Conciencia, caridad y contemplación: Guillermo de Saint-Thierry


Había comenzado con gran entusiasmo a leer el Comentario de Guillermo de Saint-Thierry al Cantar de los Cantares. Me cansó hacia la mitad (alegorías de no acabar), así que lo dejé hacia un costado del anaquel. Y hoy -casi un mes después-, para no sufrir la sensación de haber sido vencido por un libro que no piensa, lo agarré de nuevo, y leí estos párrafos que quiero compartir con ustedes. Me iluminaron muchísimo, me inflamaron, mejor dicho.

¡Qué peligro de derramarnos al exterior, buscando consuelos y beneplácitos! Y muchas veces con un buen envoltorio, con el mejor dellos: el de la caridad. No consistiendo el peligro en practicar el amor fraternal, de cristianos auténticos, sino en atrofiar la fuente de donde brota el amor, el lugar de encuentro de los amantes, nuestra conciencia divinizada, olvidamos volver al silencio contemplativo, al lecho esponsal, a la Verdad que mora dentro nuestro y que, al decir de Guillermo, se ama en nosotros. Subida experiencia mística a la que todos debemos aspirar, y que tan fascinante, al menos a mí, se me muestra en medio de una ciudad que fluye, de un yo que se derrama.

Les recomiendo también esta catequesis de Benedicto XVI, del 2 de diciembre de 2009, acerca del abad Guillermo.

Que aprovechen.




OCTAVA ESTROFA

(1, 14-16)


El Esposo: -¡He aquí que eres bella, amada mía,

He aquí que eres bella!

Tus ojos son ojos de paloma.


La Esposa: -¡Qué hermoso eres, Amado mío,

Qué apuesto!

Nuestro pequeño lecho

Está cubierto de flores.

Las vigas de nuestra casa

Son de cedro,

Su artesonado es de ciprés.




95. "Nuestro pequeño lecho está cubierto de flores." El lecho cubierto de flores es la conciencia apacible; el gozo, en ella, del Espíritu Santo, es, en su misma fuente, la inagotable fruición de la verdad. De él dice también el Esposo: "¿Sobre quién reposará mi Espíritu, sino sobre el humilde y pacífico y que tiembla en mis palabras? (Cf. Is. 66, 2)" Es bueno detenerse en la belleza de este lecho florido, rodear sus agradables delicias, donde florece la belleza de la castidad y la caridad, perfumadas por la gracia de los conocimientos o experiencias espirituales, y que exhalan la fragancia de la divinidad y una virtud de eternidad.


Allí, en efecto, se realiza esa unión admirable, esa mutua fruición de la suavidad, de la alegría incomprensible, inimaginable aun para aquel que la experimenta, entre el hombre y Dios, el espíritu creado y el increado. Se los llama Esposa y Esposo, y la lengua humana busca las palabras para expresar, de alguna manera, la dulzura y la suavidad de esta unión, que no es otra que la unidad del Padre y del Hijo, su beso mutuo, su abrazo, su amor, su bondad y todo lo que, en esta unidad infinitamente simple, es común a ambos. Todo esto es el Espíritu Santo, Dios, caridad, donante y don al mismo tiempo. Allí, en ese lecho, se intercambia ese abrazo, ese beso, en los cuales la Esposa comienza a conocerse como es conocida; y como los amantes, en sus besos, por un mutuo y suave intercambio, transfunden uno en el otro sus almas, así el espíritu creado se derrama enteramente en el Espíritu que lo crea por esta misma efusión; a su vez, el Espíritu creador se infunde según quiere y el hombre se hace con Dios un solo espíritu.


96. Este es el único refugio para los hijos del Esposo en las persecuciones y pruebas durante las amarguras de esta vida, el único reposo en los trabajos y consuelo en los sufrimientos, la luz de la vida, la solidez de la fe, la prenda de la esperanza, el dulce alimento del amor, de la caridad que progresa hacia Dios. Por eso, el vaso de elección, después de haberse mostrado, según sus propias palabras, como servidor de Dios "con mucha constancia en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en castidad, ciencia, longanimidad", como si, agotado por tantos trabajos, fuera a buscar refugio y reposo en el pequeño lecho cubierto de flores, añade en lo que sigue: "En suavidad, en el Espíritu Santo (II Cor. 6, 4-6)."


