La última marcha



Un tercer post dedicado al tema del homomonio, y la reacción por parte del pueblo fiel comandada o no por sus pastores, es demasiado. Éste será el último, con marcado ánimo de no tocar más el tema. Al fin y al cabo hay gente a la que le gusta revolcarse en las miserias del catolicismo, y gozarse de lo “mal que estamos y lo bien que estoy”. Yo no soy de esos, y valga para prueba la lectura concienzuda del primer post, donde declaro mi apoyo a todos aquellos que de buena gana y con ánimo viril vieron la veta para cumplir con su conciencia. Lo allí escrito fue a título personal, mi postura frente al tema. Y para más, invité a los casuales lectores de este pobre blog a argumentar en favor del contrario. La tarea de revolcarse en las excrecencias de la pobre tropa, de la que soy también indigno camarada, quede para sitios que no dudan en arrastrar para sus filas aun a los que consideran fuera del cuerpo místico, mediando ellos mismos de pontífices o algún clerigus vagus.


Mientras escribía este post recibí la llamada de un amigo del interior del país, que había concurrido a la manifestación en Congreso contra la aberración homosexual. Le hice saber mis recaudos al respecto, con los mismos argumentos que esgrimiera con anterioridad en el primer post.


-Mirá, me dijo, vos me conocés, y sabes que estoy apaleado por los dos lados. No hay nada que quiera más que luchar por la causa de Cristo, vivo para eso. Mi situación personal, mi enfermedad, me tiran para abajo, me sumen terriblemente en la congoja y el desánimo. Ayer, entre tanta gente, que como vos decís, desconfío del cristianismo que les hacen profesar, me sentí reconfortado. Qué querés que te diga, un montón de mujeres, pibes, curas, que amagan resurgir de ese sopor de años, de siglos, según vos. Yo volví a mi casa con otros ánimos, con ganas de meterle para adelante. A lo mejor no resulta nada de toda esta movida, pero quedate tranquilo, que tarde o temprano la “movida” va a ser general. Sangrienta, mejor.


En fin, el sentir de todos los católicos “del palo”. Genuino, magnánimo en muchos, defendible y promocionable al 100%. Y del que no quisiera sustraerme por elevación, como ave de rapiña a la espera del último estertor de la res finiquitada. Ni tampoco es ni ha sido la intensión, me atrevo a decir, sin licencia, de amigos como el querido Wanderer. De ellos, como de tantos otros, sería de los últimos en desconfiar pretensiones farisaicas, y de los primeros en contar para redadas de lujo, llegado el momento. Que, por cierto, de hace años vienen dando por los corredores bloggísticos.


El sed contra que esgrimo, no sin pesar –Dios y mi alma son testigos- es el referido al sustrato de toda la movida anti-putimonio, al que adhirieron sin vacilar tanto progres como tradis. Hasta la FSSPX se hizo presente, con estandartes carlistas y fajas ajustadas. Todos a una, “formando un solo cuerpo, un cuerpo que en la pascua nació…”


La confianza en que el deber del catolicismo argentino se jugaba en la plaza del Congreso, en que el mero hecho de congregar a una multitud enfervorizada por cantos y saltos de tablón basta para definir el quo de la guerra.


El que los obispos no tengan en mente una estrategia seria, pase lo que pase en el recinto del senado, para afrontar activamente la lucha. Que, de nuevo, el quo se defina en las calles ante que en las inteligencias, en los corazones.


Me pregunto, ¿hay algo pensado, planeado, como medida cautelar en el caso de aprobarse el matrimonio gay? Porque ya no servirán las marchas, habiéndose vacunado con una buena dosis de autoconfianza la sesera oficial, que ya no le importa un bledo si 100.000, o un millón de tipos se le agolpan en Rivadavia para manifestar su desacuerdo ciudadano.


