Dominica II Passionis seu in Palmis



Specie tua et pulchritudine tua intende,
prospere procede, et regna. (Ps. 44, 5)


-¿Un pollino, Señor?

-Sí, Felipe.

-Pero Señor, mirá que si vamos a dentrarnos en la Jerusa conviene algo más regio. Para que el gordo de Caifás se caiga redondo de bronca.

-El pollino, hijo.

-De acá a dos kilómetros están las tiendas de los bereberes. Zainos fibrosos tiene el morocho Krin. Algunos ya tienen refriegas machazas, Maestro.

-Feli…

-Es que no te entiendo Maestro. Todo eso del Reino, de la restauración de Israel. ¿De donde vamo´ a sacar vituallas, espadas y pendones? Y no me digas que no ha llegado tu hora: si nos vamos pa´la ciudad hay que ir armados. ¿O no sabés que el sinedrio ha puesto precio a tu cabeza?

-Es verdad Maestro, interrumpió Pedro. Como cabeza de estos desgraciados prometí entregar mi vida por vos. Pero está claro: cara la voy a entregar. Facón largo le va a hacer falta al comesario Malco.

-Desátenlo, y le dicen al dueño que Yo me lo llevo.

Y así se hizo nomás. Porque el Maestro no era de dar muchas razones. Un pollino pidió, y un pollino había que traerle.

Salieron, Felipe y Pedro. Lo desataron, le dijeron al tendero Samuel que Yo se lo llevaba, y como quien entiende sin entender se los entregó. No dijo ni mu, lo cual es bastante asombroso tratándose de un tendero… judío.

Había que ver la escena. El gauchazo de Juan se sacó el poncho, lo acomodó al lomo del cerril virgen y montaron al humilde jinete.

Se metieron en la urbe, infestada de judíos de todos los rincones del globo: se hacía notar la inminencia de la fiesta. Una chiquita que acomodaba canastos en un humilde chozíl fue la que dio la voz de ¡haura!

-¡E´Jesú, vino Jesú!

Como un hormiguero inundado la gente salió de las casas, frenética de gozo al contemplar al humilde caballero en su para-nada-noble rocín. ¡El milagrero de Nazaret, el nabí: Hosanna al hijo de David! Y tiraban sus mantos, imitando el gesto de sus discípulos. Otros cortaban ramas de piquillín y de olivo y azotaban el aire, como haciendo flamear banderas.

El jinete avanzaba, entre los clamores de la muchedumbre. Pero no más un trecho, cuando contempló de lejos el atrio del templo. Y como un niño, que presiente se viene el cachetón de la madre, largó el llanto, Él, el caballero del pollino.

-¡Ay pueblo mío, si supieras del delito que vas a consumar! ¡No quedará impune, pueblo mío! ¡Ay patria mía, que tanto recibiste en gracia y hermosura! ¡La fealdad será tu adorno y el terror tu alimento! Vine a ti en el tiempo de tus liturgias, en las palabras de tus profetas y las gestas de tus caudillos. Hice morada entre tus hijos, de mis riquezas te colmé, malagradecido país. Y tú me pagas con la deserción de tus jefes y la traición de tu clero. Los pecados de tus hijos, como pantanos de inmundicia, fertilizan esta la tierra mía. Frutos de paz vine a cosechar, oh campo mío, y abrojos de iniquidad encuentro por doquier. ¡Ay de ti!

A tu santuario, mi casa, delicia de mis ojos, vine a postrarme en súplicas a mi Padre, y hallo mesas de prestamistas usureros. Veterinarios impíos, que nada saben de la sutil Paloma, venden sus pichones como se venden las bellotas y las papas. ¡Haz traspasado al Espíritu, generación apóstata!

Por eso, vengo con la misericordia del juez, que rescata la vida de los humildes de la mano de tus mercenarios; vengo con el látigo de la justicia a derribar tus mesas, tus foros y tu templo, del cual no dejaré ladrillo en pie.

Apresúrate, hija mía, porque, una vez que pise el atrio, sentirás el silbido de mi rebenque cruzar tu sucio aire. Arrepiéntete y vuelve tu corazón a mis delicias, pueblo mío. Deja que sanee tus fuentes, que emparche tus vasijas rajadas.

Tus clamores te acusarán, hija mía. -¡Jesús, Jesús!, me aclamas. Amo las alabanzas de tu corazón, no los de tu boca.

