Mala



¡Qué lo parió! Cada vez más me doy cuenta que no tengo suerte. Que la olímpica picada por llegar primero, sabiendo que llegaría, me ha deparado una meta amarga y carnicera. La mala suerte de llegar primero es igual mala suerte.


Que la muralla que separa la polis de Atenas del mundo bárbaro no era suficiente para parar las cruzadas del Minotauro. Igual pasaba.


Que las terribles noches en vela, anhelando el consuelo de los vates y las caricias de las musas, no impedían que me sumiera en la más horrenda de las pesadillas, aun despierto y embriagado de café y cigarros.


Que por más que pusiera excusas, por más que le buscara la vuelta, la culpa, diosa inmisericorde, no me daba tregua. Era culpable.


Que aunque leyera y releyera, caminara y caminara, la luz no brotara. La luz no brota de uno. Dimana de Otro.


Por más que los telares de mi mente corrieran en los husos de Palas, en las agujas de Apolo y en las manos de Ariadna, sin la suerte que procede de Ti, será colcha pútrida y renegrida, mantel de mesas inmundas, corporal de sacrilegios.


No exagera el que ha contemplado la mala suerte de sus triunfos, la mala suerte de sus fracasos.


No desespera el que comprendió que la mala suerte es el nombre que depara el mundo a los que ingresan en el camino de los sabios, en la senda de los bien-aventurados.


Mírote, oh Infortunado, en tu mala suerte traspasado. Y me dices que la mala suerte es la ventura de los suertudos, aunque amarga, como la suerte de los condenados.


En fin, sé que a la par de mi mala suerte mi Ángel ha inclinado la ventura, de lo peor por suceder a lo menos peor que sucedió. Podría haber sido mil veces desastroso, más que los que he sufrido, embrutecido yo.


Y aquí estoy, aun. Con la suerte del cristiano, con la dicha del salvado, con la espera del cansado. En pié, como en la cruz el Clavado.



Poesías en tiempo de ventarrón



ORACIÓN POR NOSOTROS LOS VENCIDOS



"¿Qué he hecho yo por Cristo?"
San Ignacio


Dios, que recibes hasta la derrota
cuando ha luchado tanto el derrotado
que de su sangre la postrera gota
quedó sobre su costado traspasado.

Dios, que no despreciaste ni el desastre
cuando ha luchado un poco el desastrado
pero la ola, el viento, el rumbo, el lastre
y los astros no estaban de su lado.

Dios, a quien no lo aterra ni el derrumbe
cuando el escombro de lo derrumbado
dejó un pabilo, un hálito, una lumbre
con que encender incendio iluminado.

Dios, que eres capaz de alzar la ruina
cuando no ama su ruina el arruinado
cuando gime sobre ella y adivina
la huella en ella del primer pecado.

Que con dejar caer lo caedizo
no quedarías bien acreditado
harías como todos, como hizo
y el vulgo siempre desaconsejado.

Señor, que siempre amaste lo vencido
más que el triunfante desapoderado
porque incluso de lo ya fenecido
surge, si quieres, lo resucitado.

Rey cuyo corazón se va al herido
más bien que al corazón acorazado
que más por el enfermo habrás venido
a nuestra tierra, que por el sanado.

Rey a quien no interesa la victoria
sino que sea el juego bien jugado
y más que los laureles de la historia
que salga alguno y sea buen soldado.

Que sobre la política contienda
no estas con uno ni con otro lado
y estás encima dando siempre rienda
al que se mata por un sueño honrado.

Mírame, oh Rey, mi vida dimediada
la flor de mi vivir ya dimediado
con este gran dolor en el costado
de no haber hecho nada, nada, nada.

De no haber hecho nada consecuente
a todo lo soñado y deseado
de no haber hecho nada equivalente
al gran honor del estandarte alzado.

Mírame, oh Rey, el hontanar vacío
el gran terreno yermo abandonado
y ven Tú mismo un día como un río
en mi vacío nunca resignado.

Ven Tú mismo, Señor, a mi hondo abismo
y no lo cures por apoderado
como creaste el mundo por Ti mismo
y portimismamente lo has salvado.

Porque si llego al ataúd sombrío
sin una flor en el peñón pelado
no eres injusto, porque nada es mío
pero no fueras tan santificado.