Viene a mi mente la postura del maestro Cleto en México, resistiéndose en un principio a la lucha armada, pero tomando parte luego, al ver que los canales de resolución pacífica se habían irremisiblemente agotado. Pero más aun, percatándose de que los altos de Jalisco eran capaces de plantar cañones porque la gleba estaba preñada de la solidez serrana de un pueblo sencillo como el nuestro, en su franqueza laical, mas motivada por un término claro y convergente: la fe clara.


Y acá tuerzo la mano, obligado por la evidencia histórica. Seré el primero entre mis pares en tomar los fierros, si viniera el caso, en seguir, marcial cortejo, las vías de una defensa activa que me costara lo poco que soy y tengo. Pero no así, desdeñando el examen que todo subordinado tiene en su ajuar de guerra: el de percatarse si su jefe está loco, o es un necio con poder.


Si salimos perdiendo de esta, valga una lección más para esta pobre patria que quiere ser católica, pero se resiste a exorcizar sus demonios. Valga para nuestros pastores, que habrán visto por las pantallas de sus sendos plasmas a una grey de corderos, borregos, cabritos y terneros mamones que aun -las intensiones las premia, castiga o endereza Dios- mal que mal, rengueando y con sus patas enlazadas, responde. Que valga, para que el próximo llamado resuene en clarines de plata, y no en vuvuzelas ordinarias. Para que de una vez por todas se percaten de que la lucha esta tiene un saldo de salvación, que los confines de la gracia se ponen en movimiento para realizar un gasto tremendo de fuerzas humanas -como las de mi amigo- corazones e inteligencias refrendados por el sello bautismal, con el único fin de lograr la mayor ganancia, a favor de los elegidos que Dios ha predestinado desde siempre. En fin, que este es el sustrato de la lucha, de la “movida católica”.


Y si se gana esta batalla, que sirva de lección el “casi casi”, para torcer el timón y encarar una evangelización en serio, para que de acá a uno, dos, o 100 años no nos venga a salir de nuevo el tiro por la culata, con disposiciones civiles pergeñadas por nuestros mismos educados, por antiguos universitarios católicos devenidos en senadores pluralistas.


Yo, particularmente, no tengo esperanzas en este punto. Que Dios se encargue de refutarme con su infinita generosidad, con sus caminos, de misterio plagados.


Hay un tango, creo que de Edmundo Rivero, o al menos de él lo escuché, llamado “La Canchera”. “Bien sabe que a su hermosura ya le quedan pocos años/también sabe que los años se morfan cualquier pintura…” dice una parte. Y vaya si viene a cuento. El tiempo, ese módulo del pasar, encrucijada de las mortalidades superpuestas que dijera Castellani, termina por develar la vera faz de la doncella escondida tras revoques de brillantina. Las cosas que se emprenden mal, en detrimento, tarde o temprano de enjundiosas fuerzas humanas, dejan un saldo de desazón, desventura y desesperanza tremendas. No dejan ganas de seguir, ni de confiar en los que animan a re-comenzar.


Seriedad en la pugna, sobre todo. Para que el tiempo no nos traicione mostrando cuan pálido es un cadáver tras kilos de rímel y lápiz labial.

La carta




La carta del cardenal primado argentino, que los medios se han encargado de comentar y cargar de intenciones integristas, ha dejado, me incluyo, con la boca abierta a más de uno. No llega al nivel de la arenga, como la del cardenal Cisneros ante los muros de Orán en 1509 y, con todo, los medios hablan del “fascismo” de Bergoglio, que llama a pelear la guerra santa contra Satanás. ¿Recuerdos de la famosa plática ignaciana de “las dos banderas”. Puede ser: el jesuita nunca olvida.


Pero inmediatamente hice un acto de contrición, y rogué al Señor perdonara mi estupidez.


Resulta que al primado, de una, así porque sí, por una infusión exquisita de caridad pastoral y arrojo avizor, se le ocurre romper con su vergonzosa conducta de años de traición a la verdad, de cobardía y prostitución con los baales de este mundo, para venir a erigirse en el capitán y adalid de las mermadas huestes católicas. A menos de una semana de sancionarse una ley a medio cantar, se le despierta el daimon y rompe a profetizar, cual otro Jeremías, sobre las ruinas de Jerusalén. ¡Pamplinas!