Felipe, que escuchó estas palabras, porque llevaba las riendas de la bestezuela, comprendió el por qué del pollino y el por qué no del zaino del berebere. El reino de su Jesús sería terriblemente superior que sus imaginaciones judías. Reino de paz, a costa de la guerra interior del corazón, del desangre moral de la voluntad viciada, a costa de la ruina de todo lo que aparentemente vale algo.

-Qué cosa, le dijo a Pedro: en un manso pollino, el más terrible de los reyes.

Las llagas: fragmentos y comentarios (I)



(Los textos de Rosmini están en cursiva los más importantes -subrayados por Castellani- Los párrafos entre comilla también corresponden al Roveretano, con el número de página al final)



Las cinco llagas de la Iglesia


(Textos de Rosmini y comentarios de Castellani)


(Lugano, edit. 1863)


I Llaga: clero ↔ pueblo.


“Sicchè il sublime culto Della Santa Chiesa è un solo, e risulta dal clero e dal popolo, che con ordinata concordia e secondo ragione fanno insieme accordati una sola e medesima operazione”. (p. 13)


“Donde dos o tres estén juntos en mi nombre, concordes en aquello que piden, allí estaré yo en medio de ellos (Mat. 18, 20)


“Y yo le di a ellos la claridad que tú me diste, a fin que formen una cosa sola, así como Tú y Yo somos una sola cosa” (San Juan, 17, 22)


Cristo quiso que antes del culto precediese el amaestramiento en la Verdad… Hablo de una instrucción plena y vital, de amaestramiento. (p. 15)


La invención del Catecismo (p. 16) y los Seminarios (p. 33) son simultaneas y proceden del protestantismo. Son buenas en sí mismas: su resultado depende del uso que haga el clero; como la ley de Moisés: “que es en sí misma santa, justa y buena; y es útil en las manos del que la usa bien” (Rom. 7, 12, ITim 1, 8) Pero ciertamente no son ni la antigua liturgia de la Iglesia ni la antigua “ciencia tradicional” de la Iglesia.


El pueblo no entiende más los símbolos, los gestos y las palabras de la liturgia… (17)


(No defiende Rosmini la supresión del latín; como le achaca Símon: constata el hecho de que el latín ya no se entiende, nada más; ni siquiera se entienden los “gestos sacros”, que es una lengua universal; por falta de instrucción religiosa)


“Le cose di Chiesa son cose da preti”. (21)

“Il laicato è il primo grado di sacerdozio...” (23)



II Llaga: mal clero: ignorante.


En la primitiva Iglesia de los fieles más instruidos se sacaban los sacerdotes: los gritos de la multitud elevaban al sacerdocio y al episcopado a un simple laico (incluso a un catecúmeno como San Agustín) y a los pocos días se revelaba un obispo consumado… (21) Así fueron hechos San Ambrosio, San Alejandro, San Martín, San Pedro Crisólogo y tantos otros. Tales fieles tales obispos.


Hoy día lo mismo: a fieles no instruidos en la religión, obispos carentes de percepción de los valores sacros, sin la “pasión de la fe”: sacerdotes funcionales.


“En los primeros siglos la casa del obispo era el Seminario de diáconos y curas; la presencia y la santa conversación del Prelado era una lección de fuego, continua y sublime, donde se aprendían a la vez la teoría y la práctica de la ocupación pastoral. De este modo se veían crecer hermosamente al lado de los Alejandros los jóvenes Atanasios; al lado de los Sixtos los Lorenzos…"


Esta es la verdadera “ciencia tradicional” que no se puede trasmitir sino oralmente y con la familiaridad con el maestro; así se trasmitió la tradición apostólica.

San Policarpo fue discípulo del Apóstol Juan; San Ireneo fue discípulo de Policarpo y escribe así de él:


“Yo me acuerdo de todo lo que con él me sucedió mucho mejor de lo sucedido después, porque las impresiones de la infancia, impresas en el espíritu y que crecen con él, son inolvidables. Podría decir todavía donde y como se sentaba el santo Poli cuando predicaba la palabra de Dios. Tengo todavía vivo y presente a mi espíritu con qué gravedad entraba y salía dondequiera fuese, qué santidad había en la conducción de su vida, qué majestad esplendía en su rostro y en toda la composición exterior del cuerpo, con qué exhortaciones apacentaba a su pueblo. Me parece oírlo contar todavía cómo había oído a Jesucristo, las palabras que había recogido de sus bocas y ellos habían recogido de Jesucristo acerca de sus milagros y doctrina; y todo lo que me decía era enteramente conforme a las Escrituras de los que fueron testigos oculares del Verbo y de la palabra de vida. Verdad es que yo escuchaba todas estas palabras con estudio y ardor, y las grababa no en tablitas de cera sino en lo más profundo de mi corazón; y Dios me ha hecho siempre gracia de recordarlas y de cumplirlas en mi ánimo” (Carta a Florido, en “Hist. Ecles., l. I, c. 20, de Eusebio)


…………


“Con estos sentimientos y estas costumbres del clero, la religión del Crucificado había triunfado de los paganos, de los tiranos y de los herejes y su cabeza invisible les destinaba otro mayor triunfo sobre la barbarie irruente”. (26)


………..


