Iglesia y retiro.


Dejo a los beneméritos lectores unas preciosas lineas del librito del P. Clerissac El misterio de Iglesia. Vienen a completar un poco la reflexión un tanto entreverada del 16 de noviembre.



"La ciudad y la soledad son necesarias al hombre. La herejía destruye la ciudad y hace la soledad atroz; en cambio, la Iglesia, ciudad perfecta, es también la tebaida de las almas. En el movimiento de una gran urbe uno se siente a la vez más solitario y más humano; pero cuanto más realmente en la Iglesia, está uno al mismo tiempo consigo y con todos.


Fuera de la Iglesia, la soledad conduce a uno u otro de los excesos individualistas que Pascal señala en Epicteto y en Montaigne. “Mientras el uno (Epicteto), conociendo el deber del hombre e ignorando su flaqueza, se pierde en la presunción, el otro (Montaigne), conociendo la flaqueza y no el deber, cae en la cobardía”.


La verdadera soledad no es el país del ensueño, el refugio del desencanto, la patria de la obsesión. Es el olvido de sí, muerte de sí, pero para encontrar a Dios y a sí mismo. Ella hace florecer enteramente la personalidad que el bautismo nos ha dado: “Ego flos campi et lilium convallium” (Cant. II, 1).


Fuera de la Iglesia, el error individualista lleva también a una especie de fatalismo moral: se divide a los seres humanos en dos clases igualmente irreformable, los buenos y los malos. O si se admite la compenetración del bien y del mal, es por indiferencia; pero nadie cree verdaderamente en el tránsito del mal al bien, en la transformación del pecado en santidad. Por la soledad que es propia de la Iglesia se opera ese cambio, por la soledad del alma con Dios.

Únicamente la Iglesia puede aislarnos del mundo, conducirnos al desierto, sin menospreciar nuestras necesidades personales más imperiosas, porque poseyendo y enseñando ella sola la verdadera noción de la personalidad, nos revela nuestras verdaderas aspiraciones y nuestras necesidades más personales. La Iglesia inculca y recuerda sin cesar, y de mil modos, que si bien es cierto que el ser humano está individuado por la materia, no es, sin embargo, una persona ni puede llegar a ser alguien, sino perfeccionándose en razón y libertad. De manera, pues, que si sus instintos bastan para desarrollar su individualidad, en cambio, su personalidad no crece sino por medio de la libertad espiritual. Pero más que nada la Iglesia nos revela nuestra personalidad sobrenatural y provoca su vuelo.

Tebaida de las almas, no sólo la Iglesia nos separa del mundo donde se organiza el reino tiránico de los apetitos; no sólo ella posee como propia la doctrina, el espíritu y la gracia del recogimiento, de la humildad, de la penitencia, que son como los caminos del desierto por donde nuestro ser espiritual se evade hacia la libertad y la pureza –sino que además nos entresaca de todo lo perecedero. Nos da el sentido de la insuficiencia absoluta de lo creado respecto de nuestro fin y nuestra felicidad, y al mismo tiempo suple a la naturaleza con facultades nuevas que nos hacen alcanzar a Dios.


De modo que el Misterio de la Iglesia es el que exalta definitivamente la personalidad del cristiano:

Vous m´avez fair, Seigneur, puissant et solitaire.

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