Bouyer vs las "capillitas"



En 1960 salía a la luz la obra del P. Louis Bouyer Le sens de la vie sacerdotale, que intentaba, entrada ya la época del Vaticano II, mostrar el perfil espiritual del sacerdote contemporáneo. Lejos de enmarcar la figura sacerdotal en estilos particulares, en carismas de iluminaciones fundacionales, volvía la mirada sobre la simplicidad tremendamente luminosa que brota del estudio de las Sagradas Escrituras y de la celebración del misterio pascual, actualizado en cada santa Misa. El sacerdote debía ser hombre de estudio teologal, asiduo ejercitante de la plegaria y sacrificador en los Misterios, sus tres medios de santificación por excelencia


Mas su argumento, como de la lectura de la obra se colige, apuntaba a un plan más alto. Fijando la mirada en el sacerdote, y marcando el carácter santificador de su oficio, señalaba la posición del “curador de almas” : santidad en Cristo. El personalismo, las “espiritualidades” hipostasiadas y los sucuchos de salvación moderna no tenían nada que ver con el núcleo fundamental del llamado de todo cristiano.

Cuestión importante si las hay, en momentos donde lo esencial pasa desapercibido, ofuscado por númenes fundadores y congregaciones populosas. Transcribimos parte de la introducción a la obra en cuestión. No deja de asombrarnos la sencillez, claridad y profundidad de un pensamiento que cae directamente sobre el quid, y rehúsa ditirambos de erudición allí donde la verdad debe resplandecer sobre todo.



"Las condiciones de vida del clero, y todavía más las condiciones en que debe ejercer su sacerdocio, se han modificado de tal manera en el espacio de algunas generaciones, que no debe sorprendernos que el sacerdote experimente cierta desazón. Ahora más que nunca necesitan los sacerdotes darse plena cuenta de lo esencial de su vocación, de los quehaceres que lleva consigo y del sentido que éstos deben adoptar a sus ojos. Sin ello estarían poco capacitados para apreciar inteligentemente las exigencias que mantiene la Iglesia respecto a los que han tomado sobre sí tan pesada responsabilidad; casi nos atrevemos a decir tan abrumadora, si consideramos la debilidad humana en general, y más en particular las debilidades tan visibles en la humanidad contemporánea. Pero sobre todo, a falta de renovar constantemente esta toma de conciencia de su propio carácter, el sacerdote corre peligro de perder de vista el fin por el que trabaja, por el que vive, aun cuando se consuma sin reservas, entregado a un cúmulo de tareas agotadoras.

Por estas razones hace ya algún tiempo que se está tratando de definir una espiritualidad propiamente sacerdotal. Pero muy a menudo parece que bajo esta rúbrica se incluyen sólo estudios superficiales que, en lugar de resolver ningún problema, vienen a complicar todavía más las cosas. Se observa que en una época muy reciente las órdenes religiosas han intentado definir una espiritualidad particular para cada una de ellas, desarrollándola después sistemáticamente. Así se trata de construir para los sacerdotes seculares una capillita análoga... con lo cual no se les da sino un sucedáneo de la «espiritualidad religiosa».

Habría ya mucho que decir sobre la legitimidad de estas espiritualidades «particulares» cultivadas sin reserva en su propia particularidad. Ningún gran santo fundador pensó jamás en cosa semejante. Santa Teresa recurría indiferentemente a directores dominicos, franciscanos o jesuitas, con tal que fuesen hombres de Dios y buenos teólogos. De hecho, las grandes espiritualidades históricas no son nunca sino aplicación del evangelio de siempre a circunstancias particulares. No existe tampoco una santidad del seglar, una santidad del religioso, una santidad del sacerdote, etc. Lo que existe es la santidad cristiana, cuya figura exterior varía según las condiciones donde ha tenido que desarrollarse, pero cuya esencia profunda sigue siendo siempre la misma. Y si el sacerdote, en cuanto sacerdote, ha de tener algo especial en su espiritualidad, esto consiste en que, más que ningún cristiano, debe practicar todas las especializaciones: como apóstol, debe hacerse todo para todos, ser no sólo un hombre de Iglesia, sino el hombre de la Iglesia, viviendo el misterio cristiano en su totalidad, puesto que se surte de la fuente misma para servir de canal a todos".

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno el texto. Y si se tomó el trabajo de traducirlo ud. mismo, doble gracias. Ahora, en la presentación, disculpe usted mi ignorancia,¿quiso decir "rehúsa ditirambos de erudición (...)"?

Saludos.

Perpleja ignorante

Teseo dijo...

¡Qué velocidad Perpleja! ¡No salía del horno todavía y ya le pega el bocado! Gracias por la corrección.

No traduje yo el texto: Herder se tomó el trabajo: Barcelona, 1962, pp.9-10.

Teseo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Teseo, muchísimas gracias por este texto, clarísimo y muy adecuado al frenesí de fundaciones actuales...

Cuando habla Ud. de "espiritualidades hipostaseadas" ¿se refiere a esas sistematizaciones hechas por algunos "fundadores" que intentan justificar la existencia de su instituto?

Coincido con lo que dice Bouyer, pero no dejo de ver que, realmente, sí hay diferencias entre las espiritualidades... No es lo mismo un Monasterio Pasionista a un Carmelo ni a uno Franciscano,y más atrás aún, un Monasterio Benedictino no es lo mismo que uno Cisterciense o cartujo, para hablar sólo de las órdenes históricas.

¿No podría decirse que, cada una, refleja algo de la infinita riqueza del Misterio Divino (puesto que nadie puede abarcarlo totalmente)y que estas diferencias les otorgan una "personalidad", perfectamente posible en la Iglesia?