“La nueva ocupación [de la administración de los bienes y del poder eclesiástico] que comenzóle al clero en el siglo VI era gravosa infinitamente y molesta a aquellos santísimos pastores… Perdieron aquella preciosa pobreza que tanto recomendaran los Santos Padres. Véase como se queja lacrimosamente San Gregorio Magno en sus epístolas, por ejemplo, la enviada a Teotista, hermana del César Mauricio, rogándole quiera obtenerle el dejar de ser ya “un cajero y tesorero del Emperador” (Lib. XI, ep. 1) “Nos enim, sub colore ecclesiastici regíminis, mundi huius fluctibus volvimur, qui frecuenter nos obruunt”. (28)


Léase toda esa carta y todas las del libro Iº -y se verá con cuanto dolor se queja este obispo de ser rico y de tener poder político; de tener ahora “más asuntos temporales que cuando era abogado laico”. Le llama a eso “tentaciones”; y gime por el “reposo de la meditación”.

“Antes cuando era laico me esforzaba cada día en salir del mundo y salir de la carne, de remover todas las imágenes corporales de los ojos y de ver incorporalmente los gozos eternos; y no solo con la voz sino con las médulas del corazón anhelante gritaba: A ti ha dicho mi corazón, oh Dios mío, he buscado tu rostro; tu rostro, oh Señor, buscaré” (Ps. XXVI)


“Esto que se dice ahora de “bajo clero” y “alto clero” era desconocido en la Iglesia. Ahora resulta que los pastores son los párrocos, el Obispo ya no es pastor, es señor” (p. 31). En tiempo de S. Gregorio cuando se decía “ciencia pastoral” se entendía la ciencia del Obispo; ahora es un manual que se enseña en el Seminario”. (31, nota)


“En el siglo XVI el Episcopado se vio castigado de un modo inesperado, imprevisto…La Reforma aniquiló sus feudos. El trono, al cual estaban demasiado cerca, les gustó; no solo sus bienes, sino hasta las ínfulas sacras del sacerdocio de su frente… Entonces hubo que pensar en la creación de los seminarios” (33).


Aguda crítica de los seminarios (p. 34): los Santos Padres fueron sustituidos por los teólogos, los teólogos por multitud de profesorillos jovencitos, mal pagados, sin ciencia total: la ciencia sacra se hizo en mil partes, “sin unidad ni raíz”. ¿Qué quieren? ¿Quieren hombres de mucha memoria? Eso es lo que valen hoy día los alumnos. Si los alumnos hubieran de juzgar de la ciencia de sus maestros por lo que les pagan… ahora no les alcanza para comer y tienen que buscarse otro beneficio fuera del Seminario para poder vivir, con detrimento o parálisis total de su vida de estudios (35).


Los libros de los seminarios: manualitos. Abandono lamentable y abominable de la Sagrada Escritura, el libro por excelencia (36). Elogio de la Sagrada Escritura, y elogio menor de los escolásticos (39). Decadencia de la Escolástica, a causa del olvido de Santo Tomás y de Platón, y el florecimiento excesivo de las letras humanas, siglo XVI. Se olvida la formación del corazón y de los sentimientos, a causa del tropel y multitud de alumnos.


Se rompió la unidad de la ciencia sacra, dejó de ser ciencia esotérica y tradicional y se convirtió en fragmentos muertos, exotéricos y profanos (48).


“Clero ignorante, laicado ignorante. Un clero que ignora al laico, un laico que ignora al clero. Incomunicación de las dos ciencias, y por lo tanto, dos lenguas diferentes en la Iglesia”.

“Solo los grandes hombres forman grandes hombres…”


“Con unos manuales en la cabeza, una túnica negra y un bonete ya creen que han hecho un sacerdote; y no han hecho un sacerdote…”

Llaga del pie izquierdo


Comentario del R. P. Leonardo Castellani al libro de Rosmini “Las cinco llagas de la Iglesia”.