Ya se encargó Caponnetto de desmenuzar una por una las argucias cardenalicias, en su fino y no menos destructor comentario al Jesuita. Quien lea con dolor y pasmo las verdades que, por boca del mismo acusado, Antonio se encarga de verter, puede muy bien des-hipnotizarse y dejar la bobera para otro momento.


JB razona perfectamente, ve el mal y lo llama por su nombre, lo subordina al mando del Príncipe de este mundo. Sabe que Satanás existe y que es el homicida ex principiis. Y que él lo trae a cuento cuando se le dan las ganas. Y cuando no, no. Ya lo decía el refranero español: Gente de sotana, logra lo que le da la gana.


Son ahora los hijos de la educación universitaria argentina los que sancionan, con una coherencia sorprendente, las doctrinas que, virtualiter, se incluyen en los premisas de las oficinas de Puerto Madero, comandadas por JB. Sembraron vientos, cosechan tempestades.


Recuerdo una frase de Ludovicus, a raíz de la carta de renuncia de Buela, que, dicho sea de paso, aun respira. “Esa carta, esa carta: pesa más que una lápida de mármol”.


Si JB muere, si el plazo se le cumple, y deba retirarse al ostracismo, se encarga aquí muy bien de dejarnos su epitafio. “esta guerra no es vuestra sino de Dios” (dicho sea de paso: cita de memoria, y rápido: ¡se le escapó el posesivo arcaico”)


Porque más claro que todos los obispos argentinos, el cardenal primado arrebató, con astucia de viejo Vizcacha, el pendón a sus pares mitrados más conservadores, para quedarse con el lauro glorioso de haber sido el único que se animó a encarar y llamar a la Bestia por su nombre.


Mostrando lucidez, que sin duda tiene, desata un garrotazo en pleno lomo a todos los obispos que han comenzado a distanciarse de su tricornio.


Cuando el naufragio sea total, las líneas de esa declaración formal de guerra sonarán en los oídos de su “archi” que, a 55 kilómetros de la curia porteña, encabeza el grupo de obispos más conservadores, y del que se espera responda mejor que JB. El purpurabile calla, y no se anima a tomar las riendas caídas ni poner freno al bagual.


“Los “conservas” no se animaron: yo sí, porque nada tenía que perder”.


¿Y el detalle de las carmelitas? ¿Por qué diablos Bergoglio dedicaría sus cartas a las contemplativas porteñas? ¿No hay palotinos en Bs. As.? ¿No hay congregaciones, por veintenas, más afines al staff púrpura? Yo me animo a conjeturar, una vez más, una razón. Todos aman a las monjas de clausura, tan indefensas, tan pobrecitas, ¡tan monjas! Porque si la carta debía surtir efecto, y coronar religiosa, y no políticamente la intentio, la gente seria sería la encargada a tal efecto. ¡Santa Teresita, tan linda y sonriente, tan sufrida! ¿Quién diablos no ama a santa Teresita? ¡Todos la aman! ¡Más que a la doncella de Orleans! ¿Y a quien pedirle “oración y sacrificio”? ¿A los lindos de Devoto? ¡A las carmelitas muchachos, a las carmelitas!


Pero el romancero nos advierte de nuevo: Muchos que santos tragan, diablos cagan.


El purpurado usa como tema de fondo la resonancia evangélica de Mt 17, 14-21: el niño endemoniado que los apóstoles no pueden liberar, y que sólo Cristo pudo. “Esta raza de demonios no puede ser lanzada sino por la oración y el ayuno”, fulmina Cristo en el último versículo.


Eran demonios más bravos, de una especie maleva que desobedeció al mismo colegio apostólico. “Entonces se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Cómo es que nosotros no hemos podido arrojarle? Díjoles: por vuestra poca fe; porque en verdad os digo que, si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible”.


