Catolicismo de vuvuzelas




Les contaré algo que me sucedió hace poco. Con esto del proyecto de unión civil, los católicos han querido movilizarse por las calles, “hacer oír su voz” a la “ciudadanía” argentina (la verdad que estoy tentado de agregar comillas a casi todo)


Pues bien, tocó el turno en la ciudad X. El obispo mismo se había encargado de difundir la invitación a la “marcha por la vida”, secundado, por lo que tengo entendido, por agrupaciones honestas, pero ingenuas hasta las náuseas.

Mis amigos del nacionalismo fueron todos. Yo mismo los alenté, tan entusiasmados que los veía, por mostrar y remostrar que “la Iglesia” estaba en pié de guerra contra la contranatura.

Digo nacionalistas, y no con desprecio, porque son, al menos mis amigotes, personas honestas, a medio cerrar, como quien dice.


Yo no pude ir. Aunque hice un esfuerzo enorme por tratar de solidarizarme con “mi Iglesia particular”, con “mi obispo que congregaba”, al decir de mis amigos, NO PUDE. Y me agarró una tristeza que no les puedo contar. Veía a toda esa gente, afanosa por manifestarse, salir a las calles de una ciudad que es la perfecta contratara (¡la misma moneda!) del catolicismo que profesan. En el fondo, pensé, ¿qué los/nos separa de los transeúntes de la calle x, que miran asombrados un rebaño de borregos con banderas y pancartas, melodías de tribuna con letras neocatecumenales? En el fondo, nada.


¿Y la pelea por la vida, por el “derecho de todo ciudadano de tener un “papá varón” y una “mamá mujer”? ¿No nos hace “católicos”? Y el resultado de mi dolorosa y personal introspección al respecto fue: no. Nos hace católicos la fe en el crucificado y la esperanza de su retorno. Todo lo demás, ignorándose esto, es pura filfa.


Pero inmediatamente me surgió otra cuestión: “es verdad lo que pensás, pero, ¿eso te exime de alejarte de los pobres tipos que “no son como vos” o no “piensan como vos”?

Y de vuelta la congoja, porque constataba que la confusión que a otros entusiasma y anima a “salir a la calle”, a mí me impelía a retroceder, o mejor, a “introducirme”.

Y me dije: “es posible que te estés equivocando. Quizás tengas que acompañar a tus amigos nacionalistas que, después de todo, son un poco más serios que los borregos”. Pero no, tampoco. No podía sacar el remache que me forzaba en la convicción profunda de vernos dispersos por una pradera, cada cual comiendo de lo que encontraba más a mano, o que mejor le sabía, pero sin nadie que nos apartara del peligro de envenenarnos.


Hasta llegué a confiar mis temores a unos de ellos. Después de todo, era muy posible que la cosa fuera pura complicación mía, fruto de esa malsana costumbre de dudar de todo lo que tenga olor a populacho. La respuesta fue:


-Tenés razón. Pero algo hay que hacer. No podemos quedarnos con los brazos cruzados mientras los enemigos de la Iglesia buscan destruir la familia.

- Ok, le dije, ¿y qué hacemos?

-Salir a la calle, gritar y “hacer mucho ruido”, como pidió el señor obispo.

-Y con eso vamos a lograr “salvar la familia?

-No. Pero no importa.


Algún lector pueda quizás ayudar a mi amigo, agregando razones, o sacando algunas. Quizás la cuestión no conste de razones, sino de convencimientos, convicciones, de “asentimientos fuertes”, al decir de Newman. Pero no veo cómo pueda relegarse a segundo plano la consideración “sindérica”.


Después me puse a pensar: ¿cómo arribamos a este despelote? ¿Cómo lo solucionamos? Pues la familia no se defiende por ser familia, ni por ser “célula básica de la sociedad”. Al menos no totalmente. Su causa próxima es la naturaleza humana: estamos de acuerdo con lo pro-vida. Pero la Remota universal, causa de la “proximidad de nuestra propia naturaleza”, es Dios. Y no el Dios “relojero del mundo”, que es el que más o menos preconizan los amantes de la vida, sino el Dios encarnado, Pontífice coronador del sub-orden nuestro. En síntesis: el Dios religador que curó y sobreabundó de vida verdadera la pobre naturaleza humeante. De allí en más, la naturaleza se volvió religiosa.


