El ángel de mi Corpus



La procesión se detuvo. Y el motus de la plegaria confirmó su término, logrando la genuflexión de las rodillas sobre duros adoquines negros.


Tomó el diácono la custodia, y cortó la espesura del viciado aire de la urbe en cuatro partes, trazando en desiguales rectos la más divina de las realidades geométricas sobre la más dura de las mentiras del hombre.


(La de la ciudad sin Nombre)


(Por la geometría del calvario, ¡oh Cordero!, nos libraste de la maldición aritmética)


Todo culminaba ya, en la anual bendición de Corpus, donde una pequeña parte de la congregación de hormigas racionales obedecía la costumbre antañona de abandonar sus agujeros, ante la inminencia del Agua que salta hasta la vida eterna. Pura costumbre, esta de abandonar las cuevas. Pero perdurable, por la dinámica de lo heredado.


Mas quiso la imaginación robarme de las categorías materiales y zambullirme en el océano maravilloso de la mímesis. Porque he aquí que un ángel, como inmediatamente colegí, traspasaba por el tajo de la cruz signada y se allegaba majestuoso hacia mí.


Supongo que no pude escapar del tiempo, porque por más que la visión me arrebatara hacia recintos increados, mi complexión dual-unitaria me exigiría cumplir con la inercia del transcurso temporal. Un cuerpo sin resucitar (por segunda vez) no puede apurar la Visión. Ergo: la visión no podía ser sino imaginaria.


-¡Adora!, me gritó el espíritu. Y yo, que desde chico aprendí que arrodillarse es el gesto dedicado al deber latréutico, humillé mis rodillas.


-¡No!, me dijo nuevamente. -¡Adora! Y como obligado por una gravedad desconocida, extendí mi cuerpo, tocando con mi frente el piso.


(Ya no eran adoquines, por cierto)


-¡Así se adora al Cordero! Nunca niegues al poderío de tu cabeza el don de la humillación. Estámpala contra tu origen, y adora al Que antes de transustanciar el trigo riega de fecundidad los rizos dorados para su altar.


Y comenzó a cantar:


-Lauda, Sion, Salvatorem; lauda ducem et pastorem, in hymnis et canticis!


De repente, se descorrió el telón de fondo, el que tenía pintado a las hormigas y al diácono, y me hallé ante la más magnífica de las ceremonias. No diré de sus ritos -que, por cierto, no conocieron de Vaticanos segundos- porque la Belleza, completamente convertida con su Ens original, nunca me lo perdonaría.


Sólo diré del Cordero y de su altar.


En medio de un recinto ajeno al límite, se erguía un cabrito, como de año y medio, desos que en el campo atraen la mirada de los niños. Sólo que éste había atraído la mirada de los adultos, porque estaba degollado.


Entendí que estaba en Sion, y que el Cordero era el mismo que ustedes están pensando. Que por la más extraña y desgañitada evidencia, en ese momento, yo era la oveja, y el Cabrito el Pastor,


Duce y emperador.


-¡Aprende!, me dijo el ángel: tu liturgia es santa porque recibe la realidad desde los cuatro ángulos de este Altar. De esta Sangre que ves rocías tu alma, y contra esta sangre escupes, cada vez que te olvidas de la Realidad. ¡Adora!


Y cambió de estrofa, permaneciendo la misma tónica en un tiempo que ignoraba de cadencias.


Sacris solemniis iuncta sint gaudia, et ex precordiis sonent praeconia; recedant vetera, nova sint omnia, corda, voces, et opera!


Y comenzó a glosar los versos:


-¡Sagrada solemnidades las de la Iglesia toda, que transportan por el poder sacramental, vertiendo siempre, desde aquí, un poco de nuestro festín eternal! Divino encargo, este de sacrificar al Cordero, en una actualización que no se repite, habiendo muerto una vez. Y no más. Transmite el balido del Cráneo, el único que hubo-hay-habrá, hasta los días de su establecimiento en un mejor ceremonial. Sin rúbricas, ni gestos preestablecidos, que imiten el inmutable celebrar: la adoración eterna será rúbrica, idéntica con su ser sacerdotal. Celebra, porque ya están vencidas las viejas primacías carnales, porque, desde el Ya del matadero, corrobora la salvación de su corazón y de sus obras. -¡Adora!, me gritó. Y me vi nuevamente arrodillado sobre los adoquines de la urbe de las hormigas. La custodia, el diácono, la cruz aérea.


Ya en el templo, la misa corrió su cauce, entre amenes y espiritustuos. Comulgar, volver al banco para rezar.


- Dominus vobiscum.

-Et cum spiritu tuo.


-Ite, missa est. -Deo gratias.

Y otra vez al hormiguero.

Con el recuerdo de Su prístino balar.

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