Tengamos la esperanza de que, en fallando la fe de los discípulos, el mismo Cristo nos libre de nuestros demonios.

Catolicismo de vuvuzelas




Les contaré algo que me sucedió hace poco. Con esto del proyecto de unión civil, los católicos han querido movilizarse por las calles, “hacer oír su voz” a la “ciudadanía” argentina (la verdad que estoy tentado de agregar comillas a casi todo)


Pues bien, tocó el turno en la ciudad X. El obispo mismo se había encargado de difundir la invitación a la “marcha por la vida”, secundado, por lo que tengo entendido, por agrupaciones honestas, pero ingenuas hasta las náuseas.

Mis amigos del nacionalismo fueron todos. Yo mismo los alenté, tan entusiasmados que los veía, por mostrar y remostrar que “la Iglesia” estaba en pié de guerra contra la contranatura.

Digo nacionalistas, y no con desprecio, porque son, al menos mis amigotes, personas honestas, a medio cerrar, como quien dice.


Yo no pude ir. Aunque hice un esfuerzo enorme por tratar de solidarizarme con “mi Iglesia particular”, con “mi obispo que congregaba”, al decir de mis amigos, NO PUDE. Y me agarró una tristeza que no les puedo contar. Veía a toda esa gente, afanosa por manifestarse, salir a las calles de una ciudad que es la perfecta contratara (¡la misma moneda!) del catolicismo que profesan. En el fondo, pensé, ¿qué los/nos separa de los transeúntes de la calle x, que miran asombrados un rebaño de borregos con banderas y pancartas, melodías de tribuna con letras neocatecumenales? En el fondo, nada.


¿Y la pelea por la vida, por el “derecho de todo ciudadano de tener un “papá varón” y una “mamá mujer”? ¿No nos hace “católicos”? Y el resultado de mi dolorosa y personal introspección al respecto fue: no. Nos hace católicos la fe en el crucificado y la esperanza de su retorno. Todo lo demás, ignorándose esto, es pura filfa.


Pero inmediatamente me surgió otra cuestión: “es verdad lo que pensás, pero, ¿eso te exime de alejarte de los pobres tipos que “no son como vos” o no “piensan como vos”?

Y de vuelta la congoja, porque constataba que la confusión que a otros entusiasma y anima a “salir a la calle”, a mí me impelía a retroceder, o mejor, a “introducirme”.

Y me dije: “es posible que te estés equivocando. Quizás tengas que acompañar a tus amigos nacionalistas que, después de todo, son un poco más serios que los borregos”. Pero no, tampoco. No podía sacar el remache que me forzaba en la convicción profunda de vernos dispersos por una pradera, cada cual comiendo de lo que encontraba más a mano, o que mejor le sabía, pero sin nadie que nos apartara del peligro de envenenarnos.


Hasta llegué a confiar mis temores a unos de ellos. Después de todo, era muy posible que la cosa fuera pura complicación mía, fruto de esa malsana costumbre de dudar de todo lo que tenga olor a populacho. La respuesta fue:


-Tenés razón. Pero algo hay que hacer. No podemos quedarnos con los brazos cruzados mientras los enemigos de la Iglesia buscan destruir la familia.

- Ok, le dije, ¿y qué hacemos?

-Salir a la calle, gritar y “hacer mucho ruido”, como pidió el señor obispo.

-Y con eso vamos a lograr “salvar la familia?

-No. Pero no importa.


Algún lector pueda quizás ayudar a mi amigo, agregando razones, o sacando algunas. Quizás la cuestión no conste de razones, sino de convencimientos, convicciones, de “asentimientos fuertes”, al decir de Newman. Pero no veo cómo pueda relegarse a segundo plano la consideración “sindérica”.


