La injusticia de la derecha encubridora



Hace relativamente poco, cuando recién saltaban a la luz las trapacerías del Fundador más carismático de los últimos tiempos, comentaba yo a un conocido sacerdote de los medios más conservadores:


-¿Vio que saltó lo que se venía anunciando, no?
-¿Qué cosa?
-Los intríngulis de Buela: hablan de su renuncia y de una reclusión en Francia.
-Ah, si, sabía que lo estaban investigando. YO LE DIJE A BUELA QUE LO ANDABAN SIGUIENDO.


Me caí de espaldas. Y pensé para mis adentros: nacionalistas mal nacidos, y LPMQLP.


Efectivamente, el sujeto había dado aviso a Buela. Y siguió:


-Es todo mentira. No hay que confiar en el enemigo. Bergoglio y sus cómplices son enemigos declarados del tradicionalismo, de la ortodoxia. Es todo mentira.


El encubrimiento viene de las capas tradicionalistas, de los compañeros de armas. Será quizás que el progresismo ha llevado las cosas adelante, con intenciones que no conocemos, pero que podemos colegir “non sanctas”. Será así: non sanctas. Pero el sector tradicional, que no pertenece al IVE en cuanto instituto, se resiste a creer, y en su resistencia, a priori juzga de la inocencia de Buela y lo sigue absolviendo.


Paradojas de la vida: las diócesis progresistas tuvieron, por caridad, que proporcionar ayuda a los damnificados. Los tradicionalistas les negaron muchas veces la ayuda, cuando no pasaron pomada por la cara de la víctima alentándolas a la “paciencia” y “olvido”, so pena de pecar contra la esperanza. Educaron pelotudos, y parieron resentidos.


(Dios se acuerde de los “resentidos”)


Así pasó, por ejemplo, en San Rafael. ¿Ningún cura de la diócesis se enteró de nada? ¿Cuántas vocaciones mandaron al IVE? ¿Ninguno tuvo la ocurrencia de pensar si el río suena tanto, quizás lleve agua? Consta que algunos pocos sí, (¡Hurra, Iocco viejo peludo nomás!), pero para la gran mayoría no era prudente hablar: después de todo Ezcurra y Buela habían fundado el seminario, ¿no?


Que vayan despertándose los curas sanrafaelinos: no sea cosa que ellos caigan en la volteada también, porque conocen y conocieron lo que el IVE dejó en San Rafael. Y los encubrieron. Si no positivamente, al menos en la culposa omisión de no denunciar o advertir.


Que los “de derecha” también. No caerán, cayendo el capo, pero acarrearán el desprecio de todos. Al fin, como decía Ezcurra, la belleza, al pavo real, se le va mostrando el culo.


Año sacerdotal y bendición inesperada



“Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he decidido convocar un "Año sacerdotal" especial, que tendrá lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010.” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero. (Lunes 16 de marzo de 2009)


“Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario "dolor de los pecados" que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en "ladrones de las ovejas" (cf. Jn 10, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.” (Rezo de las segundas vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús Inauguración del año sacerdotal en el 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney (Basílica de San Pedro Viernes 19 de junio de 2009)


1- Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; 2 y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. 3 Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. 4 Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. (Heb. V, 1-4)




Solemos conceptualizar a Dios bajo categorías mundanas. Lo que se refiera a Él, en especial a su providencia infinita, sobrenatural, está teñido de una capa brillante pero imperecedera de triunfalismo.


Todos esperábamos que los sacerdotes, después de un año dedicado a la reflexión, oración y sacrificio en pos de su santificación, recibieran “de arriba” la confirmación de sus obras y la santidad infusa.


Y, definitivamente, la cosa no fue así. No se dio así.


Las gracias devenidas del año sacerdotal, vivido en espíritu de renovación sobrenatural, me atrevo a decir, vinieron por carriles muy diversos a los soñados.


