Las paradojas de la Fe



El jueves pasado Wanderer nos proporcionaba un texto de Castellani, extraído de la Catena argentea de Jack Tollers. Casualmente, buscando otra cosa en Las ideas de mi tío el cura, doy con el texto de marras. El apartado siguiente lleva el título de este post, y desarrolla un poco más la idea de la fe como “paradoja”, interna contrariedad surgida de la “intelectualización”, o “asentimiento real”, en términos de Newman, del depósito divino. Una vida de fe, que no puede ser sino “vida martirial”, es el núcleo de la cuestión. Y lo que perdurará, cayendo todo y surgiendo el a-nomos venidero. En el secreto del presente, sin barahúndas, platillos ni repiques. En fin, que hable el que sabe.



"¿Con este himno a la Fe quiere Ud. pasar a la inmortali­dad? —No, al restorán de la esquina" (Jerónimo).

La Fe es la Muerte... ¡Qué más quieren los comunistas que se diga eso, que dicen ellos también!

Pero es que yo digo después que la Fe es también la Vida. ¡Vamos! ¿Cómo puede ser eso?

Puede ser porque "el objeto de la Fe es la Paradoja". Por eso, es tan difícil tragarlo; aunque por otro lado, es lo más fácil que hay, creer; a los pequeñuelos, les proponen los paradojales dogmas de Nicea o de Trento, y ellos los tragan como leche. Aunque la verdad, nosotros preferiríamos que en las escuelas no les enseñasen de memoria los dogmas, sino que les leyeran el Evangelio.

La Fe es lo más fácil y lo más difícil que hay. También es lo más claro y lo más oscuro; y así todos los místicos hablan de “la luz de la Fe”, y de "la noche oscura de la Fe...". ¿No dicen estos bárbaros que Dios es el Ser, y que Dios es la Nada? (Eckhardt, Tauker). San Pablo, dice que Jesucristo al nacer se ano­nadó, se hizo Nada, y Jesucristo, ¿no le dijo a Nicodemus que había que nacer de nuevo, y que el que pierda su alma la ga­nará, y que el que quiera salvarla la perderá, y la más grande paradoja de todas, que los pobres son bienaventurados, es decir, ricos? Esta es la paradoja que ahora me cuesta a mí creer, y sin embargo la creo. ¡Oh, Dios, ayuda mi incredulidad!

Esta es otra paradoja: al padre del lunático le dijo Jesucristo "¿Tú crees?" y él clamó "¡Creo, ayuda mi incredulidad!". La Fe verdadera, está calzada de incredulidad, como las tesis de Santo Tomás están precedidas de videtur quod, de objeciones.

En todos los misterios de la Fe, existen dos cosas contrarias que se dan de puñadas, que cuando el creyente las traga, causan en él una "tensión" parecida a la que causan al filósofo dos con­tradictorias que se ve forzado a admitir, para resolverlas en una "síntesis", así como el creyente las resuelve en el "acto existencial" en que interviene la voluntad; o por mejor decir "toda el alma", decía Platón.

En la Eucaristía, el cuerpo de Cristo está y no está; en el pesebre, Cristo se anonadó y se sublimó; en el Calvario, Cristo fue el Rey de los Judíos, y el desecho de la plebe, el INRI, como dicen los españoles; Dios es el ser más fuerte y el más débil; la creación visible es muy mala, y muy buena; a medida que un santo se hace más santo, aflora más en él lo demoníaco, la cruz es la ignominia y es la gloria; Dios a quien más ama, más hace sufrir; San Francisco decía con verdad que era el mayor pecador del mundo; el pecado de Adán es un pecado mío, y también todos los pecados de Leónidas Barletta, si los tiene; el amor de Dios creó el infierno; y finalmente y primordialmente, en Dios hay una natura y tres personas. ¡Qué barbaridad!

"Al intelecto católico le falta lo que es primordial al filó­sofo: el Vómito de lo Absurdo" —decía arrogantemente Carlyle—.

Hay un amigo mió protestante, que no quiere admitir que existe el Espíritu Santo. Por nada de este mundo. Yo le digo: "¡Déjalo que exista! ¿Qué te importa a vos?". Pero esto es un chiste algo irreverente, que se perdona por la buena intención (y por lo loco que es mi amigo) y es sobre todo, una falsedad. Si el Espíritu Santo existe, nosotros lo tenemos que mantener ¡y con la vida, Sapristí! Esa es la dificultad de la fe, mantener, pues, a Dios.

