Dominica II Passionis seu in Palmis



Specie tua et pulchritudine tua intende,
prospere procede, et regna. (Ps. 44, 5)


-¿Un pollino, Señor?

-Sí, Felipe.

-Pero Señor, mirá que si vamos a dentrarnos en la Jerusa conviene algo más regio. Para que el gordo de Caifás se caiga redondo de bronca.

-El pollino, hijo.

-De acá a dos kilómetros están las tiendas de los bereberes. Zainos fibrosos tiene el morocho Krin. Algunos ya tienen refriegas machazas, Maestro.

-Feli…

-Es que no te entiendo Maestro. Todo eso del Reino, de la restauración de Israel. ¿De donde vamo´ a sacar vituallas, espadas y pendones? Y no me digas que no ha llegado tu hora: si nos vamos pa´la ciudad hay que ir armados. ¿O no sabés que el sinedrio ha puesto precio a tu cabeza?

-Es verdad Maestro, interrumpió Pedro. Como cabeza de estos desgraciados prometí entregar mi vida por vos. Pero está claro: cara la voy a entregar. Facón largo le va a hacer falta al comesario Malco.

-Desátenlo, y le dicen al dueño que Yo me lo llevo.

Y así se hizo nomás. Porque el Maestro no era de dar muchas razones. Un pollino pidió, y un pollino había que traerle.

Salieron, Felipe y Pedro. Lo desataron, le dijeron al tendero Samuel que Yo se lo llevaba, y como quien entiende sin entender se los entregó. No dijo ni mu, lo cual es bastante asombroso tratándose de un tendero… judío.

Había que ver la escena. El gauchazo de Juan se sacó el poncho, lo acomodó al lomo del cerril virgen y montaron al humilde jinete.

Se metieron en la urbe, infestada de judíos de todos los rincones del globo: se hacía notar la inminencia de la fiesta. Una chiquita que acomodaba canastos en un humilde chozíl fue la que dio la voz de ¡haura!

-¡E´Jesú, vino Jesú!

Como un hormiguero inundado la gente salió de las casas, frenética de gozo al contemplar al humilde caballero en su para-nada-noble rocín. ¡El milagrero de Nazaret, el nabí: Hosanna al hijo de David! Y tiraban sus mantos, imitando el gesto de sus discípulos. Otros cortaban ramas de piquillín y de olivo y azotaban el aire, como haciendo flamear banderas.

El jinete avanzaba, entre los clamores de la muchedumbre. Pero no más un trecho, cuando contempló de lejos el atrio del templo. Y como un niño, que presiente se viene el cachetón de la madre, largó el llanto, Él, el caballero del pollino.

-¡Ay pueblo mío, si supieras del delito que vas a consumar! ¡No quedará impune, pueblo mío! ¡Ay patria mía, que tanto recibiste en gracia y hermosura! ¡La fealdad será tu adorno y el terror tu alimento! Vine a ti en el tiempo de tus liturgias, en las palabras de tus profetas y las gestas de tus caudillos. Hice morada entre tus hijos, de mis riquezas te colmé, malagradecido país. Y tú me pagas con la deserción de tus jefes y la traición de tu clero. Los pecados de tus hijos, como pantanos de inmundicia, fertilizan esta la tierra mía. Frutos de paz vine a cosechar, oh campo mío, y abrojos de iniquidad encuentro por doquier. ¡Ay de ti!

A tu santuario, mi casa, delicia de mis ojos, vine a postrarme en súplicas a mi Padre, y hallo mesas de prestamistas usureros. Veterinarios impíos, que nada saben de la sutil Paloma, venden sus pichones como se venden las bellotas y las papas. ¡Haz traspasado al Espíritu, generación apóstata!

Por eso, vengo con la misericordia del juez, que rescata la vida de los humildes de la mano de tus mercenarios; vengo con el látigo de la justicia a derribar tus mesas, tus foros y tu templo, del cual no dejaré ladrillo en pie.

Apresúrate, hija mía, porque, una vez que pise el atrio, sentirás el silbido de mi rebenque cruzar tu sucio aire. Arrepiéntete y vuelve tu corazón a mis delicias, pueblo mío. Deja que sanee tus fuentes, que emparche tus vasijas rajadas.

Tus clamores te acusarán, hija mía. -¡Jesús, Jesús!, me aclamas. Amo las alabanzas de tu corazón, no los de tu boca.

Felipe, que escuchó estas palabras, porque llevaba las riendas de la bestezuela, comprendió el por qué del pollino y el por qué no del zaino del berebere. El reino de su Jesús sería terriblemente superior que sus imaginaciones judías. Reino de paz, a costa de la guerra interior del corazón, del desangre moral de la voluntad viciada, a costa de la ruina de todo lo que aparentemente vale algo.

-Qué cosa, le dijo a Pedro: en un manso pollino, el más terrible de los reyes.

1 comentario:

Juancho dijo...

Muy bueno don Theseus. Lo escribió Ud?

Gracias por el servicio de escribir este blog, y darnos cosas que pensar y rezar.

Que tenga una santa semana y feliz Pascua de Resurrección.

Juancho.