(Continuación)

La llaga del pie izquierdo es la servidumbre de los “bienes eclesiásticos”. No que la Iglesia no deba de tener bienes temporales, ni que el despojarla de ellos no sea un abuso latrocinal y sacrílego; pero los bienes de la Iglesia no deben esclavizar a la Iglesia: “i beni de la Chiesa non sono il Ben de la Chiesa, decía el santo Pontífice Pío X.

Los bienes de la Iglesia en otro tiempo estaban consagrados primero a la sustentación del cuerpo vivo eclesiástico, principalmente de los sacerdotes pobres, que suelen ser los mejores; después a la caridad con los hermanos; y por último al culto divino. Hoy día se ha olvidado eso; y los escasos bienes eclesiásticos son gastados muchas veces en cosas vanas y de pura apariencia, cuando no en cosas mundanas, como el fausto superfluo y hasta insolente de algunos malos curas y prelados. No es extraño que muchos gobiernos se hayan apoderado (inicuamente por cierto) de los bienes eclesiásticos; y que el pueblo no haya reaccionado ni poco ni mucho.

Rosmini hace la historia de la lucha entre el Pontificado y el Imperio de la Edad Media: la define como una lucha acerca de los bienes eclesiásticos; entre el poder civil, apoyado por el clero depravado que quería usar libremente de sus abundantes bienes; y el Pontificado, que quería empretinarlos en este punto.

Este gran “aperçu” histórico no carece de grandeza ni de profundidad: la intuición filosófica del Roveretano lo lleva a ver de una vez el núcleo vital de un complicadísimo proceso histórico.

Muchísimas más cosas podrían decirse de este libro desconocido de Rosmini, que no carece tampoco de algunas angelidades e ingenuidades. Es posible que Dios nos haya llevado en el invierno de 1947 a Roma para poder leer este libro, rarísimo hoy día (y sobre todo entenderlo) en la “Biblioteca Nazionale, reserva, sez. 6, n. 146, 3º, I”. Nos robusteció la fe.

Varios libros parecidos al de Rosmini, y escritos algunos con la misma sinceridad y desapasionamiento, aparecieron en este tiempo: como las “Observaciones” del Cardenal Manning, las “Notas sobre el Catolicismo en Inglaterra” del Cardenal Newman, la exposición de los obispos alemanes, encabezados por Schwarzenberg en el Concilio Vaticano, -al cual se puede agregar el monólogo del “Santo” al Papa en la novela homónima de Fogazzaro, que está inspirado en ellos; pero ninguno tiene la importancia del de Rosmini.

El teólogo alemán Paulus Simon, en su libro “Das Menschliche in der Kirche Christi” (Herder, Freiburg, 1949), recientemente traducido entre nosotros, expone las ideas de Rosmini, a las cuales llama “quejas” (y no lo son) y dice que Rosmini escribió para el “momento italiano” y no para la Iglesia universalizada en el tiempo y en el espacio. Agrega que las “quejas” de Rosmini hoy día no tienen valor, y algunas son hasta risibles.

Las quejas de Rosmini tienen más valor hoy día que nunca; y si son risibles o no, dependen del humor del que las lea. Aquí en la Argentina no hacen reír a ninguno.

Las cinco llagas de la Iglesia hoy día son verdaderos desastres. Serán desastres invisibles, sea. Pero todos los desastres visibles provienen siempre de algún desastre invisible; y a los que ven los desastres invisibles, hay que hacerles caso.

Llaga del costado y del pie derecho



Comentario del R. P. Leonardo Castellani al libro de Rosmini “Las cinco llagas de la Iglesia”.


(Continuación)


Esto se obtendrá si se cura la llaga del costado: constituida por la desunión de los obispos.
Los obispos están desunidos por el ansia de los intereses temporales, por envidias, rencores y discordias y por la falta de comunicación entre sí. Ya no hay sínodos ni concilios, ni reuniones de teólogos y prelados; ya no hay patriarcas ni primados prácticamente: el primado es el Nuncio. La administración de la Iglesia se ha hecho demasiado unitaria; en consecuencia, como el Vaticano no puede atender a todo, cada obispo anda por su lado. Eso ya no es un cuerpo jerárquico: no es propiamente Jerarquía.

En la época feudal los obispos eran señores feudales: eso era justo y conforme a la organización de la época; pero esa época ya pasó. De ella consérvase hoy día una tendencia mala de hacer del obispo un magnate aislado y absoluto; en los mediocres un mero administrador; y casi siempre un mal administrador.

