Las llagas: fragmentos y comentarios (III)



Las cinco llagas de la Iglesia


(Textos de Rosmini y comentarios de Castellani)


(Lugano, edit. 1863)




IV Llaga: los obispos nombrados por el poder laico.


El clero juez, el pueblo consejero, “aclamante populo approbante clero”: así se deberían nombrar ahora los obispos, como en la primitiva Iglesia. (81)


“Cuando el obispo no tiene de pastor más que el nombre; cuando ya no es el confidente el amigo el padre; cuando el clero se reduce al servicio de la formalidad y a hacer ceremonias mágicas como en los tiempos paganos; cuando las cosas del Dios que quiere ser adorado en espíritu han venido a este término; no es extraño se someta a recibir con indiferencia cualquier pastor nombrado por cualquiera; y aun que el nombramiento pase de mano en mano, como la propiedad de un territorio o una casa”. (82)


“San León el Grande escribió en el 445 a Atanasio de Tesalónica que cuando se elija al sumo sacerdote u obispo se prefiera al que tenga el voto del clero y del pueblo; y ninguno se ordene sacerdote que no sea pedido por el pueblo; “ne plebs invita episcopum aut contemnat aut oderit, et fiat minus religiosa qua convenit, cui non licuerit habere quem voluerit”. “No sea que la plebe contrariada desdeñe o aborrezca a su obispo, no habiendo tenido al que ellos preferían” (cap. 5). Lo mismo dice en su Epístola a los obispos de la región vienesa y en la carta a Rústico de Narbona. (83)


San Atanasio el Grande y San Cipriano dicen que esta manera de elegir obispos es de mandamiento divino, “de traditione divina et apostolica observatione descendit…” (Epist. 68).


En el siglo IV, la Epístola del Papa San Agapito al Sínodo de Constantinopla sobre la elección del obispo Menna menciona el consenso imperial como una cosa accesoria y aprueba el nombramiento por el pueblo, los monjes y los sacerdotes: “simul et sacerdotum et monachorum et fidelissima plebis consensus accesit”.


(Rosmini continúa citando hechos históricos hasta el cansancio, el Concilio de Roma del 500 bajo Símaco, el Concilio Niceno, el papa Celestino I, San Gregorio el Magno, innumerables concilios provinciales, innumerables mandatos de Pontífices, que repiten todos la enérgica frase de San León el Magno: “Ninguna razón permite se hagan obispos no elegidos por el clero, ni pedidos por el pueblo ni consagrados por los cofrades y metropolitanos” (año 440-461)


La lucha de la Iglesia con el poder temporal por esta libertad y este modo de elección se prolonga sin cansancio ni derrota por 10 siglos hasta el 1500: Adriano I reprendió a Carlomagno en este punto; y Carlomagno se sometió. El nacimiento de las “regalías” en el Medioevo fue la raíz del conflicto: las “investiduras” del feudo debía darlas el Rey; y el feudo era un obispado. De allí nació el abuso y la guerra de las “investiduras”.


En el principio del siglo XI pereció el modo de elección canónica “eligente clero suffragante populo”. Ildebrando puso el hierro en la gangrena. Por eso murió en el destierro, después de su tremenda lucha con Enrique IV.


El nacimiento de la monarquía cristiana en el siglo XIII dio a los reyes derechos en la nominación de obispos; pero se guardaba la fórmula de consultar clero y pueblo, y no hay que olvidar que el Rey declaraba que si él por imposible se volviera infiel a la Iglesia, quedaba destronado y el juramento de fidelidad no olvidaba ya a sus súbditos (123). El Monarca representaba realmente al pueblo cristiano.


Fleury llama “rebelión de los clérigos concubinarios” a la lucha entre el sacerdocio y el Imperio. (Hist. Eccles. L. LXII, XII) (128)


“Sostengo que la llamada lucha entre el sacerdocio y el Imperio no fue otra cosa que una lucha entre los clérigos depravados que recusaban la reforma y la Iglesia que quería reformarlos”. (135)


Largo excursus histórico que prueba su tesis (135-177)


Luis XIV apoyado por Bossuet impuso el galicanismo aplastando a la nobleza y el clero que pedían el sistema católico. Le costó la ruina de su reino.


“El alboroto actual de toda la Europa oso decir que es irreparable sino se usa el único medio que hay de sanarlo, que es devolver la libertad a la Iglesia”. (176)


Los pueblos cristianos todos gritan hoy día “libertad”; se equivocan en la expresión de esa libertad, pero un profundo instinto los guía. (177)

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