Año sacerdotal y bendición inesperada



“Precisamente para favorecer esta tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio, he decidido convocar un "Año sacerdotal" especial, que tendrá lugar desde el próximo 19 de junio hasta el 19 de junio de 2010.” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero. (Lunes 16 de marzo de 2009)


“Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volvernos a conducir al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por él al necesario "dolor de los pecados" que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en "ladrones de las ovejas" (cf. Jn 10, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.” (Rezo de las segundas vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús Inauguración del año sacerdotal en el 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney (Basílica de San Pedro Viernes 19 de junio de 2009)


1- Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; 2 y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. 3 Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. 4 Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. (Heb. V, 1-4)




Solemos conceptualizar a Dios bajo categorías mundanas. Lo que se refiera a Él, en especial a su providencia infinita, sobrenatural, está teñido de una capa brillante pero imperecedera de triunfalismo.


Todos esperábamos que los sacerdotes, después de un año dedicado a la reflexión, oración y sacrificio en pos de su santificación, recibieran “de arriba” la confirmación de sus obras y la santidad infusa.


Y, definitivamente, la cosa no fue así. No se dio así.


Las gracias devenidas del año sacerdotal, vivido en espíritu de renovación sobrenatural, me atrevo a decir, vinieron por carriles muy diversos a los soñados.


Amén de cada alma sacerdotal y de su subjetiva asimilación con la gracia, el año culmina con la mejor de las bendiciones. Compréndase: una bendición “de Dios”, no de lo que nos hubiera gustado que fuera. Supone esto un espíritu capaz de leer en los acontecimientos de la Iglesia el dedo providente del Padre, que dibuja su imagen “con trazo firme” y seguro.


(Escuchen, realistas del orbe: póstrense ante la suprema objetividad del Primer Amor que bendice de verdad)


Dios nos ha bendecido golpeándonos con su veracidad. Él, que es el hyper Agios, dispuso recordarnos que el Verbo Encarnado ha venido a inaugurar un sacerdocio que no nace de la carne ni de la sangre, ni de sus conveniencias creaturales. El sacerdocio de Cristo es el único sujeto a derecho, por asumir en su Persona Divina la humanidad que daría satisfacción completa y regeneración santificante al género creado, esclavo de un sacerdocio de muerte y, por ende, enfrentado a la ley de la gracia. La participación en el sacerdocio de Cristo por los bautizados, y es especial por los ministros consagrados, deviene de la gracia.


(¡Oh Substancia magnífica, Hipóstasis sacerdotal! ¡Tú eres la Gracia, y nosotros el reino hierático de los agraciados!)


¿Podían pensar tamaña sorpresa? Bendecidos por la veracidad, accidentados en lo profundo de nuestro convencimiento interesado.


Año de purificación, baño de Verdad


La mano que nos bendice con la veracidad de la transparencia, es la misma que nos golpea. En un solo movimiento paterno de cachetada-lección, la reprimenda deja paso a la verdad de la corrección.


A esto llamo yo una verdadera bendición.

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