Después me puse a pensar: ¿cómo arribamos a este despelote? ¿Cómo lo solucionamos? Pues la familia no se defiende por ser familia, ni por ser “célula básica de la sociedad”. Al menos no totalmente. Su causa próxima es la naturaleza humana: estamos de acuerdo con lo pro-vida. Pero la Remota universal, causa de la “proximidad de nuestra propia naturaleza”, es Dios. Y no el Dios “relojero del mundo”, que es el que más o menos preconizan los amantes de la vida, sino el Dios encarnado, Pontífice coronador del sub-orden nuestro. En síntesis: el Dios religador que curó y sobreabundó de vida verdadera la pobre naturaleza humeante. De allí en más, la naturaleza se volvió religiosa.


Y me dije: "Más nos valdría no tener familia, por postular un imposible, a seguir con la farsa de una religión -que al decir de Vázquez de Mella, es el elemento unificador de toda cultura- que alimenta el instinto, la epidermis del homo religiosus, encerrándolo más y más, y haciendo de él una “mónada de intrascendencia”. Para tener una familia sin religión verdadera, pues al diablo con todos".


Reconozco que el razonamiento anterior no es del todo válido. Pero se me figuró ser la consecuencia más cruda de una conclusión anterior, a saber: no hay religión en la Argentina. Hay un sinfín de palabrerío llamado “catequesis”; un montón de ceremonias inválidas e ilícitas, en el peor de los casos, llamado “misas”; un cuerpo de personajes, caricaturescos muchos, penosa y escandalosamente encumbrados otros, llamados “obispos”; cooperativas de edulcorante, máquinas de triturar almas, llamadas “congregaciones religiosas”; y un montón de pelagatos, afanosos en hacer algo por sus vidas, por conversar anónimamente, mas con honestidad, llamados Theseus, etc.


Supongamos, y quiera el Dios altísimo que así sea, que el senado se echa para atrás con su proyecto de unión de putos, evitándose la terrible aberración concomitante de la adopción de niños. Supongamos nomás. ¿Querrá decir que la “familia” saldrá incólume del ataque, que otra vez tendremos “libertad para educar a nuestros hijos”, para inculcarles un modelo “tradicional de familia”? No puse ninguna connotación sobrenatural a los “quiere decir” de atrás. Sencillamente porque no lo tienen. Por doble fuero: las expresiones en sí son vacías (“libertad para educar a nuestros hijos”) y nadie (pastores), que yo sepa o haya leído, ha supuesto, como argumento perentorio, la sobrenaturalidad de la lucha contra el pecado instalado socialmente: “Reforzáos en el Señor y en el vigor de su fuerza. Revestíos la armadura de Dios para que podáis resistir a las maniobras del diablo: pues vuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los Dueños mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus del mal que hay en los espacios cósmicos” (Ef. 6, 10-12)


Vendrán más hecatombes, y se derrumbarán más alcázares. El mundo ya nos habrá probado, se habrá percatado de nuestra falta de seriedad en la lucha, de la falta de adalides. Habrá sondeado qué profundidad tenga nuestra religiosidad, si la de la extensión del parche, la del retorno de las vuvuzelas, o la docilidad al Dios que, en apareciendo el A-nomos, se torna terriblemente serio.


¿Seguiremos con la misma cháchara? ¿Seremos capaces de apuntar a la causa del desprestigio de lo natural que, después de venido, muerto y resucitado Cristo, es el desprestigio, la violación de un orden coronado por la Redención? Lo dudo mucho. Haría falta barrer la jerarquía toda, o casi.


Vayan las soluciones mágicas, la “magistral receta”, que nos preceptuara Castellani, mofándose del pragmatismo del católico argentino, para los apurones de siempre, que creen que por pegar dos gritos en la calle amedrentarán al “Malo”.


“Los argentinos, cuando uno hace cualquier observación o teoría, preguntan ¿qué hay que hacer? Acostumbrados a las recetas, esperan enseguida la recetita. Un argentino que leyera la Crítica de la Razón Pura (dudo que hoy haya uno capaz de ello), quedaría todo frustrado al faltar el último capítulo, el de las "realizaciones prácticas" o "efectividades conducentes" en la obra de Manuel Kant.