Pues fuera tato desaprovechado
y un lance y un albur tan mal perdido
de hacer un gran milagro insospechado
diferente de todos los que han sido.

El más milagro y milagrez mas pura
el mas sencillo y simplemente dado
inmerecidamente regalado
a su creatura de la nuca dura.

Por el creador de todo lo creado



LOS BAÚLES


¿Será, Señor, la última vez que hago mis baúles?

Estoy cansado a muerte de mi único hogar

Que son tus nubes blancas y tus cielos azules

Y mi tierra, que es siempre el mar.


Mis baúles caóticos, almacén de difunto,

Mis bienes: manuscritos, libros y vanidad

La medallita de oro de mi madre, allí junto

A unas obras por la mitad.


Residuos desteñidos de vetustas labores

Inútiles estudios, y más de una ilusión

Flor seca entre dos páginas de olvidados amores

Alfiler en el corazón.


Borradores de cartas, amarillentas folias

De mi juventud huera, que me avergüenza hoy

Y madurez tardía de podridas magnolias

Porque fui lo mismo que soy.


¿Qué he hecho? Muchos viajes, errante peregrino,

Y mi sangre en mis obras, otro inútil correr

Tras lo imposible, férula y aguijen del Destino,

Para ser lo mismo que ayer.


¿Que he hecho? Crucé el mundo tras una ciencia vana

Que en milquinientos kilos de libros por leer

Me hace seguir el último la humana caravana

Cargado de un inútil saber.


El espesor cruxando de las cosas me obstino

Dejé mi vida en ellas mas no te hallé, Señor,

No importa, soy el mismo, me obstino en el camino

Invisible del ruiseñor.


Confiado en ciertas señas del Dios que reverencio

La maldad de los hombres ya no me da pasión.

Quiero cerrar las altas verjas de mi silencio

Menos para pedir perdón.


¿Perdón de qué? De todos los destrozos que han hecho

Los hombres, y me han hecho. Hombre soy. Pecador.

Los pecados de todos caben dentro mi pecho.

Que sea esta la única víctima, yo, Señor...


Baúles vagabundos de esperanza y dolor...




LEONARDO CASTELLANI

Evocación de las grandezas y el alma de España


Les dejo un precioso texto del eximio pensador, orador y político español don Juan Vázquez de Mella. Que sirva de sosiego y descanso, ilustración y fruición espiritual ante la caterva de parlanchines y bobos a destajo que azotan nuestra patria, en sus ágoras y ambones, ultrajando el sagrado itinerario, al decir del maestro Disandro, de nuestro Logos primordial.




¡Poesía, poesía! Yo quiero vivir en esa región de la poesía, y quiero sumergirme por decirlo así, en el espíritu nacional de mi Patria; siento que soy una gota de una onda de ese río; siento la solidaridad, no solo con los que son, sino con los que fueron, y por eso la siento con los que vendrán.