Amén de cada alma sacerdotal y de su subjetiva asimilación con la gracia, el año culmina con la mejor de las bendiciones. Compréndase: una bendición “de Dios”, no de lo que nos hubiera gustado que fuera. Supone esto un espíritu capaz de leer en los acontecimientos de la Iglesia el dedo providente del Padre, que dibuja su imagen “con trazo firme” y seguro.


(Escuchen, realistas del orbe: póstrense ante la suprema objetividad del Primer Amor que bendice de verdad)


Dios nos ha bendecido golpeándonos con su veracidad. Él, que es el hyper Agios, dispuso recordarnos que el Verbo Encarnado ha venido a inaugurar un sacerdocio que no nace de la carne ni de la sangre, ni de sus conveniencias creaturales. El sacerdocio de Cristo es el único sujeto a derecho, por asumir en su Persona Divina la humanidad que daría satisfacción completa y regeneración santificante al género creado, esclavo de un sacerdocio de muerte y, por ende, enfrentado a la ley de la gracia. La participación en el sacerdocio de Cristo por los bautizados, y es especial por los ministros consagrados, deviene de la gracia.


(¡Oh Substancia magnífica, Hipóstasis sacerdotal! ¡Tú eres la Gracia, y nosotros el reino hierático de los agraciados!)


¿Podían pensar tamaña sorpresa? Bendecidos por la veracidad, accidentados en lo profundo de nuestro convencimiento interesado.


Año de purificación, baño de Verdad


La mano que nos bendice con la veracidad de la transparencia, es la misma que nos golpea. En un solo movimiento paterno de cachetada-lección, la reprimenda deja paso a la verdad de la corrección.


A esto llamo yo una verdadera bendición.

Argentina apalabrada y un poema de Cortázar




Cuando Dios se dignó preñar la nada con la semilla primitiva del ser a secas, no pudo sino pronunciar una palabra. Dixitque Deus, καὶ εἶπεν ὁ θεός.


Pronunciar nunca se pronuncia por nada. O se dice algo, o no se dice. Y qué podía esperarse de Él sino la mejor de sus palabras.


Primero se pronunció desde la eternidad, en la intimidad de su subsistencia soberana. Y al hacerlo no pudo sino engendrar. Una Palabra substancial pronunció, y se llamó al silencio.


(Vean como la trama de lo temporal marea y descalabra)


Luego se decidió a crear, con la misma Palabra la Patria de Adán. La Patria de nuestro primer padre estuvo transida de Palabra.


De allí que nunca nadie pueda decidirse a engendrar sin mediar una palabra. Tal vez un gesto, una caricia, pero antecediéndole una palabra. Los hombres, lanzados al ser por el poder de la Palabra, perduramos en virtud de un poder mimético que no puede ser clausurado sin ser reducidos sus portadores a la condición de animales.


Primero fue la patria, y luego fue Adán. Del barro paradisíaco, repleto de Palabra, tomó Dios unas cuantas medidas y confeccionó al hombre. Le transmitió el ser por el suelo, ya significado por el pronunciamiento (εἶπεν).


De manera que hemos quedado inexorablemente anclados al suelo apalabrado. Y puede amarse el suelo porque Dios lo apalabró con el fin de conferir el sustrato de la signación al primer hijo.


(¡Que nadie odie ni traicione lo que Dios ha apalabrado!)


Tenemos pues el inicio de la Patria. En el Edén del primer terruño, el génesis de la potencia preñada.


Pasemos ahora a la apatriada.


Rompiendo el hombre con su Padre, incurrió en el delito de apátrida. No hace falta demostración: la alquimia y la geometría ignoran de lealtades. La patria se traiciona olvidando la razón irreductible de su comienzo creatural, desperdigando los vestigios del pronunciamiento ideal.


Tuvo que encarnarse la Palabra para redimir la apatriada. Ya ven como siempre que aparece la Palabra lo hace en relación a la patria.


¡Ay del que separe la significación esponsal de Dios por su tierra!