Eso se curará si se cura la llaga del pie derecho: consistente en el abandono de la nominación de los obispos al poder temporal. Rosmini hace la historia del proceso evolucionante del modo de nombrar obispos, y de los esfuerzos de los hombres mejores para sustraer a la Iglesia a la dirección aniquilante del poder civil[1]. Antiguamente se nombraban los obispos “proponente clero, approbante pópulo”; hoy día se nombran por conductos ocultos y oscuros, sin participación alguna del clero y menos de los fieles; y en los cuales conductos ocultos acaba por predominar la voluntad del Rey o del Presidente. Aunque el Papa tuviera libertad total para elegir o no los nombres que le proponen, no pudiendo el Papa estar en todo ni conocer a todo el mundo, su elección humanamente hablando es a ciegas o poco menos: el Espíritu Santo no hace milagros inútiles. Pero esa libertad de hecho no la tiene: muchas veces debe simplemente conformarse con un nombre que le impone el mandatario de una nación.

Los males que resurten de ahí son enormes. De ahí que el clero se convierte de “carismático” en “funcional” cada vez más. El sacerdote deja de ser el “homo religiosus”, es decir, el hombre que tiene más intuición de los valores sacros” y más pasión por la fe, para convertirse en un “profesional de la religión”; y les va mejor a los que son más “profesionales”, es decir, autómatas. Los que tienen más “espíritu”, o tienen “carismas”, lo pagan caro.



[1] Es notable la erudición, y más que nada la penetración histórica de que hace gala Rosmini en este “excursus” de 50 páginas.

Llaga de la mano derecha


Comentario del R. P. Leonardo Castellani al libro de Rosmini “Las cinco llagas de la Iglesia”.


(Continuación)


La llaga de la mano derecha es el mal estado de los estudios en los Seminarios: no habilitan a los jóvenes para la acción moral y religiosa, fin del sacerdocio. La ciencia sagrada es una ciencia de salvación, por tanto una ciencia “tradicional”; que por tanto, no se puede trasmitir por libros; y menos por manuales secos, entecos y atrasados. Los Obispos de la primitiva Iglesia formaban a su clero, y sobre todo a su futuro sucesor a su lado, con la enseñanza viva, que es la enseñanza oral, llevada hasta la convivencia y trato familiar con el maestro; sólo así se trasmite la tradición y así se trasmitió la tradición apostólica: los mejores levitas vivían con el Obispo, eran “sus familiares”, aun se conserva el nombre. De él recibían el espíritu, la tradición, los carismas –todo lo cual no se puede recibir sino por la convivencia cordial con los grandes maestros del espíritu. “Solo los grandes forman a los grandes”.

Rosmini se alza contra “los jóvenes profesores de los seminarios”: los santos Padres han sido sustituidos por los teólogos, los teólogos por los profesores de teología, los profesores muchas veces por los improvisadores, macaneadores e irresponsables. La filosofía que se enseña en los seminarios no produce frutos; la teología es estéril, aburrida e ininteresante. “Las letras, reflorecidas en el siglo XV y XVI atrajeron a ellas la atención de los hombres, los cuales, abandonada la especulación por el deleite de la imaginación y del sentimiento, dejaron caer el nervio de la filosofía cristiana, la cual pereció, como primero había perecido la grandeza y plenitud de la exposición de la Sagrada Escritura” (nº 38). La Iglesia debe ser restituida al esplendor de su actividad docente.

Esto se obtendrá si se cura la llaga del costado: constituida por la desunión de los obispos.

Llaga de la mano izquierda


El comentario propiamente consta de cuatro hojas, doble faz, escritas a mano por el padre. Luego vienen ocho más, doble faz también, con extractos del libro de Rosmini y breves comentarios de Castellani. Esto último es más bien un plan de obra. De todos modos copio textualmente, que no me corresponde a mí ni tengo el talento para meter mano y “ordenar” el discurso del padre. Va una llaga por día, y lo mismo del “plan”. Que lo disfruten.



Comentario del R. P. Leonardo Castellani al libro de Rosmini “Las cinco llagas de la Iglesia”.


“Delle cinque piaghe della Santa Chiesa” es un libro escrito en 1832, publicado en 1846 y puesto en el Índice de Libros Prohibidos en 1848. Es un libro perfectamente ortodoxo: no hay en él ningún error en materia de dogma o fe. Al contrario, es un acto de fe; de demasiada buena fe.