Y me dije: "Más nos valdría no tener familia, por postular un imposible, a seguir con la farsa de una religión -que al decir de Vázquez de Mella, es el elemento unificador de toda cultura- que alimenta el instinto, la epidermis del homo religiosus, encerrándolo más y más, y haciendo de él una “mónada de intrascendencia”. Para tener una familia sin religión verdadera, pues al diablo con todos".


Reconozco que el razonamiento anterior no es del todo válido. Pero se me figuró ser la consecuencia más cruda de una conclusión anterior, a saber: no hay religión en la Argentina. Hay un sinfín de palabrerío llamado “catequesis”; un montón de ceremonias inválidas e ilícitas, en el peor de los casos, llamado “misas”; un cuerpo de personajes, caricaturescos muchos, penosa y escandalosamente encumbrados otros, llamados “obispos”; cooperativas de edulcorante, máquinas de triturar almas, llamadas “congregaciones religiosas”; y un montón de pelagatos, afanosos en hacer algo por sus vidas, por conversar anónimamente, mas con honestidad, llamados Theseus, etc.


Supongamos, y quiera el Dios altísimo que así sea, que el senado se echa para atrás con su proyecto de unión de putos, evitándose la terrible aberración concomitante de la adopción de niños. Supongamos nomás. ¿Querrá decir que la “familia” saldrá incólume del ataque, que otra vez tendremos “libertad para educar a nuestros hijos”, para inculcarles un modelo “tradicional de familia”? No puse ninguna connotación sobrenatural a los “quiere decir” de atrás. Sencillamente porque no lo tienen. Por doble fuero: las expresiones en sí son vacías (“libertad para educar a nuestros hijos”) y nadie (pastores), que yo sepa o haya leído, ha supuesto, como argumento perentorio, la sobrenaturalidad de la lucha contra el pecado instalado socialmente: “Reforzáos en el Señor y en el vigor de su fuerza. Revestíos la armadura de Dios para que podáis resistir a las maniobras del diablo: pues vuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los Dueños mundanales de las tinieblas de este siglo, contra los espíritus del mal que hay en los espacios cósmicos” (Ef. 6, 10-12)


Vendrán más hecatombes, y se derrumbarán más alcázares. El mundo ya nos habrá probado, se habrá percatado de nuestra falta de seriedad en la lucha, de la falta de adalides. Habrá sondeado qué profundidad tenga nuestra religiosidad, si la de la extensión del parche, la del retorno de las vuvuzelas, o la docilidad al Dios que, en apareciendo el A-nomos, se torna terriblemente serio.


¿Seguiremos con la misma cháchara? ¿Seremos capaces de apuntar a la causa del desprestigio de lo natural que, después de venido, muerto y resucitado Cristo, es el desprestigio, la violación de un orden coronado por la Redención? Lo dudo mucho. Haría falta barrer la jerarquía toda, o casi.


Vayan las soluciones mágicas, la “magistral receta”, que nos preceptuara Castellani, mofándose del pragmatismo del católico argentino, para los apurones de siempre, que creen que por pegar dos gritos en la calle amedrentarán al “Malo”.


“Los argentinos, cuando uno hace cualquier observación o teoría, preguntan ¿qué hay que hacer? Acostumbrados a las recetas, esperan enseguida la recetita. Un argentino que leyera la Crítica de la Razón Pura (dudo que hoy haya uno capaz de ello), quedaría todo frustrado al faltar el último capítulo, el de las "realizaciones prácticas" o "efectividades conducentes" en la obra de Manuel Kant.

"Geniol es mejor y es argentino". "Tome Geniol". "Geniol no tiene más que los ingre­dientes de la 'receta magistral' de los viejos manuales de tera­péutica", que los viejos médicos graduaban conforme al enfermo. Se ha tomado esa receta, se la ha hecho "igual para todos", se ha hecho obligatorio y gratuito su uso. Geniol no es genial. Símbolo de la enseñanza argentina. Voy a hacer yo también "genioles". Voy a decir lo que creo que se debería hacer, aunque sin comprometerme a hacerlo yo, si ningún otro me ayuda.

Yo creo que honestamente todo "capitalista" cristiano debe entregar todos sus bienes a los pobres y ponerse a trabajar; si los pobres le dicen: "ponete a la cabeza y dirigí", bien; si no, se va al campo. Y si no hace eso, no lo reconoce como cristiano el Sátwico que gobierna la iglesia.