Por eso amo a mi Patria, y la evoco en mis sueños, y deseo vivir en una atmósfera que no se parezca a la atmósfera que me rodea en la hora presente. ¡Cuántas veces, al apartar la vista de la realidad actual, me dirijo hacia la Historia pasada, y la evoco y la busco en aquel período de intersección entre una España que termina, y otra que comienza! Entonces veo aquella reconquista, que se va formando con hilos de sangre, que salen de las montañas y de las grutas de los eremitas; que van creciendo hasta formar arroyos y remansos, y veo crecer en sus márgenes los concejos, y las behetrías, y los gremios, y los señoríos, y las Cortes, y a los monjes, a los religiosos, a los cruzados, a los pecheros, a los solariegos a los infanzones enlazados por los fueros, los Usatjes, los códigos, los poemas y los romanceros; descendiendo hacia la vega de Granada en un ocaso de flores, para ver allí el alborear de un nuevo mundo, con la Conquista de América y del Pacífico; y entonces pasan ante mi fantasía Colón y Elcano, Magallanes y Cortés, los conquistadores, los navegantes y los aventureros, y, a medida que el sol se levanta, mi alma arrebatada quiere vivir y sentir y admirar a políticos como Cisneros y como Felipe II; a estadistas y caudillos como Carlos V y Juan de Austria; y, por un impulso de la sangre, quiero ser soldado de los tercios del Duque de Alba, de Recaséns y de Farnesio; y quiero que recreen mis oídos los períodos solemnes de fray Luís de Granada, y las estrofas que brotan de la lira de Lope y de Calderón, y que me traiga relatos de Lepanto aquel manco a quien quedó una mano todavía para cincelar sobre la naturaleza humana a Don Quijote, y quiero ver pasar ante mis ojos los embajadores de los Parlamentos de Sicilia y de Munster, que se llaman Quevedo y Saavedra Fajardo; y ver la caída de Flandes a través de la lanza de Velásquez, y quiero sentarme en la cátedra de Vitoria para ver como el pensamiento teológico de mi raza brilla en aquella frente soberana, y quiero llamear en la mente de Vives, sembrador de sistemas, y en la Suárez ascender hasta las cumbres de la Metafísica; y quiero más: quiero que infundan aliento en mi corazón y la caldeen las llamas místicas que brotan en los más excelso del espíritu español con Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y quiero ver a los penitentes varoniles y desgarrados en los cuadros terribles de Rivera; quiero, en fin, embriagarme de gloria española, sentir en mí el espíritu de la madre España; porque cuando se disipe el sueño, cuando se desvanezca el éxtasis, y tenga que venir a la realidad presente, ¿qué importa que sólo sea recuerdo del pasado lo que he contemplado y sentido? Siempre habrá traído ardor al corazón y fuego a la palabra para comunicarle al corazón de mis hermanos y decirles que es necesario que encienda más su patriotismo cuanto más vacile la Patria. (La ovación inmensa que se tributa al orador dura varios minutos, y se oyen muchos vivas a España. Todo el público, puesto en pie, aplaude delirantemente. Las señoras agitan sus pañuelos y arrojan sobre el orador ramos de flores. El momento es de una emoción inmensa.)


No creía yo que iba a empezar aquí la batalla de flores que está anunciada para esta tarde, y que, además, no podría realizarse fuera de este local, estando vosotras en él. (Risas) Esta es una hermosa protesta que hacéis vosotras contra aquellos que denigran y rechazan la poesía, sin la cual la vida de nada serviría. Porque las fuentes de la poesía son: el amor a Dios, el amor a la Naturaleza exterior, que entra en nosotros con rientes imágenes, el amor a la Naturaleza interior, en donde germina el manantial de los más elevados sentimientos, y el amor al prójimo. Sin esos amores, la vida no merecería la pena de vivirse; sin esos amores, la Humanidad no sería más que una colección despreciable de apetitos y de tubos digestivos (Risas)



Para el que quiera introducirse en el pensamiento de don Vázquez, un link para descargar una cuidadosa antología de sus discursos, obra de don Rafael Gambra.

Fe anónima (II)


La tercera taza de café. Hay que mantener despierta la imaginación y expulsar la zozobra que en buena ley me invita a terminar el día.

El crucifijo delante mío, la imagen de la Carmelitana. El breviario, descansando en la punta del escritorio, significando que las maitines adelantaron el día que se viene. Antes de despuntar, las laudes; y el correr sublime de las horas menores. Otro día, empezado hoy.


Fuera, la niebla. Poca, pero lo suficientemente compacta como para recordar al viejo Dickens y su Canción de Navidad. Dios se presiente entre los vapores que ascienden, pero no se ve.


Gritos en la calle. La puteada cotidiana de los muchachos, el ¡te voy a matar! de la madre que una vez más recibe a su hijo embriagado. Dios está parado en la acera, pero no se ve. No lo ven.


Y yo. En un silencio artificial construido con el fin de escuchar el dulce sonido que la violencia del día me niega. El pasar de páginas y la profunda bocanada de mi pipa, que una vez más se vuelve a apagar.


La niebla se espesa más. Los edificios asemejan viejos nichos, perfectamente divididos para albergar nuestros muertos. Ciudad de zombies, Buenos Aires del terror nocturnal.


Y yo. Terrible presencia de la soledad cristiana, del desconocimiento.

Anonimato de la fe, dije una vez, y un Coronel me corrigió: la fe, como los héroes, nunca es anónima. Es conocimiento nebuloso, intuición cuyo objeto proyecta su sombra entre los túmulos de nuestro interior, fundando la más perfecta y sublime alteridad: la del yo y la de Él.


Mas la niebla sigue allí. Mi voluntad se obstina en el camino ancho de los parabienes y anhela que la niebla desaparezca ya.