Es todo él como un himno a la libertad de la Iglesia y termina en una profecía optimista sobre la paz que sobrevendrá entre el poder temporal y el espiritual cuando la Iglesia sane sus llagas. La profecía no se cumplió; y a él la Iglesia le quitó la libertad, por lo menos la libertad intelectual de investigar y de enseñar.


La Iglesia ha perdido en gran parte su libertad de enseñar –dice Rosmini- porque de hecho hoy no enseña el Evangelio. ¿Qué debe enseñar la Iglesia? La revelación cristiana solamente; pero para enseñar la revelación cristiana necesita enseñar otras muchas cosas, incluso filosofía. “Uno de los fines de mi vida ha sido proporcionar a la teología una buena filosofía” (1).


Las cinco llagas de la Iglesia son las siguientes; primera, la llaga del brazo izquierdo, constituida por la separación del clero y del pueblo, que mana sangre en el cuerpo místico de Cristo. “El culto sublime de la Iglesia de Dios está constituido por una conjunción del clero y del pueblo; para eso existe el clero”. ¿Y qué vemos? El clero hace el culto y el pueblo no participa activamente en el culto, guarda en él una actitud pasiva: está llevado en una lengua que el pueblo ya no entiende, sus símbolos grandiosos se le han vuelto incomprensibles, y algunas veces grotescos, el sacrificio no es una gran acción y emoción común sino un espectáculo frío y obligatorio, muchas veces aburrido. La gente va a misa porque está mandado bajo pecado mortal; por las dudas, no sea que exista de veras el infierno; total, cuesta poco y al salir siempre se encuentra algún amigo. Es como pagar la póliza de un seguro; la participación en el sacrificio incruento y esa poderosa “identificación afectiva” con el sacerdote, con Cristo y con todos los hermanos por consecuencia, que es el fin de la comunión, -y fue el efecto de la “cena” de los primeros cristianos- ya no existe. Decid vosotros si es verdad o no. Se ha reducido a una media hora de aburrimiento (anoser que se alivie con una buena charla, como hacen las mujeres) anoser que haya en el medio un tremebundo sermón sociológico o político acerca del “divorcio”; que entonces es hora y media.


La parroquia ya no es una familia espiritual, como lo fue antes (y como lo quería Peguy) sino una “clientela”. El cura no conoce a sus feligreses ni los feligreses se conocen entre sí, anoser un grupo de beatos y beatas que frecuenta el párroco, casi siempre con buenas intenciones. El que se aproxima a la barandilla recibe la comunión, así sea un criminal, un demente o un inbautizado. Yo mismo he dado la comunión durante muchos años a una vieja irlandesa, demente, que comulgaba seis o siete veces por día en diversas iglesias. Los fieles, la mayoría, no ven al párroco sino para los bautismos, matrimonios y extremaunciones, que se vuelven así meras “ceremonias mágicas”, ceremonias mágicas pagas: así lo nota Rosmini (pg. 82). De algo tiene que vivir el cura y la curia, por descontado. El cura entrega los “sacramentos”, o “misterios” a ciegas y Dios te lo depare bueno: se supone que la gente tiene conciencia…; pero ¿cómo la va a tener si nadie le enseña a tenerla?


El clero se ha vuelto una casta; pero una casta que ya no tiene solidaridad. Si un sacerdote es perseguido, aplastado o reducido a las peores miserias espirituales o corporales, que se arregle; sus hermanos en el sacerdocio se quedan tan tranquilos. Seguramente ha cometido algún delito o falta grave, puesto que Dios y las autoridades lo han castigado de ese modo. Sí, seguramente es un rebelde, un desobediente. No cabe duda.


Esta es la llaga de la mano izquierda, que mana sangre en el cuerpo de Cristo, sangre negra y hedionda: la disgregación del clero y del pueblo y del clero entre sí. Un “hermano” en el sacerdocio es mucho menos afectivo que un hermano carnal o un amigo seglar. La sociedad eclesial es mucho más dura y mecánica con sus ministros que las mismas sociedades civiles. Un sacerdote hoy día no puede ser buen amigo de nadie: no puede cumplir, por una razón o por otra, las leyes de la amistad: “fraile ni judío, nunca buen amigo” –dicen en España. Pero Jesucristo fue buen amigo.


[1] Introduzione a la Filosofía, libro I, cap. I, & 5.

Aniversario


Se cumplen hoy veintinueve años del fallecimiento del R. P. Leonardo Castellani.
Caray, no sé qué escribir. Quizás no tenga que escribir nada, y quedarme así, tranqui como estoy, releyendo el monumental bodoque verde de Randle.