97. Feliz la conciencia que, buscando sin cesar la faz del Señor (Cf. Sal. 104, 4), después de la opresión de los trabajos corporales, después de las dificultades de los ejercicios espirituales, tiene siempre preparada, a su disposición, una morada de reposo, un pequeño lecho, quiero decir, cubierto de flores; a saber, la alegría íntima de su propio testimonio, del que habla el mismo Doctor de los gentiles cuando dice: "Nuestra gloria es el testimonio de nuestra conciencia. (II Cor. 1, 12)"


Feliz también la conciencia que, abandonando el gozo de esta suavidad interior para cumplir una obra necesaria, requerida por la caridad, tiene siempre preparado allí un lugar para el regreso, lo que no siempre es posible a quien, en cada una de sus salidas, sale totalmente de sí. Cuando, a veces, para realizar una tarea exterior, debe alejarse del lecho cubierto de flores, su delicado discípulo no debe jamás hacerse totalmente extraño a él, sino que debe dejar siempre algo de sí en su interior que custodie fielmente el lugar, de modo que el que se ve obligado a salir permanezca siempre ligado por un sólido vínculo de amor, para que no se aleje demasiado. Permanezca siempre en el interior el amor de la verdad, aunque las exigencias del amor lo obliguen a salir, y que la fuerza de la exigencia exterior jamás predomine hasta el punto de sustraer completamente el alma de la Esposa al dominio de la suavidad interior".


98. Cuando, con la apariencia de este mundo, haya pasado toda iniquidad, entonces también pasarán todas estas exigencias y la unión del Esposo y la Esposa será plena y perpetua en la plenitud de la semejanza, porque no solamente el Esposo será visto tal cual es, sino que toda alma que haya merecido ser Esposa será semejante a Él. También el beso será pleno cuando, mirándose mutuamente a los ojos y una en brazos del otro, la fruición se haga plena y perfecta. En adelante, ya nadie vendrá a despertar a la Esposa, ni la hará levantar, hasta que ella quiera; y ella, evidentemente, no lo querrá jamás.


99. Mientras tanto, en medio de las tribulaciones de esta vida, para ayudar a sus trabajos y consolarla en su espera, dispone un paraíso para el alma buena y para la buena conciencia un pequeño lecho cubierto de flores, donde no se goza del beso de eternidad y de la unión perfecta, pero sí, al menos, de una cuidadosa imitación de ese beso, de esa perfección, una cierta analogía de aquella unión y semejanza.


De hecho, bajo la acción del Espíritu Santo, el espíritu del hombre y el sentido iluminado del amor alcanzan a veces de ellos una visión fugaz; entonces el alma amante se llena de dulzura y es arrebatada por lo que más bien es amado que pensado, saboreado más que comprendido. Y por un momento, por una hora, afecta tanto a la amante, asegura de tal modo su impulso, que le parece ver ahora con sus ojos, tener y palpar con sus manos, no ya en esperanza, sino casi en la realidad, por el testimonio de una fe activa, la sustancia misma de las cosas que esperamos referentes al Verbo de vida (Cf. Hebr. 11, 1 y I Jn. 1, 1)


100. Este es, oh Padre, el consuelo que das a tus hijos, y que les prometiste diciendo: "No os dejaré huérfanos, me voy y volveré a vosotros (Jn. 14, 18 y 28)". En efecto, inclinando tus cielos, te dignas descender (Cf. Sal. 143, 5) hasta tus hijos, a quienes la esperanza retiene cautivos en la cárcel de este exilio, y vives y caminas entre ellos (Cf. II Cor. 6, 16); y, poco a poco, vas dando forma con tu gracia a la fe, que, gracia por gracia (Cf. Jn. 1, 16), Tú mismo derramaste en sus corazones; bajo su acción, van conformando a ella su mente y su vida, logrando esa semejanza que inmediatamente va acompañada de gozo.


Padre bueno, buen Señor, bueno en todo lo que eres, te muestras, te manifiestas como eres a sus deseos, es decir, bueno, y como siempre sale de ti una fuerza que sana nuestras enfermedades (Lc. 6, 19), los tocas con una especie de contacto de sensación de tu bien y los haces buenos a partir de ti mismo; de este modo, siendo bueno, eres amado por los buenos y Tú mismo te amas en ellos, Tú mismo los afectas misericordiosa y suavemente, y, con todo derecho, justicia y sabiduría, te amas por medio de ellos.


No es extraño a ti el que te gusta, ni está lejos el que te alcanza, si se puede alcanzar a aquel a quien ningún lugar material ni espiritual, ninguna percepción corporal o intelectual pueden alcanzar. Pero el seno del amor, cuando te ama o procura amarte tal como eres, se dilata, extendiéndose para alcanzar tu grandeza, y entonces alcanza al inalcanzable, comprende al incomprensible. ¿Por qué decimos: alcanza? Si más bien el Amor mismo, es decir, lo que Tú eres, es tu Espíritu Santo, oh Padre, que procede de ti y del Hijo, con quien Tú y el Hijo son uno. Cuando el espíritu del hombre merece estar estrecha' mente unido a Él, el espíritu al Espíritu, el amor al Amor, el amor humano se vuelve en cierta manera divino; y, en adelante, cuando ama a Dios, el hombre ciertamente es el operario, pero Dios es el que obra. En efecto, no Pablo, sino la gracia de Dios con él (I Cor. 15, 10)



Guillermo de Saint-Thierry, Comentario al Cantar de los Cantares, Bs. As., Claretiana, 1979, pp. 107-112.

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