La perversión religiosa en lo castrense


“Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con vosotros os lo mandamos: El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan”. (Tes. III, 7-12)




La mayoría del pópulo está dispuesto a tolerar -y algunos ni siquiera lo ven como algo grave- la canita al aire del “padre”, más que su aberrante idolatría al Mamonna iniquitatis. Hace la vista gorda, muchas veces, en los asuntos de “necesidad” natural del pobre cura –pero si es un hombre, ché. Va a reventar el pobre!-, pero no soporta el lujo ni la amarretería clerical. El sacerdote rico es un escándalo para todos.


Es un fenómeno bastante difundido. Basta parar la oreja un poco en las rondas de viejas puteras y de conventillo parroquial para corroborar esto que digo.


El lujo de los sacerdotes es escandaloso. Y más aun el lujo producto de un usufructo inmerecido.


Y de estos, creo que ninguno iguala en gravedad a los clérigos castrenses. Ante todo, aclaro que conozco excelentes sacerdotes, pocos, arrojados y piadosos que sirven en las FF.AA. brindando la Luz inextinguible del Miles invictus. Pero me atrevo a afirmar que la gran mayoría no hace más que vivir como viles garrapatas de los chupones pecuniarios propinados al Estado.


Quien conozca a un sacerdote castrense de estos que digo, no me negará la razón. Autos despampanantes, pilchas de la buena y perfumes (¡odio el perfume de los curas!) salados. Cambian su vehículo todos los años, provocando el escándalo de los pobres fieles que con razón acusan al clero de “burgués” y “agarrado”. Y el “resto fiel”, los prebostes más humildes, se ven en ascuas explicando que los de marras “no rompen el voto de pobreza”, “que sus bienes están puestos al servicio de la Iglesia” y otras macanas de la misma yerba.


En un nivel más profundo, debiéramos preguntarnos por la función del ejército, en sí y en nuestra patria en particular. Castellani sostenía, y con él los clásicos políticos españoles, que el ejercito tenía como función primera “hacer la guerra”, ya sea al extranjero, en legítima o forzada defensa; sea al “enemigo interno”, dada una guerra civil. ¿Y si no hay guerra que pelear? Pues a los caminos, a las obras de ingeniería pública, construcción de puentes y trazados de rutas. Trabajo de hombre, nacional y bien pago.


¿Qué hace nuestro “ejército”? Boyar en los cuarteles y criar maleantes, dormir en el sopor de la humillación y sufrir la falta de guerreros verdaderos, desos de lanza en mano. Viejetes gordinflones y rémoras traidoras: he aquí la falange argentina.


¿Qué hace el clero castrense para revertir esta postración? ¿Dónde forma a sus seminaristas? ¿Qué doctrinas enseñan en los cuarteles? ¿Enseñan? ¿Estudian? Yo les diré qué enseñan: la doctrina de la molleja y del chinchulín chirriante, del lomo jugoso regado del bon vin mendocino. La doctrina del cadete y del soldadito raso que sirven de mozos en las comilonas de generales y capellanes. El libro de los recuerdos, de los dinosaurios que conspiran levantamientos y golpes de estado en falcons verdes por las calles de un inexistente país.


A la par de ineficaces e impresentables guerreros, la retahíla de sacerdotes acaparadores y mundanos. Probemos, por un imposible, reducir drásticamente el sueldo a estos funcionarios de la religión, para ver donde termina su “vocación castrense”.


Probemos un recuento de bienes, un detallado examen de sus propiedades. Probemos seguir la huella de cada uno de los prebostes, para asegurarnos de sus inicios en el servicio religioso. Demos rienda suelta a la KGB de nuestra cordura, y averigüemos los sucesos que llevaron a muchos sacerdotes a refugiarse tras las insignias doradas.


¿Qué hacer para arrancar de la Iglesia estos fieros pulgones?



1- Reducir la remuneración del capellán haciendo más asequible el puesto a sacerdotes desinteresados y probos (Solución fantástica)

2- Derivar la atención de los cuarteles y dependencias militares a párrocos comunes y silvestres en cada zona (Solución activista)

3- Disolución del obispado castrense (Solución impía)

4- Sangría profunda y concienzuda del pus burgués (Solución comunista)



Lejos de mi, Dios lo sabe, denostar el meritorio trabajo de la pastoral castrense per se. Nuestro “país” nació de a caballo y de rodillas, ante la cruz del sacerdote hidalgo y guerrero. Pero es que los bostezos de la tribuna de derecha por impugnar la conjura laicista del gobierno K de abolir el obispado castrense no alcanzan para inclinar la balanza. “Faltos de peso” se hallan y el cierre del obispado castrense sería una buena lección, odiosa y mal habida, para aprender que Dios castiga la inutilidad e ineficiencia de sus pastores con la desolación de lo bueno y lo noble.

4 comentarios:

Bernardo Espinosa dijo...

Estimado T:
Muy acertada su reflexión; pero sumaría a esto la anulación de todo tipo de recurso económico del Estado Laicista a la Iglesia Católica. Porque no solo son los capellanes militares, sino los Obispos, los capellanes de la policia, los capellanes de hospitales públicos, los "asesores espirituales" de los municipios (que siempre llaman para bendecir superticiosamente las obras que re inauguran cada año...), etc, etc. Es muy larga, mi estimado, la lista de los "beneficiados" por el estado laicista. Basta recordar cuando la Sen Chiche D formó aquél ejército de mujeres "manzaneras" que usaban de las viejas buenas de las cáritas parroquiales, porque el 60% del presupuesto social el estado lo canalizaba por medio de Cáritas. Hicieron política barata, trabajo de punteros, y cada principio de mes las cáritas parroquiales recibian los subsidios para los pobres... Los curas felices, y los pobres igualmente pobres. Que la Iglesia se sostenga de la caridad de sus fieles; los curas trabajadores NUNCA pasan hambre. Ezcura decía que la gente podía perdonar, como ud dice, una canita al aire, e incluso un amor desordenado por la botella, pero lo que no podía aceptar era la tacañería de los frailes. Le puedo asegurar que a mas de uno se le termina la vocación de servicio!!!

Coronel Kurtz dijo...

Estimado Theseus: ¿No se le va un poquito la mano? Conozco muy pocos curas castrenses, pero esos pocos son muy buenos y, realmente, no encajan en el esquema.

Si quiere ver curas burgueses en serio (i.e. con 4x4 u Honda Civic, que viven en chalets, etc.), dése una vuelta por San Isidro.

Anónimo dijo...

La mayoría de los sacerdotes castrences son del clero secular por lo cual no tienen votos de pobreza, si aquellos que pertenecen a alguna congregación

Aníbal dijo...

Excelente post.

Los curas castrenses muestran por qué están así las FFAA. En parte porque pasan a fin de mes a buscar la boleta y rezan un responso el día de San Martín o de Las Malvinas. Otros directamente se dedican a "hacer su carrera" y listo. Son funcionarios que supervisan a otros funcionarios.

Además existe una media beca para los seminaristas del país que urge suprimir (que cada uno se banque su estudio, así evitaremos la Bocación en lugar de vocación) y el sueldo de las parroquias de frontera. Esto último dejémoslo porque los pobres curas están en zonas desfavorables y realmente no da para vivir.

También sería importante que nos deshagamos de varios "del palo" que comen del estado de otro modo: asesores, personal nombrado para empujar la birome, etc. Otros zánganos que lo único que hacen es desprestigiar la buena doctrina, aunque la defiendan desde diversas tribunas cibernéticas que les permite el tiempo libre que les paga el estado.

La prueba está en que NUNCA opinan sábados, domingos o feriados.

Un abrazo