Pero un pensamiento me embarga, y lo quiero compartir con ustedes.

Imaginen ustedes que conozcan, con visión intelectual natural y profética, los derroteros que, no sólo nuestra violada patria, sino el siglo entero tomarían. ¿No caerían de sus butacas, catalépticos, gritando -¡ya chabón, corta la cinta que no puedo ver más!?

Yo creo que el padre se cayó varias veces de la butaca. Y se hizo pomada.

La visión profética comportó en su alma un verdadero combate. Un regateo entre el Tipo que proyectaba la película y el espectador.

-Si querés que vea esta tremenda cinta, dejá al menos que pueda comentárselas a los pobres venideros. Quizás si les adelanto algo del trailer, claro que no la parte final, eso nunca se hace, se preparen para sus peores escenas.

Y el Tipo del fondo, que no se ve nunca en el cine, pero maneja el proyector infaliblemente, se lo concedió. Mas no sin grandes pruebas y sobresaltos a lo largo de todo el film, ya que las escenas eran también parte del argumento de su vida.

Y así, los mismos personajes de la visión se iban encarnando en su alma, las mismas debilidades y quimeras de los protagonistas convivían con su misión de transmitir lo proyectado.


Infaliblemente se tenía que dar un porrazo. Todos los personajes del trailer se lo dieron, y él no podía ser la excepción. De los porrazos del profeta nadie quiere saber, porque el vidente tiene que ser inmáculo. Por eso “el libro verde del profeta” es un verdadero "bodoque de escándalo": relata la vida del visionario-espectador inserta en la misma corredera del proyector. La visión y el visionario se funden, porque este se sabe también parte de los personajes y el argumento.


Esta es la lección que nos legó el vate santafesino. La existencia corre como una cinta de vídeo: hay que verla, ya que no tenemos en nuestro poder el control para parar la máquina, mas sabiéndonos parte esencial del argumento del Escritor.


Nota bene: en homenaje al padre iremos publicando de a poco, en los sucesivos post, su comentario inédito al libro de Rosmini "Las cinco llagas de la Iglesia". Imperdible!

La santidad en un "ta-te-tí" (II)


Vengo a la carga hoy a la par del heterodoxísimo teólogo John Henry Newman. El cardenal no es porfia´o, así que saca de su mejor polvorín, para voltear el ta-te-tí minotáurico, su fascinante Vía Media. ¡Agarrate Ariadna, que vamo´a galopar!


Para el que quiera introducirse en los "misterios de la heterodoxia católica", de Tollers: El oficio Profético de la Iglesia (o prólogo de Newman a la tercera edición de su Vía Media)



Del prólogo a la tercera edición (1877): Digo que estas conferencias van dirigidas “mas o menos” contra ciertos elementos de la doctrina católica y que voy a precisar “hasta que punto” es así, porque el objetivo esencial del libro –y esto hay que tenerlo en cuenta- no consistía en enfrentarse con dicha doctrina propia, la Vía Media anglicana. Ésta sólo indirectamente entra en colisión con Roma, una teología que se hallaba en el mismo umbral del experimento del autor. Quieras que no, iba a tropezarse con ella y, mientras dedicaba considerable espacio a atacarla en sus detalles, adoptaba sus principios más importantes y muchas de sus conclusiones. De modo que, con una especie de olvido o preterición de lo elemental del protestantismo, el autor agredía mucho más a la Reforma que a lo que denominaba “papismo”.



Conferencia III: Consideración Moral de la doctrina de la infabilidad.