Así, el fiel tiene que mantener todas las paradojas de la fe, que crean en él una tensión que a veces lo crucifica. Sin "a veces". Siempre lo crucifica, cuando la fe ha ingresado de veras en la vida. "Crux intellectus", decían los antiguos. No es nada que venga un Carlyle, y le diga a Tomás de Aquino que él no tiene espíritu filosófico; lo peor es que Tomás el Buey Mudo, tiene que enmudecer o confesar con rubor que es así: que si lo tiene es como si no lo tuviera... ¡Tener y no tener! Otra para­doja. Interminable crucifixión interna, Crux intellectus.

No vaya a creer Ud. que esos creyentes que viven todos zahumados y zambullidos en su fe, la cual es como su compla­cencia perpetua, y que la destilan por todos los poros, como los pulgones el azúcar, tienen mucha fe. Tienen una fe a lo más incipiente, una "devoción sensible" que debe pasar por la "noche oscura" —si no en esta vida, en la otra—. Hablo de esos de que dice T. Kempis "algunos tienen su devoción en las imágenes", es decir, cuya fe mora todavía en las facultades sensibles ("me gusta más Balvanera porque tiene mejor música; o el cura habla mejor; o es más buen mozo"), sin haber tocado el intelecto. Cuando la fe toca el intelecto, se produce la lucha y la oscuridad, ya lo dije; por lo menos, la oscuridad aburrida de nuestros estudios teológicos, con sus interminables "objeciones", que nos pare­cían más fuertes que los "argumentos". ¡Benditos argumentos! "Arguo primo, arguo secundo, arguo tertio... Ex Scriptura, ex traditione, ex ratione congrua... ¡Arguo et redarguo!".

Así que la fe es no más la muerte y la vida. Pero no hay que decirlo todo junto. A los que no creen, hay que decirles que es la vida, para que entren; y una vez que están adentro, decirles con toda franqueza que es la muerte. Lo contrario sería muy poca diplomacia; y lo que yo dije, no es matufia ni mal arte, porque si vamos a ver en definitiva, es lo que te dije primero, es decir, la vida; aunque por causa de ella haya de pasar uno en esta vida, muchas muertes.

Cuando yo era novicio, y el Maestro de Novicios leía la regla de San Ignacio: "Hay que morir al mundo y a todas las cosas", me atemorizaba en mi corazón, y me resistía. Pero después de­cía: "¡Bah, el Padre Marzal no ha muerto al mundo y a todas las cosas. Yo voy a hacer como el P. Marzal!". El P. Marzal era mi profesor de Literatura, discreto poeta, y valenciano afa­ble y chistoso, al cual yo admiraba mucho; pues para ser seme­jante a él, se me ocurrió entrar jesuita. El P. Marzal murió al mundo y todas las cosas; yo no salí semejante a él; y al final, me salí o "me salieron", como dicen ellos en su jerga: tan ines­perados son los caminos de esta vida, y tan falibles nuestros designios. Ahora, lo que faltaba para completar la paradoxa era que, después de salir de la Regla de San Ignacio, muriese yo al mundo y a todas las cosas, cosa que estoy dispuesto a hacer en cualquier momento; y que mi vida termine siendo un himno a la fe; y la expulsión de los jesuitas, uno de los revulsivos enér­gicos para obtener tan loable final del cual se aprovecharán des­pués de muerto yo, los jesuitas. ¡Mejor!

Todos los Himnos a la FE que han ganado la eglantina de oro en los juegos florales, han sido hechos por poetas sin fe, o con fe incipiente. El único himno a la fe bueno, es el martirio; el accésit es una vida pura y recta; el digno de alabanza son las blasfemias sagradas que profieren los que están en la noche os­cura, como Job el Idumeo, y Charles Baudelaire. "¡Yo tengo tanta fe como para puntearlo a Dios"!, decía don Babel Manito, un criollo que no sabía nada de "noche oscura". Yo no apruebo eso, y nunca lo haré sabiendo. Pero existe. Digo, las "blasfemias sagradas".

1 comentario:

XavMP dijo...

Impresionante Castellani, nunca termina de sorprender. Me lo leí en un tirón ayer, ahora lo imprimo y lo vuelvo a leer