La santidad en un "ta-te-tí" (II)


Vengo a la carga hoy a la par del heterodoxísimo teólogo John Henry Newman. El cardenal no es porfia´o, así que saca de su mejor polvorín, para voltear el ta-te-tí minotáurico, su fascinante Vía Media. ¡Agarrate Ariadna, que vamo´a galopar!


Para el que quiera introducirse en los "misterios de la heterodoxia católica", de Tollers: El oficio Profético de la Iglesia (o prólogo de Newman a la tercera edición de su Vía Media)



Del prólogo a la tercera edición (1877): Digo que estas conferencias van dirigidas “mas o menos” contra ciertos elementos de la doctrina católica y que voy a precisar “hasta que punto” es así, porque el objetivo esencial del libro –y esto hay que tenerlo en cuenta- no consistía en enfrentarse con dicha doctrina propia, la Vía Media anglicana. Ésta sólo indirectamente entra en colisión con Roma, una teología que se hallaba en el mismo umbral del experimento del autor. Quieras que no, iba a tropezarse con ella y, mientras dedicaba considerable espacio a atacarla en sus detalles, adoptaba sus principios más importantes y muchas de sus conclusiones. De modo que, con una especie de olvido o preterición de lo elemental del protestantismo, el autor agredía mucho más a la Reforma que a lo que denominaba “papismo”.



Conferencia III: Consideración Moral de la doctrina de la infabilidad.



"Hay que hacer una última observación, pero se trata de algo propuesto tan a menudo en la controversia, que bastarían pocas palabras para explicarlo. La doctrina romana, con su profesión de infalibilidad, además de desvirtuar el carácter misterioso y sagrado del Evangelio, rebaja el nivel y la calidad de la obediencia que debemos al mismo; y esto de varias maneras. Cuando todos los elementos de la religión se han sistematizado, corremos el riesgo de que algo terreno, en lugar de nuestro Creador, se convierta en el objeto principal de nuestra contemplación. Ahora bien, Roma clasifica nuestros deberes y sus recompensas, lo que hay que creer, las cosas que hay que hacer, los modos de agradar a Dios, los castigos y los remedios del pecado, con tanta exactitud que un individuo sabe exactamente –por decirlo así- donde se encuentra en su camino hacia el cielo, hasta donde ha llegado y cuánto le queda por recorrer; de modo que sus obligaciones se convierten en materia de cálculo. Nos proporciona una especie de escala graduada de devoción y obediencia y, con ello, tiende a absorber nuestros pensamientos con los detalles de un mero sistema, hasta llegar a un relativo olvido de quien reconoce como Autor del mismo. En cambio, es evidente que los actos religiosos más puros son los que se realizan no por coacción sino voluntariamente. Como una ofrenda libre al Dios omnipotente. Hay determinadas obligaciones que son indispensables pata todos los cristianos, pero sus límites se dejan imprecisos, como para poner a prueba nuestra fe y nuestro amor. Por ejemplo, qué porción de nuestros bienes mundanos hemos de dedicar a obras de caridad, de qué manera hay que practicar el ayuno, cómo hemos de vestir, si hemos de permanecer solteros, qué desquite hemos de tomarnos por nuestros pecados, qué diversiones pueden permitirse, o hasta dónde corresponde introducirnos en la vida de sociedad; la inspiración bíblica deja abiertas estas y otras preguntas por el estilo. Algunas de ellas las determina la Iglesia, y conviene que sea así, a fin de que el pueblo guarde las buenas costumbres o a modo de recomendación y aprobación para sus miembros. Un mandato de parte de la autoridad sirve de protección, hasta cierto punto, para nuestra modestia; aunque, si pasara de esto, no haría más de agobiarnos. Por ejemplo, en nuestros tiempos, cuando la práctica del ayuno se ha puesto tan poco corriente, a pesar de la norma de la Iglesia, sería un gran consuelo –para los individuos que desean observarlo, pero les da reparo singularizarse- que existiera la costumbre, como creo que existió, de la publicación de cartas pastorales al comienzo de la Cuaresma que lo pusieran en vigor con la fuerza de la autoridad. Pero en la mayoría de los asuntos de este tipo –y ciertamente cuando está por medio la cuestión de grado- parece que la mejor forma consiste en dejar libres a los individuos, para no caer en el extremo de convertir lo que sería un servicio espontáneo de los más fervorosos en una imposición obligatoria para todos.


Esta es la auténtica libertad cristiana: no la prerrogativa de obedecer o no a Dios, según nos plazca, sino la oportunidad de obedecerle más estrictamente sin un mandato formal. De este modo, además, no solo se pone a prueba nuestro amor, sino que se tienen en cuenta también la delicadeza y generosa sencillez de nuestra obediencia. Cristo ama un servicio generoso y sincero, realizado sin contemplarnos a nosotros mismos y sin medir lo que hacemos, que brote del afecto y reverencia que llenan el alma cuando se fija en el sublime Misterio cristiano sin pensar en sí misma. Ahora bien, los mandatos explícitos nos llevan a reflexionar sobre nuestro avance hacia la perfección y a cuantificarlo; en cambio, la auténtica fe, en vez de contemplar sus escasos logros, sean los que sean, contempla principalmente sus deficiencias. No le gusta verificar por su cuenta lo que hace; se sacude tal pensamiento; prosigue y se esfuerza por llegar a la perfección, sin contar los peldaños que ha ascendido, pero manteniendo constante su mirada hacia el término, sabiendo sólo que esta avanzando y sintiéndose honrada por cada sacrificio o servicio que se le permite ofrecer, en el momento en que tiene lugar, sin pensar en ellos posteriormente. Pero en el sistema romano todo indica que hay poco espacio para esta entrega que no repara en sí misma. Cada acción tiene su espacio, cada cuadrícula de la tierra prometida está trazada con todo detalle. Las rutas están señaladas cuidadosamente y los que llegarían a la perfección se ven obligados a transitar por unos carriles, como si se tratara de una técnica de ganar el cielo. Así los santos aparecen separados de la multitud del pueblo cristiano mediante ciertas tareas prefijadas, en lugar de surgir del mismo pueblo mediante el crecimiento continuo y la sobreabundancia de actos ejemplares que en su esencia corresponden a todos los seres humanos. La santidad cristiana, por consiguiente, pierde su frescor, su vigor y su hermosura, al quedar congelada –por decirlo así- en determinadas actitudes que sólo tienen su gracia cuando están libres de afectación (1)".



(1)- Nota de Newman en su tercera edición: Esto es verosímil, teórico y contrario a la verdad.



Versión: La Vía Media de la Iglesia Anglicana, Salamanca, Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos "Juan XXIII", 1995, pp. 196-198. Trad. Aureli Boix.

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