No cabria humedecer los ojos ante el recuerdo de las gestas patrias si no mediara el clarín de la Palabra. Ni celebrar oficios sin una hostia tomada de un suelo significado.


Aunque estemos en las antípodas de la Patria apalabrada, celebro el recuerdo de la Argentina significada.



La patria



Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking,
vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga,
tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas,
tango, coraje, puños, viveza y elegancia.
Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado
en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.
Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo
saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga,
no te metás, qué vachaché, dale que va, paciencia.
La tierra entre los dedos, la basura en los ojos,
ser argentino es estar triste,
ser argentino es estar lejos.
Y no decir: mañana,
porque ya basta con ser flojo ahora.
Tapándome la cara
(el poncho te lo dejo, folklorista infeliz)
me acuerdo de una estrella en pleno campo,
me acuerdo de un amanecer de puna,
de Tilcara de tarde, de Paraná fragante,
de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos
quemando un horizonte de bañados.
Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles
cubiertas de carteles peronistas, te quiero
sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho,
nada más que de lejos y amargado y de noche.



Julio Cortázar




Ápeiron



El papado de Benedicto XVI, del panzer alemán, como gusta de llamarlo cierto encabronado sátiro viejo de la nouvelle théologie, ha logrado devolver la esperanza que muchos teníamos ya por finiquitada. Esperanza que, por cierto, no tiene nada que ver con ilusiones de restauraciones monárquicas, de index y anatemas diacrónicos, de conquistas cruzadas y Lepantos en buque.


Nada de eso. Benedicto ha comenzado por el paso menos agradable, menos simpático, cual es el de reestablecer paulatinamente el real desenfreno de los últimos 50 años.


Conforme al viejo principio de la teología "legem credendi lex statuat supplicandi", el panzer apuntó el cañón en la dirección más afectada, quizás la principal originante de la desmembración eclesial que nos azota.


Creía yo que nadie podía dudar, ni conceder un ápice a la evidente voluntad papal de corregir la maldita desviación disciplinar, litúrgica y dogmática que nos legó el post-concilio. Tonto de mí.


Que los obispos estaba, perdón por la expresión, cagados hasta los zapatos por el apoyo explícito del Santo Padre a los nuevos movimientos tradicionalistas que bogan por una liturgia verdaderamente espiritual, en contra del sincrético ritual que se impuso en casi todo el orbe. Que las ceremonias en San Pedro, cada vez más orientadas a la restauración (otra vez esta palabra) de antiguos gestos preñados de potestad y unción alertarían, en el caso de que algún cura tuviese la osadía de obedecer las directivas implícitas de la imagen, alertarían, digo, contra el peligro de oponerse impíamente a la Roma que ahora responde, atiende y vela más por sus hijos un poco más.


Que los sacerdotes de las diócesis “más conservadoras” se animarían a romper con el staff malediciente, atándose directamente al Alemán que tomó las riendas del encabritado bagual. Fui un pobre gil.


Nadie puede decir que no ha caído en la cuenta del innegable “viento a favor” que sopla desde la pequeña sede tiberina. Si los progres se retuercen de bronca y estupor, al oír el golpe del báculo que marcha lenta, pero decididamente por las regiones de su universal jurisdicción, más aun los conservadores, que se jactan de estar “en sintonía” con Pedro, pueden excusarse de sordos o distraídos. Es un hecho: Roma, por no sabemos cuanto, amaga a despertar del hechizo conciliar.


De manera tal que el no seguimiento de tales directivas emanadas del magisterio papal, explícitas en el Summorum Pontificum e implícitas en sus apariciones y celebraciones litúrgicas, constituye, para los obispos “más conservadores”, un vil acto de traición a Cristo. Y en los sacerdotes “mejor formados”, lo mismo.


Esto no es más que una simple introducción al tema que trataré de esbozar. En el lenguaje de la pedagogía moderna, lleva un “contenido transversal”, signado por la suspensión de un sacerdote sanrafaelino por parte de su “ordinario”, Mons. Eduardo María Taussig.