"Geniol es mejor y es argentino". "Tome Geniol". "Geniol no tiene más que los ingre­dientes de la 'receta magistral' de los viejos manuales de tera­péutica", que los viejos médicos graduaban conforme al enfermo. Se ha tomado esa receta, se la ha hecho "igual para todos", se ha hecho obligatorio y gratuito su uso. Geniol no es genial. Símbolo de la enseñanza argentina. Voy a hacer yo también "genioles". Voy a decir lo que creo que se debería hacer, aunque sin comprometerme a hacerlo yo, si ningún otro me ayuda.

Yo creo que honestamente todo "capitalista" cristiano debe entregar todos sus bienes a los pobres y ponerse a trabajar; si los pobres le dicen: "ponete a la cabeza y dirigí", bien; si no, se va al campo. Y si no hace eso, no lo reconoce como cristiano el Sátwico que gobierna la iglesia.

Creo que la Iglesia la deben gobernar los sátwicos y no los tomásicos; y la nación los rajásticos. (Utopía).

Creo que todo obispo simoníaco, politiquero o simplemente iletrado e idiota (así los hay), debe ser depuesto. (Sacrilegio).

Creo que el pueblo fiel debe intervenir en la elección de los sacerdotes; y junto con el clero, en la preconización de los Obispos. (Imposibilidad).

Creo que los vestidos de colorado deben entregar la administración de los bienes eclesiásticos a un consejo de competentes, seglares o clérigos; y recibir de ellos solamente lo necesario para su honesto sustento y gastos de oficio. (Imprudencia).

Creo que no se debe ordenar un número fijo de sacerdotes, sino sólo a los que por experimenteo se encuentre probablemente dignos o menos indignos, aunque sea uno solo por año en todo el mundo. (Jansenismo).

Creo que los sacerdotes no deben vivir de la religión o de la renta de ceremonias mágicas, sino de un oficio honesto o rentas de familia; y dar la fe gratis. (Blasfemia).

Creo que los bienes de las órdenes religiosas deben ser controlados por el Ordinario de cada lugar. (Atropello)

Creo que los sacerdotes no han de hacer sus estudios eclesiásticos sino después de hacer un grado en las escuelas nacionales y saber un oficio honesto, y que los estudios eclesiásticos comunes deben ser abreviados y acendrados. No hablo de los "doctorados": esos deben ser alargados. (Temeridad). .

Creo que el que no se muestra cristiano sincero, ha de ser excomulgado. (Dureza de corazón).

Creo que las asambleas cristianas deben ser lo que fueron antes, asambleas eucarísticas, "ágapes".

Creo que ningún sacerdote debe dar la eucaristía a nadie que él no conozca y sepa que no está excomulgado.

Creo que los cristianos deben retirarse lo más que puedan de los espectáculos públicos, los comités y las redacciones de diarios; y no usar de esas cosas malas sin permiso competente.

Creo que los matrimonios deben hacer "de consilio Episcopi", como en la primitiva Iglesia.

Creo que todos los que puedan dejar de casarse, deben dejar de casarse —a lo cual ayudará la escasez de departamentos—.

Creo, empero, que hoy día hay demasiadas monjas; es decir, que algunas monjas de hoy debieran casarse, o ir a sus casas a cuidar a sus padres viejos. (Indiscreción).

Creo que los ricos no deben tener iglesias propias, y en las iglesias comunes sentarse en los últimos bancos. (Resentimiento social).

Creo que debe suprimirse toda la "prensa católica". (Inoportunidad).

Creo que deben suprimirse todos los partidos católicos o democristianos. (Falta de visión política).



Una vez más, deberemos esperar la misma cantinela del catolicismo agropecuario. Y más futilidades, más marchas y más tambores.