Creo que la Iglesia la deben gobernar los sátwicos y no los tomásicos; y la nación los rajásticos. (Utopía).

Creo que todo obispo simoníaco, politiquero o simplemente iletrado e idiota (así los hay), debe ser depuesto. (Sacrilegio).

Creo que el pueblo fiel debe intervenir en la elección de los sacerdotes; y junto con el clero, en la preconización de los Obispos. (Imposibilidad).

Creo que los vestidos de colorado deben entregar la administración de los bienes eclesiásticos a un consejo de competentes, seglares o clérigos; y recibir de ellos solamente lo necesario para su honesto sustento y gastos de oficio. (Imprudencia).

Creo que no se debe ordenar un número fijo de sacerdotes, sino sólo a los que por experimenteo se encuentre probablemente dignos o menos indignos, aunque sea uno solo por año en todo el mundo. (Jansenismo).

Creo que los sacerdotes no deben vivir de la religión o de la renta de ceremonias mágicas, sino de un oficio honesto o rentas de familia; y dar la fe gratis. (Blasfemia).

Creo que los bienes de las órdenes religiosas deben ser controlados por el Ordinario de cada lugar. (Atropello)

Creo que los sacerdotes no han de hacer sus estudios eclesiásticos sino después de hacer un grado en las escuelas nacionales y saber un oficio honesto, y que los estudios eclesiásticos comunes deben ser abreviados y acendrados. No hablo de los "doctorados": esos deben ser alargados. (Temeridad). .

Creo que el que no se muestra cristiano sincero, ha de ser excomulgado. (Dureza de corazón).

Creo que las asambleas cristianas deben ser lo que fueron antes, asambleas eucarísticas, "ágapes".

Creo que ningún sacerdote debe dar la eucaristía a nadie que él no conozca y sepa que no está excomulgado.

Creo que los cristianos deben retirarse lo más que puedan de los espectáculos públicos, los comités y las redacciones de diarios; y no usar de esas cosas malas sin permiso competente.

Creo que los matrimonios deben hacer "de consilio Episcopi", como en la primitiva Iglesia.

Creo que todos los que puedan dejar de casarse, deben dejar de casarse —a lo cual ayudará la escasez de departamentos—.

Creo, empero, que hoy día hay demasiadas monjas; es decir, que algunas monjas de hoy debieran casarse, o ir a sus casas a cuidar a sus padres viejos. (Indiscreción).

Creo que los ricos no deben tener iglesias propias, y en las iglesias comunes sentarse en los últimos bancos. (Resentimiento social).

Creo que debe suprimirse toda la "prensa católica". (Inoportunidad).

Creo que deben suprimirse todos los partidos católicos o democristianos. (Falta de visión política).



Una vez más, deberemos esperar la misma cantinela del catolicismo agropecuario. Y más futilidades, más marchas y más tambores.


Por lo que a mi respecta, me repugnan esas manifestaciones de religiosidad rebañega, sin sentido, o con muy poco. Pero no se me escapa que, por la terrible confusión del pueblo cristiano, a cada cual le viene bien, o más a mano, “manifestarse”. Cada cual hace lo que puede, y si lo hace en conciencia, con la esperanza de que contribuye a la causa de Dios, pues no dejo de felicitarlo. Y mucho menos negar el arrojo honesto de muchos católicos del palo que, como yo, ven la misma porquería, se duelen de los mismos males y reniegan de los mismos entregadores.


Me viene a la cabeza el pasaje bíblico de la lucha de Jacob con el ángel (Gn. 32, 22-32). Perseguido por su hermano Esaú, el santo patriarca pone a resguardo a su mujer y sus hijos, y lucha contra un misterioso personaje, desde el atardecer hasta el alba. Me permitirán la alegoría, hermanos, pero se me hace que en estos pocos versículos está como condensada la historia de la Iglesia, en su núcleo más profundo. Jacob, “hombre apacible, amante de la tienda” –Esaú, “diestro cazador y hombre agreste”- (Gn. 25, 27), figura de la Iglesia que está en permanente lucha contra Dios. En sus años mozos, con la fuerza terrible de la unción bautismal, el fárrago de testigos que corrieron el buen combate, arrebatando la morada del Altísimo por asalto. En el atardecer de sus días, cansada de vaivenes, frenética de refriegas y rodeada por su propia descendencia, no logra esquivar el certero golpe de su Esposo, que la deja íntegra, pero renga. No se rinde, porque, paradójicamente, su contrincante la retiene.