Mons. Taussig ha suspendido de sus funciones públicas, prohibición de celebrar públicamente la santa Misa, a un novel sacerdote de la diócesis mendocina. Dicha suspensión se deriva de la negativa del reo de celebrar los Santos Misterios según la nueva traducción de Misal.


El cura, profundamente encabronado, tuvo la terrible osadía de realizar los saludos iniciales, que en el nuevo misal presenta la degradante forma “ustedes”, en latín, siguiendo el mismo criterio para la plegaria o la consagración.


Más allá de la estúpida decisión de Taussig, ciegamente entretenido, y por lo tanto, incapaz de efectuar un juicio básico de prudencia del tipo “mejor no me meto, porque, como vienen las cosas de Roma, me van a pegar un tirón de huevos, como se los tiraron a mi compadre de Mar del Plata”, debemos centrarnos en la cuestión de fondo: el terrible desorden de ideas que reina en el clero sanrafaelino.


Por caso: si alguien quisiera efectuar un tours por la diócesis, y visitar las misas de sus prebostes, creo yo que contabilizaría una considerable variación de ritos, especificados en:


1- Cura que celebra la santa Misa versus populum en castellano, según la nueva traducción del misal.

2- El que celebra versus populum, según el misal anteriormente en uso.

3- Cura que usa del nuevo misal, pero intercalando los respectivos latinasgos Dominus vobiscum.

4- El que celebra versus Deum, pero según la nueva traducción.

5- El que celebra según el Rito Tradicional.

6- El que celebra la Misa de Pablo VI, introduciendo gestos y signos de la Misa Tradicional (proprie ex IVE)

7- Finalmente, los que hacen lo que se les canta en la liturgia. Al parecer son los menos, religiosos según me cuentan.


Quizás debiera haber dicho profunda deficiencia formativa, en lugar de desorden de ideas, que ilustra las mentes del ortodoxo clero hobbista.


No hay ideas claras, por centrar sus aspiraciones en evitar la pandereta y la guitarra en los coros parroquiales. Aquí se les termina la ortodoxia, no pidan más. Salvo honradas excepciones, los sacerdotes de la diócesis de San Rafael no tienen la menor preocupación en enriquecer las celebraciones, aun con todo lo que saben acerca de los “nuevos aires romanos”.


Se vive a la defensiva de lo que instintivamente aprendieron en el seminario, o en las parroquias de origen. Pero saltar la valla de lo negativo, de lo meramente apologético, para situarse en la comprensión teológica positiva del ministerio pastoral, es un acto que requiere de un antecedente intelectual y espiritual que no tienen. Y las causas de esto son de orden totalmente formativo.


Otra prueba. La nueva traducción del Misal Romano no cayó de sorpresa. Se sabía desde hace mucho el trabajo que el equipo de liturgia comandado por Mons. Delgado venía realizando. ¿Y qué se hizo? Nada. Claro, cuando Taussig les vino con el difunto, todos a una gritaron ¡este muerto no es mío! Y sí, era de ellos. La ignorancia concomitante de la que habla Tomás –quando ignorantia est de eo quod agitur, tamen, etiam si sciretur, nihilominus ageretur- necesariamente, supuesto el vicio deformativo, les hizo tragar el cadáver.


Vamos a un nivel más profundo, si no queremos caer en la tentación de lo que se debería haber hecho. Acá la cuestión es saber qué se hizo, y por qué.


Demasiado ha hablado el excelente Wanderer sobre la ideología pastoralista que subyace en las mentes del clero sanrafaelino. Pensemos por un momento. Ante la inminencia del mal litúrgico que se venía, cabía sentarse a pensar en la manera de pararlo en la diócesis. Lo cual supone previamente:


a- Un mínimo hábito de estudio, que se hereda en la vida de formación del seminario.

b- Permanencia en la vida sacerdotal de tal hábito, en caso de haberse adquirido, con sus respectivos ámbitos y tiempos de ejercicio.

c- Sensibilidad litúrgica, heredada de un anterior afianzamiento en el dogma, acompañada del celo concomitante por el resguardo de lo sacro.

d- Y por último, fruto de lo anterior, el tempus contemplationis.