Imagina disolver las moléculas acuosas, proyectar con la linterna miserable de la imposición una luz que apenas recorre un espacio ingenuo e ínfimo. La niebla se ríe de mi luz, se ríe de mi voluntad.


Solo entre la niebla, aun cuando mi cuarto parezca vencer la intemperie amurallando el ideal de mis libros, crucifijos y rosarios.


¿Qué haré? De nuevo la pregunta. La niebla sigue allí, desprevenida de mis maquinaciones y aspavientos. No retrocederá.


Pues bien, yo seguiré aquí. Plantado en la resolución irracional, en el ideal verdadero del asentimiento concreto a un Sol que sin duda despuntará.


Seguirá mi plegaria, mi estudio, mi grito de soledad amortajado de esperanza.

Yo sé que mi héroe vencerá. Teseo, contra las apariencias poderosas de la niebla que transforma el laberinto en un circuito infernal, venció. Vence venciendo, vuelve volviendo, llega llegando.


En su izquierda, la cabeza inmunda del híbrido taurino, cuyo nombre conviene no pronunciar. En su diestra, el maderamen, la clava celestial.

Pero aun queda el ladino Procusto: el peor para el final, la victoria para el final.


Mientras, nuestro secreto y presencia entre la multitud. Aguardando, sin hacer nada de lo puramente nuestro, la obra principal, el término inicial, el descenso nupcial del mediodía. Sobre la niebla y la ciudad.

Fe anónima



La idea de un catolicismo anónimo va tomando cada vez más cuerpo. Muchas personas mantienen su fe al margen del apostolado tradicional de la Iglesia, sin menoscabar iniciativas ni pinchar globos.


Conozco gente de alta vida cristiana, volcada al inexplicable proceso de esconder sus vidas lo más posible, interesándose, a la vez, por el estudio de la Palabra de Dios, de la Liturgia y la espiritualidad. No podemos decir que estén “totalmente al margen” de la situación del mundo, ni que, en rigor, se sitúen en una tercera posición vertical, juzgando de los buenos cristianos que colaboran asidua y diligentemente en movimientos de la más variada prosapia clerical.


Hay muchos, les digo. Y viven un cristianismo verdaderamente anónimo. ¿No es contradictorio hablar de un cristianismo anónimo? ¿No atenta directamente contra la noción de cristiandad, de impregnación paulatina y consistente de las estructuras sociales mediante la savia del Evangelio? ¿No se niega la necesidad del apostolado y sus consecuencias salvíficas en el mundo?


Según cómo se entienda la cuestión, y según qué se entienda por apostolado. Claro que la actividad sin más, al menos exteriormente, brinda al espíritu de los creyentes una extraña sensación de victoria, seguridad y permanencia. De alguna manera se destacan los espíritus afines al pensamiento, raramente coincidentes en el fondo, de la restauración temporal del poderío cristiano y la primavera celeste y por cincuenta años incólume del Cuerpo de Cristo.


El cristiano anónimo parece situarse al margen de las preocupaciones de activistas post y ante conciliares, derechistas e izquierdistas, curas y no curas. Incluso conciben la relación divina como un cara a cara sin importancias gestuales, ceremoniales ni verbales.


Tranquilamente pasan por progres, impíos o tradis. En bares y ceremonias religiosas, plazas y conventos, soledades y vorágines: el lugar se indeferencia en lo indeterminado de su espíritu.


Cada vez más –aventuro- el cristianismo anónimo de las catacumbas de hoy se profundizará más. Pero no se notará. El mundo no notará la presencia de las rodillas fieles, de los labios amantes, de las mentes contemplativas. Y lo más desconcertante, es que las catacumbas estarán sobre la superficie, como ya se perfila.


Los católicos caminarán por las ciudades, pero no pasearán, ni comprarán ni venderán. Esconderse, ni por pienso: nadie puede esconderse del Malo en estos tiempos de estandarización y conocimiento. No pensemos en catacumbas aseguradas por el secreto de lo subterráneo, de idílicas y románticas historias de mártires rezando junto a un obispo santo en inclinada reverencia al altar del mártir. No, la soledad será bien real, bien anónima.


Se perfila, se huele el abandono de los parámetros tradicionales con que se soportaban los ultrajes. No hay camaradería, hidalguía ni soma preparado.