Es verdad que, cuando nos ponemos a examinar la historia entera del cristianismo desde el principio, no hallamos más que una sarta de dificultades y anomalías. Cada siglo es como cualquiera de los demás y, a quienes viven en él, les parece peor que todas las épocas precedentes. La Iglesia está siempre achacosa y se arrastra en la debilidad, «siempre transportando en su cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor 4, 10). Parece siempre que la religión está a punto de expirar, que los cismas predominan, que la luz de la verdad está empañada, y los que se adhieren a ella dispersos. La causa de Cristo está siempre en su última agonía, como si sólo fuera cuestión de tiempo si su agotamiento final será tal día o tal otro. Los santos siempre están a punto de desaparecer de la tierra, y Cristo a punto de llegar, de modo que el día del Juicio no deja nunca de ser, al pie de la letra, inminente; y nuestro deber consiste en vigilar siempre su llegada, sin sentirnos contrariados porque, después de haber dicho tan a menudo «ahora es el momento», al final, contra nuestras expectativas, la verdad ha recuperado algo sus fuerzas. Esa es la voluntad de Dios: reunir a sus elegidos, uno a uno, poco a poco, en los periodos en que brilla el sol entre tormenta y tormenta, o quitarlos súbitamente de la irrupción del mal, incluso cuando las olas arrecian más furiosas que nunca. Bien pueden los profetas exclamar: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Cuándo acabarán estos prodigios?» (Dn 12, 6). ¿Cuánto tiempo seguirá adelante este misterio? ¿Cuánto tiempo sostendrán a este mundo perecedero las frágiles lámparas que luchan por la existencia en su atmósfera insalubre? Sólo Dios sabe el día y la hora en que por fin tendrá lugar lo que siempre nos está advirtiendo; mientras tanto, obtenemos la medida de nuestro consuelo de lo que ha sido hasta ahora: ni desanimarse, ni abatirse, ni impacientarse por las desgracias que nos circundan. Siempre las ha habido, siempre las habrá; son la parte que nos toca. «Levantan los ríos, Señor, levantan los ríos su voz, levantan los ríos su fragor. Más que la voz de aguas caudalosas, más potente que los rompientes del mar, más potente en la altura es el Señor» (Sal 93, 3 s.).(Newman)



El golpe de Israel coincidió con su cansancio, despuntando el lucero.



“Salía el sol cuando pasó de Panuel, e iba cojeando del muslo” (Gn. 32, 31)

7 comentarios:

Anónimo dijo...

yo no se si "haciendo cosas" podemos ganar ciertas batallas.
Al fin y al cabo, Dios es quien las gana.
Lo que si se, es que ninguna se ha ganado haciendo nada.(o haciendolas mal).

Del desaliento a la autocompasion, hay un suspiro

Teseo dijo...

Anónimo:

efectivamente, coincido con Ud. Hacer las cosas mal trae como consecuencia volver a hacerlas mal, a no ser que aprendamos la lección. Pero la Argentina, la Iglesia argentina, de lecciones está llena, de aprendizajes, no tanto.

Quién sabe, a lo mejor cabe otra lección más. El miércoles veremos. (http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1282384)

Coronel Kurtz dijo...

Durísima entrada, estimado Teseo. Durísima. Pero necesaria. Y, además, comparto su último comentario.

Ver a mis "amigos" pro-vida festejando ayer, me repatea el estómago. Ay, el mal menor...

(Además, quién nos asegura que lo que en verdad buscaban no era la unión civil que, al menos, les asegura la parte monetaria de la cuestión. En negociación existe una táctica muy usada que se suele llamar "exigencia desmesurada", cuya idea es lograr, por reacción de la contraparte, un supuesto justo medio que en realidad es lo que se buscaba pero que se sabía que si se pedía de entrada no se iba a conseguir.)

Anónimo dijo...

