese también arriesga, y se hace agradable a Dios.

Esperando a Cristo, Madrid, Rialp, 1997. pp. 50, 51, 57.


El mundo va como si nada existiese. Nada de huella del cielo en la superficie de la sociedad o en los acontecimientos del día, ninguna huella en el semblante de los ricos, de los negocios, ni de la muchedumbre; en los actos de los poderosos, en las frases de los oradores, en los consejos de los prudentes, en las fiestas de los mundanos adinerados. Y sin embrago, el espíritu de Dios no está lejos. Tenemos en medio de nosotros la presencia del Hijo eterno, diez veces más glorioso y poderoso que cuando paseaba por la tierra en sus días de humanidad. Pensemos siempre en esta verdad divina. Cuanto más secreta es la mano de Dios, más poderosa es. Cuanto más se calla, más temible es.

Parroquial and Plain Sermons, en: Bremond H., Newman. Ensayo de biografía psicológica, Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1947, p. 231.

¡Tole tole ya!


Francisco de la Cigoña ha publicado en su página el link de un pequeño documental de Televisión Española acerca del celibato de los sacerdotes, junto a un pequeño comentario suyo sobre el mismo.


Comparto con él su juicio sobre la seriedad de la producción, aunque disiento de su opinión superada de la situación. Es cierto que de la Cigoña aplica su criterio al momento de España, que conoce como pocos, pero es posible hagamos alguna consideración para nosotros también.


En primer lugar, los referentes del curato obrero del documental de marras declaran casi todos haber abandonado el ministerio desde muy jóvenes. Ordenados a los veinte y tanto, no llegaron más allá de cinco o diez años de ministerio sacerdotal. Da que pensar mucho.


En segundo lugar, los muchachos del seminario menor, viviendo juntos en una casa, con marcada heterogeneidad respecto a la edad. De los 13 a los 21 años, comandados por un sacerdote que hace las veces de rector. No tiene la pinta de seminario menor tradicional, de chicos enclaustrados, de pequeños mojigatos. Puede que les ayude el estilo de vida más relajado de España, desde lo material digo. Y también, cómo no, cierta “aperturidad "y franqueza. Igual, no le deseo, ni al peor de mis enemigos, un hijo en un internado destos, sea del tipo que sea.


Por último, remarcar el tipo de sacerdote tradicional que presenta el documental. Un joven de 26 años, con todas las pilas, recién salido del cascarón. Se le nota la energía, las ansias de hacer cosas. Bien por él, y que Dios lo acompañe siempre.


Pero alguna vez se deja de ser joven.


No puedo dejar de sentir, por sobre la superación de Francisco de la Cigoña, el presentimiento de cisma. Y lo que Dios nos depare para cuando nos falte Benedicto.


La Iglesia está en cisma. Y Benedicto lo está clarificando. Corderos a un lado, y cabritos al otro, a bastonazo limpio, avanza este hijo del Rin entre hienas y lobos.


Aunque todo cisma es nefasto, quizás sea la única forma de verle la belleza a Dulcinea.


Hay quienes sostienen que hay que “provocar” el cisma de una vez, para que se vean las intenciones todas, los susurros nocturnos de los amantes de la iniquidad.


Es probable que así sea nomás la cosa.



P/S: Posiblemente Marcelo Gonzáles dé a conocer el nombre del "obispo adúltero". Un paso más para el tole tole que todos venimos pidiendo, para la sangría anhelada.


Sea justicia.