Por lo que a mi respecta, me repugnan esas manifestaciones de religiosidad rebañega, sin sentido, o con muy poco. Pero no se me escapa que, por la terrible confusión del pueblo cristiano, a cada cual le viene bien, o más a mano, “manifestarse”. Cada cual hace lo que puede, y si lo hace en conciencia, con la esperanza de que contribuye a la causa de Dios, pues no dejo de felicitarlo. Y mucho menos negar el arrojo honesto de muchos católicos del palo que, como yo, ven la misma porquería, se duelen de los mismos males y reniegan de los mismos entregadores.


Me viene a la cabeza el pasaje bíblico de la lucha de Jacob con el ángel (Gn. 32, 22-32). Perseguido por su hermano Esaú, el santo patriarca pone a resguardo a su mujer y sus hijos, y lucha contra un misterioso personaje, desde el atardecer hasta el alba. Me permitirán la alegoría, hermanos, pero se me hace que en estos pocos versículos está como condensada la historia de la Iglesia, en su núcleo más profundo. Jacob, “hombre apacible, amante de la tienda” –Esaú, “diestro cazador y hombre agreste”- (Gn. 25, 27), figura de la Iglesia que está en permanente lucha contra Dios. En sus años mozos, con la fuerza terrible de la unción bautismal, el fárrago de testigos que corrieron el buen combate, arrebatando la morada del Altísimo por asalto. En el atardecer de sus días, cansada de vaivenes, frenética de refriegas y rodeada por su propia descendencia, no logra esquivar el certero golpe de su Esposo, que la deja íntegra, pero renga. No se rinde, porque, paradójicamente, su contrincante la retiene.


Es verdad que, cuando nos ponemos a examinar la historia entera del cristianismo desde el principio, no hallamos más que una sarta de dificultades y anomalías. Cada siglo es como cualquiera de los demás y, a quienes viven en él, les parece peor que todas las épocas precedentes. La Iglesia está siempre achacosa y se arrastra en la debilidad, «siempre transportando en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor 4, 10). Parece siempre que la religión está a punto de expirar, que los cismas predominan, que la luz de la verdad está empañada, y los que se adhieren a ella dispersos. La causa de Cristo está siempre en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo si su agotamiento final será tal día o tal otro. Los santos siempre están a punto de desaparecer de la tierra, y Cristo a punto de llegar, de modo que el día del Juicio no deja nunca de ser, al pie de la letra, inminente; y nuestro deber consiste en vigilar siempre su llegada, sin sentirnos contrariados porque, después de haber dicho tan a menudo «ahora es el momento», al final, contra nuestras expectativas, la verdad ha recuperado algo sus fuerzas. Esa es la voluntad de Dios: reunir a sus elegidos, uno a uno, poco a poco, en los periodos en que brilla el sol entre tormenta y tormenta, o quitarlos súbitamente de la irrupción del mal, incluso cuando las olas arrecian más furiosas que nunca. Bien pueden los profetas exclamar: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Cuándo acabarán estos prodigios?» (Dn 12, 6). ¿Cuánto tiempo seguirá adelante este misterio? ¿Cuánto tiempo sostendrán a este mundo perecedero las frágiles lámparas que luchan por la existencia en su atmósfera insalubre? Sólo Dios sabe el día y la hora en que por fin tendrá lugar lo que siempre nos está advirtiendo; mientras tanto, obtenemos la medida de nuestro consuelo de lo que ha sido hasta ahora: ni desanimarse, ni abatirse, ni impacientarse por las desgracias que nos circundan. Siempre las ha habido, siempre las habrá; son la parte que nos toca. «Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz, levantan los ríos su fragor. Más que la voz de aguas caudalosas, más potente que los rompientes del mar, más potente en la altura es el Señor» (Sal 93, 3 s.).(Newman)



El golpe de Israel coincidió con su cansancio, despuntando el lucero.



“Salía el sol cuando pasó de Panuel, e iba cojeando del muslo” (Gn. 32, 31)