Y sin embargo… Sin embargo morarás en lo absolutamente abandonado, Adonai. En el silencio de la persecución y del terrible anonimato que humilla nuestras ansias de imposición farisaica. En lo profundo de la angustia que degüella incansable la seguridad propia; en el pecado, luminoso y terrible que preparó -¡oh Arcano!- la humillación del Logos.


La Palabra, en el ínterin de la pena incomprensible, de la herida que ladra y del destino de los no satisfechos. Palabra-promesa, por la fe sólo creída, humanamente insegura, divinamente presente.


Desde siempre.

La perversión religiosa en lo castrense


“Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con vosotros os lo mandamos: El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. (Tes. III, 7-12)




La mayoría del pópulo está dispuesto a tolerar -y algunos ni siquiera lo ven como algo grave- la canita al aire del “padre”, más que su aberrante idolatría al Mamonna iniquitatis. Hace la vista gorda, muchas veces, en los asuntos de “necesidad” natural del pobre cura –pero si es un hombre, ché. Va a reventar el pobre!-, pero no soporta el lujo ni la amarretería clerical. El sacerdote rico es un escándalo para todos.


Es un fenómeno bastante difundido. Basta parar la oreja un poco en las rondas de viejas puteras y de conventillo parroquial para corroborar esto que digo.


El lujo de los sacerdotes es escandaloso. Y más aun el lujo producto de un usufructo inmerecido.


Y de estos, creo que ninguno iguala en gravedad a los clérigos castrenses. Ante todo, aclaro que conozco excelentes sacerdotes, pocos, arrojados y piadosos que sirven en las FF.AA. brindando la Luz inextinguible del Miles invictus. Pero me atrevo a afirmar que la gran mayoría no hace más que vivir como viles garrapatas de los chupones pecuniarios propinados al Estado.


Quien conozca a un sacerdote castrense de estos que digo, no me negará la razón. Autos despampanantes, pilchas de la buena y perfumes (¡odio el perfume de los curas!) salados. Cambian su vehículo todos los años, provocando el escándalo de los pobres fieles que con razón acusan al clero de “burgués” y “agarrado”. Y el “resto fiel”, los prebostes más humildes, se ven en ascuas explicando que los de marras “no rompen el voto de pobreza”, “que sus bienes están puestos al servicio de la Iglesia” y otras macanas de la misma yerba.


En un nivel más profundo, debiéramos preguntarnos por la función del ejército, en sí y en nuestra patria en particular. Castellani sostenía, y con él los clásicos políticos españoles, que el ejercito tenía como función primera “hacer la guerra”, ya sea al extranjero, en legítima o forzada defensa; sea al “enemigo interno”, dada una guerra civil. ¿Y si no hay guerra que pelear? Pues a los caminos, a las obras de ingeniería pública, construcción de puentes y trazados de rutas. Trabajo de hombre, nacional y bien pago.


¿Qué hace nuestro “ejército”? Boyar en los cuarteles y criar maleantes, dormir en el sopor de la humillación y sufrir la falta de guerreros verdaderos, desos de lanza en mano. Viejetes gordinflones y rémoras traidoras: he aquí la falange argentina.


¿Qué hace el clero castrense para revertir esta postración? ¿Dónde forma a sus seminaristas? ¿Qué doctrinas enseñan en los cuarteles? ¿Enseñan? ¿Estudian? Yo les diré qué enseñan: la doctrina de la molleja y del chinchulín chirriante, del lomo jugoso regado del bon vin mendocino. La doctrina del cadete y del soldadito raso que sirven de mozos en las comilonas de generales y capellanes. El libro de los recuerdos, de los dinosaurios que conspiran levantamientos y golpes de estado en falcons verdes por las calles de un inexistente país.


A la par de ineficaces e impresentables guerreros, la retahíla de sacerdotes acaparadores y mundanos. Probemos, por un imposible, reducir drásticamente el sueldo a estos funcionarios de la religión, para ver donde termina su “vocación castrense”.


Probemos un recuento de bienes, un detallado examen de sus propiedades. Probemos seguir la huella de cada uno de los prebostes, para asegurarnos de sus inicios en el servicio religioso. Demos rienda suelta a la KGB de nuestra cordura, y averigüemos los sucesos que llevaron a muchos sacerdotes a refugiarse tras las insignias doradas.


¿Qué hacer para arrancar de la Iglesia estos fieros pulgones?