Y no sigo. La quimera pastoralista del traer gente, del organizar congresos y juntadas folclóricas, con el fin de demostrar (me) el instinto religioso de la feligresía, se opone directamente a los cuatro puntos que indiqué arriba. En síntesis: la vida seria del sacerdote psíquicamente adulto (inteligencia y voluntad en consonancia con el amplexo evolutivo del estado y de la edad) capaz de vivir alegre y totalmente volcado a su tarea hierática, no se contempla.


Alguno dirá. Bueno Teseo, acá en Buenos Aires contabilizarías ritos por docenas: no es un problema propio del clero sanrafaelino. Concedo en parte. Devoto es abiertamente modernista, Hobbes es “abiertamente tradicionalista”. ¿Se ve la cuestión?


Los opuestos se perciben, el amor y el odio, el bien y el mal. Mas el ápeiron que los envuelve y engendra es exactamente el mismo. Reducidos a su origen, tienen un mismo padre: el voluntarismo.


Y ni hablar de la influencia mesiánica ejercida por el Sobrino. Un paternalismo meramente extrínseco, que marca desde los suburbios las directivas que placen a su autocomplacencia megalómana, es la causa eficiente de la forma descrita.


Conclusión: hasta la rebeldía del cura falazmente suspendido responde al Matrix tradi de la “desordenada ortodoxia” sanrafaelina.

Nuevas de mi corresponsal en kukulandia




Mi corresponsal en las temibles y alborotadas zonas de kukulandia me manda el siguiente mail:




"Parece que Tausig a mandado a investigar la congre en el 2005, con ex curas y monjas de misma secta, ese informe lo ha mandado a los que se encargan de las congregaciones en Roma y le han pedido en marzo de este año a Buela que se fuera a un monasterio a francia y que no tubiera contacto con nadie de la congre. Pero Buela ha mandado un pedido al Papa diciéndole que él renuncia, pero que a la congregación no le hagan nada, y parece que ha aceptado la propuesta...".

Que mal parido que está todo !!!!!

Avisame si sabés algo... ACÁ PRONTO SE SABRA TODO...


P/S de Theseus: ¿Taussig fue el sicario?

Spectantes


Las últimas noticias de casi publico conocimiento nos llevan a plantear una serie de interrogantes que, por su puesto, no esperamos que en lo más mínimo alguien pueda respondernos.


1- ¿Con qué cara festejaron poco ha sus 25 años de “fundación? ¿Acaso el carnaval carioca que armaron en la Finca y en Tirasso podía tapar el humo que de Roma se elevaba?
2- ¿Con qué cara les felicitó Taussig y con qué faz de bigornia los cobija (ba) Aguer?
3- ¿Dónde diantres se van a meter ahora la “gracia fundacional”?


A decir verdad, la cosa está bastante difícil. El IVE ha sabido granjearse no sólo la confianza de los prebostes del Magno, sino los bolsillos y las conciencias de centenares de adictos a la causa. De ambas partes cabe esperar una profunda oposición a la intervención romana.


Por eso no tenemos demasiadas esperanzas en soluciones rápidas. La trapisonda del trapacero Merlín es proverbial.


Me he encontrado con mucha gente, de prestigio académico y profesional en su mayoría, que está dispuesta a torcer la mano en lo referente a los intríngulis del fundador, pero no del Instituto del Verbo Encarnado en sí.


La confianza desenfrenada en su fundador, paulatinamente, se ha ido corriendo hacia las excelencias ontológicas del IVE. Argumentos tales como ¿ustedes se van a hacer cargo de los chicos de los hogares? ¿te vas meter contra una obra de Dios?, destinados todos a confundir el razonamiento para centrar la atención en las periferias del problemón.