"Hay que hacer una última observación, pero se trata de algo propuesto tan a menudo en la controversia, que bastarían pocas palabras para explicarlo. La doctrina romana, con su profesión de infalibilidad, además de desvirtuar el carácter misterioso y sagrado del Evangelio, rebaja el nivel y la calidad de la obediencia que debemos al mismo; y esto de varias maneras. Cuando todos los elementos de la religión se han sistematizado, corremos el riesgo de que algo terreno, en lugar de nuestro Creador, se convierta en el objeto principal de nuestra contemplación. Ahora bien, Roma clasifica nuestros deberes y sus recompensas, lo que hay que creer, las cosas que hay que hacer, los modos de agradar a Dios, los castigos y los remedios del pecado, con tanta exactitud que un individuo sabe exactamente –por decirlo así- donde se encuentra en su camino hacia el cielo, hasta donde ha llegado y cuánto le queda por recorrer; de modo que sus obligaciones se convierten en materia de cálculo. Nos proporciona una especie de escala graduada de devoción y obediencia y, con ello, tiende a absorber nuestros pensamientos con los detalles de un mero sistema, hasta llegar a un relativo olvido de quien reconoce como Autor del mismo. En cambio, es evidente que los actos religiosos más puros son los que se realizan no por coacción sino voluntariamente. Como una ofrenda libre al Dios omnipotente. Hay determinadas obligaciones que son indispensables pata todos los cristianos, pero sus límites se dejan imprecisos, como para poner a prueba nuestra fe y nuestro amor. Por ejemplo, qué porción de nuestros bienes mundanos hemos de dedicar a obras de caridad, de qué manera hay que practicar el ayuno, cómo hemos de vestir, si hemos de permanecer solteros, qué desquite hemos de tomarnos por nuestros pecados, qué diversiones pueden permitirse, o hasta dónde corresponde introducirnos en la vida de sociedad; la inspiración bíblica deja abiertas estas y otras preguntas por el estilo. Algunas de ellas las determina la Iglesia, y conviene que sea así, a fin de que el pueblo guarde las buenas costumbres o a modo de recomendación y aprobación para sus miembros. Un mandato de parte de la autoridad sirve de protección, hasta cierto punto, para nuestra modestia; aunque, si pasara de esto, no haría más de agobiarnos. Por ejemplo, en nuestros tiempos, cuando la práctica del ayuno se ha puesto tan poco corriente, a pesar de la norma de la Iglesia, sería un gran consuelo –para los individuos que desean observarlo, pero les da reparo singularizarse- que existiera la costumbre, como creo que existió, de la publicación de cartas pastorales al comienzo de la Cuaresma que lo pusieran en vigor con la fuerza de la autoridad. Pero en la mayoría de los asuntos de este tipo –y ciertamente cuando está por medio la cuestión de grado- parece que la mejor forma consiste en dejar libres a los individuos, para no caer en el extremo de convertir lo que sería un servicio espontáneo de los más fervorosos en una imposición obligatoria para todos.


Esta es la auténtica libertad cristiana: no la prerrogativa de obedecer o no a Dios, según nos plazca, sino la oportunidad de obedecerle más estrictamente sin un mandato formal. De este modo, además, no solo se pone a prueba nuestro amor, sino que se tienen en cuenta también la delicadeza y generosa sencillez de nuestra obediencia. Cristo ama un servicio generoso y sincero, realizado sin contemplarnos a nosotros mismos y sin medir lo que hacemos, que brote del afecto y reverencia que llenan el alma cuando se fija en el sublime Misterio cristiano sin pensar en sí misma. Ahora bien, los mandatos explícitos nos llevan a reflexionar sobre nuestro avance hacia la perfección y a cuantificarlo; en cambio, la auténtica fe, en vez de contemplar sus escasos logros, sean los que sean, contempla principalmente sus deficiencias. No le gusta verificar por su cuenta lo que hace; se sacude tal pensamiento; prosigue y se esfuerza por llegar a la perfección, sin contar los peldaños que ha ascendido, pero manteniendo constante su mirada hacia el término, sabiendo sólo que esta avanzando y sintiéndose honrada por cada sacrificio o servicio que se le permite ofrecer, en el momento en que tiene lugar, sin pensar en ellos posteriormente. Pero en el sistema romano todo indica que hay poco espacio para esta entrega que no repara en sí misma. Cada acción tiene su espacio, cada cuadrícula de la tierra prometida está trazada con todo detalle. Las rutas están señaladas cuidadosamente y los que llegarían a la perfección se ven obligados a transitar por unos carriles, como si se tratara de una técnica de ganar el cielo. Así los santos aparecen separados de la multitud del pueblo cristiano mediante ciertas tareas prefijadas, en lugar de surgir del mismo pueblo mediante el crecimiento continuo y la sobreabundancia de actos ejemplares que en su esencia corresponden a todos los seres humanos. La santidad cristiana, por consiguiente, pierde su frescor, su vigor y su hermosura, al quedar congelada –por decirlo así- en determinadas actitudes que sólo tienen su gracia cuando están libres de afectación (1)".



(1)- Nota de Newman en su tercera edición: Esto es verosímil, teórico y contrario a la verdad.



Versión: La Vía Media de la Iglesia Anglicana, Salamanca, Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos "Juan XXIII", 1995, pp. 196-198. Trad. Aureli Boix.