Me permito decir que hay ciertos post que realmente me plantean un hecho gravisimo de accion contra la Iglesia, casi tan graves como los de el Padre Alessio, Mariani o el estupido de Quilmes que escribe en pagina 12.
Es verdad que nos acordamos tarde en la acción de defensa a la familia que esta siendo destruida sistematicamente desde hace mas de 25 años, pero tambien es cierto que fue la acción de los fieles que salieron a la calle lo que obligo a muchos pastores a comenzar a hablar, porque en verdad eran pocos, quizas y principalmente uno quien decía lo que debía decir desde hace mucho tiempo. Es verdad que estuvimos dormidos pero es necesario despertarnos y si nos despertamos de esta manera bien vale la pena, por otro lado es necesario decir lo que debemos decir y actuar, pero tambien mucha de esta gente sigue conservando la fe y por eso muchos de los que salieron y motivan el esfuerzo son jovenes, son ellos los que estan promoviendo una gran acción para la oración, y esto se aprende mucho mas que con un catecismo dedibujado como se plantea aca y viven la gracia que brota de un sacramento que no puede ser tratado como ha sido aca y que exijo sea rectificado, es la Liturgia de la Iglesia que a veces (muchas lamentablemente) no es celebrada con el honor y la dignidad que tiene. Os mando un gran abrazo
Marcelo

Teseo dijo...

Estimado Marcelo:

si lee bien el post, verá que no me largo directe sobre la buena fe de los fieles que, como ha pasado y sigue pasando, han salvado las papas en más de una ocasión, allí donde debiera haber brillado la luz pastoril.

Por lo que respecta a la rectificación que exige, no veo haya yo tratado con desmedro la gracia sacramental. Si Ud. puntualizara un poco más, estoy dispuesto a aclarar, y si hace falta, a rectificar el entuerto.

Suyo

Anónimo dijo...

Y esto, ¿qué opinión le merece, Theseus? Ya sé que viene de JB, pero parece bastante buena la nota.¿será un intervalo lúcido del cardenal o un simple acting para quedar bien con Roma?



+ Carta del Cardenal Bergoglio a los Monasterios de Clausura
in Observación
Obispo: Mons. Jorge Bergoglio, SJ
Queridas hermanas:

Les escribo estas líneas a cada una de Ustedes que están en los cuatro Monasterios de Buenos Aires. El pueblo argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una situación cuyo resultado puede herir gravemente a la familia. Se trata del proyecto de ley sobre matrimonio de personas del mismo sexo.

Aquí está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papa, mamá e hijos. Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones.

Recuerdo una frase de Santa Teresita cuando habla de su enfermedad de infancia. Dice que la envidia del Demonio quiso cobrarse en su familia la entrada al Carmelo de su hermana mayor. Aquí también está la envida del Demonio, por la que entró el pecado en el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra. No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una “movida” del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.

Jesús nos dice que, para defendernos de este acusador mentiroso, nos enviará el Espíritu de Verdad. Hoy la Patria, ante esta situación, necesita de la asistencia especial del Espíritu Santo que ponga la luz de la Verdad en medio de las tinieblas del error; necesita de este Abogado que nos defienda del encantamiento de tantos sofismas con que se busca justificar este proyecto de ley, y que confunden y engañan incluso a personas de buena voluntad.

Por esto recurro a Ustedes y les pido oración y sacrificio, las dos armas invencibles que confesaba tener Santa Teresita. Clamen al Señor para que envíe su Espíritu a los Senadores que han de dar su voto. Que no lo hagan movidos por el error o por situaciones de coyuntura sino según lo que la ley natural y la ley de Dios les señala. Pidan por ellos, por sus familias; que el Señor los visite, los fortalezca y consuele. Pidan para que ellos hagan un gran bien a la Patria.

El proyecto de ley se tratará en el Senado después del 13 de julio. Miremos a San José. A María, al Niño y pidamos con fervor que ellos defiendan a la familia argentina en este momento. Recordémosle lo que Dios mismo dijo a su pueblo en un momento de mucha angustia: “esta guerra no es vuestra sino de Dios”. Que ellos nos socorran, defiendan y acompañen en esta guerra de Dios.

Gracias por lo que harán en esta lucha por la Patria. Y, por favor, les pido también que recen por mí. Que Jesús las bendiga y la Virgen Santa las cuide.

Afectuosamente,

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., arzobispo de Buenos Aires

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Teseo, acabo de ver en History Channel el trabajo de Isaac Newton sobre el Apocalipsis… Interesante, porque habla expresamente de la Reconstrucción del Templo de Jerusalén desalojando a la Mezquita que está encima de sus ruinas…

Parece que se están apurando.

Repiten el programa el Domingo a las 21,00hs.