No se trata de malograr la obra de Dios, sino de desenmascarar una organización sistemáticamente construida sobre la figura de un delincuente megalómano; de devolver en justa prenda la fama, el honor y la vida de centenares de sujetos que alguna vez pusieron su confianza en un hombre que no era más que eso.


Desenmascarar puede resultar demasiado agresivo para quienes no conocen de cerca la realidad IVE. Pero no hay otro término más afín. El Rev. P. Carlos Buela ha enmascarado durante años un algo que no tiene nombre, o que mejor omito escribir.


¿Qué queda ahora? ¿El regodeo? Nadie, pero nadie piensa jamás en regodearse en y a costa de los males de la Iglesia. Porque en definitiva, la pobre mujer vestida de sol, con la luna de tarima, es la que soporta las humillaciones de sus hijos. Y la que soportó a Buela, y a sus adláteres. Para mal, claro, de su insufrible parto secular.


Queda apresurar el parto. Y rezar para que la sangre que tenga que correr sea ofrecida como víctima propicia en los altares del empíreo.


Nosotros apresuraremos con la plegaria. Con esta plegaria:


Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad, sálvame del hombre traidor y malvado (Ps. 42, 1)

El problema del 25 de mayo



Les dejo una reflexión del Dr. Antonio Caponnetto acerca del peliagudo tema del “status patriótico” que nos presenta la fecha en cuestión y el dualismo corrientemente presentado en los tratamientos.



¿Vale la pena festejar el 25 de mayo? ¿Traición o lealtad a la Madre Patria?




Querido Marcelo:



Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.



Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.



Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!



No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.



Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.



Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.



Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.



Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.



Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.



Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.



Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: ”No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.



Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.



Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.



Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás),aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.



¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?



A ver si nos vamos entendiendo.



La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.



Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.



Nos hubieran gustado tantas cosas.



Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.



¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?



¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.



El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.



El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.



Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.



De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.



Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.



Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.



Te mando un abrazo fuerte



En Cristo y en la Patria



Extraido de El caballero de Nuestra Señora

Madre



Ave igitur, mater, caelum, puella, virgo, thronus, Ecclesiae nostrae decus, gloria et
firmamentum: assidue pro nobis precare Iesum, Filum tuum et
Dominum nostrum, ut per te misericordiam invenire
in die iudicii, et quae reposita sunt iis, qui diligunt Deum, bona consequi possimus, gratia et
benignitate Domini nostri Iesu Christe: cum quo Patri simul et Sancto Spiritu gloria,
et honor, et imperium, nunc, et semper in saecula saeculorum. Amen

(Sermo sancti Ioannis Chrysostomi Apud Metaphrasten)




Velay Madrecita, que no sé qué tengo que al postrarme ante tu altar se me pone áspero el garguero, y doy rienda suelta al matungo negro que galopa en mi pobre ánima.


Que se me vienen los fantasmas de la antigua cruzada gaucha, los gritos, los lanzazos, los degüellos y las cargas montoneras.


Ya sé, Madre, que no es muy cristiana mi oración; que mezclo con los avemarías y las jaculatorias que de gurí mi mama me enseñó los suspiros seculares de gestas y remolinetes matreros. Pero no puedo evitarlo: vos te quedaste en Luján y yo no puedo abstraer del tiempo un frío concepto desmaterializado de patria.


Y para peor -¡mejor!- los maitines. ¡Qué de piropos, títulos, antífonas y responsorios la tradición te prodigó! Y en estas horas de aflicción, en las que se nos viene el toruno encima, se nos revientan los lazos y nos estallan los cartuchos en las manos, no puedo –te lo juro por esta tu medalla que mi abuela me regaló- no puedo ni quiero contemplarte sino cabalgando.


Soy gringo, sangre de las uropas transplantada a las arterias del plata corazón. De criollo la estampa, pocas ganas de dejarme sobar el lomo y una nostalgia de pampa y aire de chacarera. Soy argentino, hasta los tuétanos. Qué le voy a hacer.