1- Reducir la remuneración del capellán haciendo más asequible el puesto a sacerdotes desinteresados y probos (Solución fantástica)

2- Derivar la atención de los cuarteles y dependencias militares a párrocos comunes y silvestres en cada zona (Solución activista)

3- Disolución del obispado castrense (Solución impía)

4- Sangría profunda y concienzuda del pus burgués (Solución comunista)



Lejos de mi, Dios lo sabe, denostar el meritorio trabajo de la pastoral castrense per se. Nuestro “país” nació de a caballo y de rodillas, ante la cruz del sacerdote hidalgo y guerrero. Pero es que los bostezos de la tribuna de derecha por impugnar la conjura laicista del gobierno K de abolir el obispado castrense no alcanzan para inclinar la balanza. “Faltos de peso” se hallan y el cierre del obispado castrense sería una buena lección, odiosa y mal habida, para aprender que Dios castiga la inutilidad e ineficiencia de sus pastores con la desolación de lo bueno y lo noble.

Las llagas: fragmentos y comentarios (IV)




Las cinco llagas de la Iglesia


(Textos de Rosmini y comentarios de Castellani)


(Lugano, edit. 1863)


V Llaga: los bienes eclesiásticos.




“Los bienes de la Iglesia no son el Bien de la Iglesia” decía Pío X. Algunas veces son el mal de la Iglesia, dijo Rosmini.


R. no dice que la Iglesia no pueda poseer bienes, como dijeron los albigenses. Dice que deben ser pocos (no superfluos) obtenidos bien (por donación libre) y manejados muy bien, manejados con temor y temblor, con “lágrimas” como los manejaba León el Magno. No son bienes de los hombres sino de Dios.


La primera máxima es que deben venir de “oblación voluntaria” y no forzada. Eso lo dijo Cristo (Lucas X, 5) San Pablo muchas veces (I Cor. IV, 4…) San Pedro (Act. V, 4) y todos los Padres Apostólicos. (180)


La ruptura de esta máxima vino con el feudalismo y luego con los “beneficios” eclesiásticos, otorgados por el poder temporal. (183)


La segunda máxima era que los bienes eclesiásticos fuesen propiedad común y no particular. El mártir San Lorenzo dio el primer ejemplo heroico, y San Ambrosio decía que las posesiones de la Iglesia eran el capital de los pobres (185) –empezando por los sacerdotes pobres, que suelen ser los mejores.


Es mucho mejor que un sacerdote trabaje en un oficio honesto, como decía San Pablo, si las oblaciones de los fieles no le alcanzan para vivir; que no que haga negocios o prostituya la religión, convirtiéndola en una venta de ceremonias mágicas.


La tercera máxima fue que el clero expendiese en obras de misericordia todo lo que sobrase al propio sustento. En los siglos cristianos casi toda la beneficencia estaba en manos de la Iglesia (190)


La secularización de la beneficencia es un proceso que comenzó en el siglo XVI y se consumó en nuestros días, providencialmente quizá –por lo menos, no sin una razón muy profunda. (191)


La cuarta máxima fue que, para alejar el peligro de la codicia, “los bienes eclesiásticos se administrasen según layes fijas”. Hoy día esas reglas se han convertido en una enciclopedia; pero se cumplen poco. (193)


La quinta máxima fue: “facilidad en dar, dificultad en recibir, espíritu de despego y generosidad” (196) A San Agustín lo acusaban sus fieles de “dar mucho y recibir poco”, hermosa acusación (197)


“Aurum Eclesia habet non ut servet sed eroget, ut subveniat in necessitatibus” (S. Ambrosio) La venta de los vasos sagrados en los tiempos de carestía…


La sexta máxima era “gustar de que la erogación de sus bienes apareciese a la vista de todos”, no andar con tapujos y subterfugios.


La séptima máxima era que los bienes eclesiásticos se administrasen con competencia y capacidad.



§ 163.- “Esta obra, empezada el año 1832, y acabada en el siguiente, dormía en el escritorio del autor, no siéndole propicios los tiempos y habiendo sido escrita más que nada para alivio de su espíritu. Pero ahora en 1846, reinando en la silla de Pedro un pontífice que parece destinado a poner remedio al grave estado de la Iglesia (Pío IX) se recuerda el autor de estos papeles abandonados y los pone en manos de sus amigos”.


Como apéndice, dos cartas de 1848 acerca de la elección de obispos de por el clero y el pueblo.



FIN