La santidad en un “ta-te-ti” (I)


Hace poco un amigo me contaba acerca de su “experiencia de conversión”. Los caminos de la vida hicieron que cayera en manos de los muchachos de Miles Christi.

No podía salir de mi asombro al constatar que muchas de las cosas que se ventilaban sobre esta congregación, al menos en boca de mi confidente, eran ciertas

Desde ya aclaro: no trataré aquí el problema Miles. Me limitaré solo a hacer un pequeño análisis de un fenómeno, por lo demás recurrente en congregaciones que llevan adelante una espiritualidad que podemos calificar de “veteroignaciana”.

El asombro que me embargó proviene de mi conocimiento personal del fundador. Yanuzzi es un tipo que no aparenta esclerosis religiosa. Es un típico porteño jovial, bicho, requetesuelto en el trato y hasta zafado en la intimidad del diálogo. Los que hablan de Miles con acentos de odio genésico a las congregaciones integristas, de tratar, o simplemente ver al petizo, quedarían, como yo, sorprendidos. Yanuzzi no es aparatoso en su exterior, más bien parece que sus “cosillas” se ven en las intimidades del círculo Miles.

Mi amigo me decía:


-Vos no conocés la verdad de las espiritualidades de tipo Miles. Yo ingresé a la vida de la gracia por obra de sus retiros ignacianos. Una vez que tomás conciencia de tu compromiso de católico, los padres te siguen el rastro hasta donde llegan los casilleros de sus cartillas. Te comprometés a realizar un determinado tipo y número de actos de piedad, frecuentación de sacramentos y ascesis. Algo así como un Port Royal más matizado.


-¿Matizado?


-Sí, Quiero decir que no se zafan, al menos conmigo no lo hicieron. Pero con otros sí creo que llegaron lejos. Yo era demasiado reo, por lo que pude escapar a tiempo. Pero creeme, en el principio comulgaba con todo. Las cartillas, mientras más cruces tenían, mejor síntomas de santidad reflejaban.


-¿Y vos eras bueno para marcas cruces? (Risas)


-Al principio sí. Todos los que comenzábamos lo hacíamos con un gozo tal, que no escatimábamos esfuerzos por completar y ganar los casilleros. Como un ta-te-ti, ¿me entendés?


La charla siguió, pero no vale la pena decir más. Lo que quiero remarcar ahora es el “fenómeno”, en palabras de don Immanuel.

Creo yo que este tipo de espiritualidades adolecen de la falta de universalidad que ellas mismas achacan a las demás. Un extraño individualismo, surgido a veces al margen y sin la menor intensión, asoma por entre las sotanas de fundadores buenos, y hasta santos. Esto no es un juicio moral, ni mucho menos.

Las personalidades “fuertes”, pujantes, sin querer a veces, de los fundadores, arrastran tras sí a muchas almas que en un principio identifican la santidad, y hasta al mismo Dios, con ellos. Y es algo muy lógico, pero altamente peligroso si no se cae en la cuenta de sus consecuencias.

Lógico, porque a Dios no se lo ve, los ángeles están, pero permanecen a nuestros ojos de carne invisibles. Los santos interceden por nosotros, pero desde sus tronos empíreos. Los pobres pelagatos de abajo todavía caminamos entre las sombras de la fe. Luminosa a veces, pero casi siempre preñada de angustia y aridez. Y es mucho más facil el camino de lo sensible, de un pelagianismo ingenuo, en el caso que trato, que las asperezas del abandono del “yo” ante la presencia intangible del que es la total Realidad.

El puerto de la santidad es un puerto chico, no admite yates repletos de pasajeros. Se arriba en esquife, de a un sólo pasajero.


Por otro lado, creo que de los llevadores y traedores de noticias santorales debemos la mayor parte de yates naufragados. Una cosa es el fundador santo y otra sus biógrafos.

Les cuento algo personal. De niño, muy niño, apenas trece pirulos, leí la vida de san Juan de la Cruz, del P. Crisógono de Jesús. Recuerdo que me gustó sobremanera, aunque sus descripciones geográficas me fueron tremendamente pesadas. Hoy, ya bastante más grande, leo algunas páginas del mismo libro y me resisto a seguir: si ese es el santo fundador del Carmelo, el que describe el muy prepotente Crisógono, yo no sé adonde voy a parar.

De los lugares comunes que más se barajan en libros de tal calaña, creo que ninguno sobrepasa al de la “obediencia absoluta”. De vivir en los tiempos de Yepes, con los mismos sentimientos de perfección que me embargan, hubiese escoltado a santos de este tipo. Pero hoy, que obedecer las insinuaciones de “la Iglesia” lleva a estupidizar, o peor, ennegrecer el alma de almíbar o hiel, me inclino por la desobediencia parcial, u “obediencia inteligente”, como dijo alguien.

Soy muy malo para el ta-te-ti. Y reconozco que la quilla de mi barquito deja mucho que desear de los agujeros que ostenta. Pero que quieren, no puedo andar sin la esperanza de que, por encima de mis remos, el viento cálido del Santo Céfiro alguna manito pueda darme.


«Posuit flumina in desertum,

Et exitus aquarum in sitim.

Terram fructiferam in salsuginem

A malitia inhabitantium in ea.

Posuit desertum in stagna aquarum,

et terra sine aqua in exitus aquarum.

Et collocavit illic esurientes :

Et constituerunt civitatem habitationis

Et seminaverunt agros

Et plantaverunt vineas

Et fecerunt fructum nativitatis »

Ps. CVI, 33-38

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