Por eso te rezo en español, lengua antañona y regia de Castilla, mezclando las octavas del gaucho verbo y las rimas del peninsular león.


Yo te pido, Madre, por esta mi patria. Parece que no hay nada que hacer, que los camanduleros han plantado su blasón, que los camaradas de la orgía democrática arrasan con el debilucho
obstáculo que en esta tierra antaño prendió.


Que los pastores han preferido el silencio de la morgue al de la flor, al del altar y al del pendón. Tú lo sabes, hijos degenerados, entregadores de amigos y sacrificadores de su propio redil en aras de “mundo mejor”.


Yo no quiero una patria de putas, de botarates y tilingos a discreción. No quiero un verbo violado por maestrescuelas de la sinciencia, oradores de la discordia y profesionales de la religión.


No quiero hombres incapaces de plantarse ante la blasfemia y el deshonor. No quiero el vino aguado, ni licores en jarras de cartón.


(Son la anestesia de la moderna castración)


No me aguanto, tú lo sabes, que eres madre y me aconsejas el amor, las hembras quejumbrosas, los pechos grasientos y las barbillas de operación.


Amo la ley de la conciencia promulgada en el calvario del dolor, los sacrificadores de estampa hierática y curtidos de oración, los valientes de a caballo que no piden permiso donde se degüella sin compasión, de maestros de lentes gruesos y encorvados hombros por horas de contemplación.


Hembras de estampa bella, leonas del amor con sus hijos en derredor.


(Envidia del clan maricón)


Varones, imbuidos del sentir cristiano del sufrimiento criollo, de la plegaria necesaria, del sacrificio guapo, la candidez baquiana y la humildad del socorro.



Oración:

Madrecita de Luján: Vos que te quedaste criolla por hacernos celestes, no nos dejes sin tu preciosa compañía. Cuando nos falte todo, el vino, el altar y los centauros, quedate Vos juntito al pobre ranchito nuestro. Porque en faltándonos el mérito, tu auxilio suplirá -¡ahijuna que así es!- el vaciamiento nuestro.

Que muramos junto a Vos, vencidos y contentos.

Psique y Eros en verso libre



Mi lenguaje


Versión histórico-crítica

de la muerte del ruiseñor.



Dice la crónica espuria

que al ruiseñor no fusilaron,

que fue peor la injuria

de sus alas maltratadas

–¡Debe ser como todos!

Unánimes sentenciaron

–Debe olvidar la lujuria

pretensiones trasnochadas

de trinar «sus» epodos,

de entonar «sus» baladas,

de cantar «su» canto,

de vivir sin el manto

que a los hombres viste

de hablar un mismo lenguaje

gris, profundo, triste

mugido torpe del danto.


No debe decir su verbo:

esa será su condena

que no joda ese protervo

subversivo de las masas.

Se atragante con su pena

se cocine en las brasas,

le coma los ojos el cuervo

de la mirada ajena.


Que cante lo que todos cantan

hasta que ronca la garganta

muja la partitura,

alegre la bailanta

del mulo en su locura,

que, esquizofrénico, pretende

no ser él

sino la meadura

de un cuerpo que lo abomina

como escoria en el carel.


Que ni la sabina

le sirva de reparo

cuando el furor abrazante

del fariseo y su orina

meen su descaro

de haber pretendido

ser un «yo»,

de matar el cohibido

temor lacayo

de desnudar el alma,

de burlar el sinedrio,

y con calma

de mil colores ebrio

una a una,

cantar sus notas,

dibujar sus melodías,

remembrar la cuna

de su estilo crío

de mil gaviotas

que en las osadías

de incontables clavadas

sintiendo en el rostro las gotas

del mar, del llanto y del canto

encuentra lo mejor de sí mismo

y crea, crea, crea

aunque a diestra y siniestra

lo amenace el abismo,

lo aterrorice el espanto.



Psique y Eros