Fe anónima (II)


La tercera taza de café. Hay que mantener despierta la imaginación y expulsar la zozobra que en buena ley me invita a terminar el día.

El crucifijo delante mío, la imagen de la Carmelitana. El breviario, descansando en la punta del escritorio, significando que las maitines adelantaron el día que se viene. Antes de despuntar, las laudes; y el correr sublime de las horas menores. Otro día, empezado hoy.


Fuera, la niebla. Poca, pero lo suficientemente compacta como para recordar al viejo Dickens y su Canción de Navidad. Dios se presiente entre los vapores que ascienden, pero no se ve.


Gritos en la calle. La puteada cotidiana de los muchachos, el ¡te voy a matar! de la madre que una vez más recibe a su hijo embriagado. Dios está parado en la acera, pero no se ve. No lo ven.


Y yo. En un silencio artificial construido con el fin de escuchar el dulce sonido que la violencia del día me niega. El pasar de páginas y la profunda bocanada de mi pipa, que una vez más se vuelve a apagar.


La niebla se espesa más. Los edificios asemejan viejos nichos, perfectamente divididos para albergar nuestros muertos. Ciudad de zombies, Buenos Aires del terror nocturnal.


Y yo. Terrible presencia de la soledad cristiana, del desconocimiento.

Anonimato de la fe, dije una vez, y un Coronel me corrigió: la fe, como los héroes, nunca es anónima. Es conocimiento nebuloso, intuición cuyo objeto proyecta su sombra entre los túmulos de nuestro interior, fundando la más perfecta y sublime alteridad: la del yo y la de Él.


Mas la niebla sigue allí. Mi voluntad se obstina en el camino ancho de los parabienes y anhela que la niebla desaparezca ya.



Imagina disolver las moléculas acuosas, proyectar con la linterna miserable de la imposición una luz que apenas recorre un espacio ingenuo e ínfimo. La niebla se ríe de mi luz, se ríe de mi voluntad.


Solo entre la niebla, aun cuando mi cuarto parezca vencer la intemperie amurallando el ideal de mis libros, crucifijos y rosarios.


¿Qué haré? De nuevo la pregunta. La niebla sigue allí, desprevenida de mis maquinaciones y aspavientos. No retrocederá.


Pues bien, yo seguiré aquí. Plantado en la resolución irracional, en el ideal verdadero del asentimiento concreto a un Sol que sin duda despuntará.


Seguirá mi plegaria, mi estudio, mi grito de soledad amortajado de esperanza.

Yo sé que mi héroe vencerá. Teseo, contra las apariencias poderosas de la niebla que transforma el laberinto en un circuito infernal, venció. Vence venciendo, vuelve volviendo, llega llegando.


En su izquierda, la cabeza inmunda del híbrido taurino, cuyo nombre conviene no pronunciar. En su diestra, el maderamen, la clava celestial.

Pero aun queda el ladino Procusto: el peor para el final, la victoria para el final.


Mientras, nuestro secreto y presencia entre la multitud. Aguardando, sin hacer nada de lo puramente nuestro, la obra principal, el término inicial, el descenso nupcial del mediodía. Sobre la niebla y la ciudad.

4 comentarios:

Juancho dijo...

Muy bueno Teseo.

Gracias por compartir con nosotros su poesía y su visión.

Juancho.

Anónimo dijo...

Muy bueno, Teseo. Sobre todo el final, aun cuando a mi dura cabeza no le queda muy claro eso de "sin hacer nada de lo puramente nuestro", supongo que quiso decir, sin que nosotros hagamos nada para que se dé el término inicial, el mediodía, etc.

Dos observaciones:

1. Bocanada va con b, no con v, viene de boca.

2. En: "... el "¡te voy a matar! de la madre ...", el de va con minúscula, no con mayúscula, aunque word, obstinada y erróneamente, se lo escriba de forma automática con mayúscula.

Only that.

Maestra Siruela

Teseo dijo...

Gracias maestra "(S)iruela" por su caridad.

Anónimo dijo...

De nada, Teseo.

Un link para despejar su duda:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=993773

Saludos sabiondos.

Maestro Siruela.