Doctrinas pirómanas de un "Siervo de Dios"



No doy aun con el paradero de "Monseñor Pironio ¿Pirómano?", de Thomás Gilbert. Mientras continúo en la incesante búsqueda, les dejo una chispa de liberación.

Para quién esté interesado en el seguimiento de la causa de beatificación del Siervo de Dios Eduardo Pironio, puede ir a la página de la ACA aquí.

Para quién tema que alguna vez Pironio sea propuesto como modelo de ortodoxia, le recomiendo empiece a rezar en contra, como decía mi abuela.


De: Mons. Eduardo Pironio, Escritos pastorales, Madrid, BAC, 1973, 71-77.






I. EL HECHO



5. Corresponde a la teología interpretar, a la luz del Evangelio, los acontecimientos que forman la trama de la historia y dentro de los cuales se mueve providencialmente la Iglesia.

Con respecto al tema de la liberación, «el hecho» se nos plantea desde tres perspectivas distintas: la aspiración
universal de los pueblos a la liberación, el compromiso creciente de determinados grupos (p. ej., los jóvenes) y la actitud asumida por la Iglesia latinoamericana en Medellín.

El anhelo de liberación constituye una característica fundamental de nuestro tiempo en América latina. Las generaciones jóvenes son particularmente sensibles al fenómeno. Y la Iglesia ha tratado de escuchar con fidelidad la voz del Espíritu. Es que, si la aspiración es legítima, el compromiso liberador del cristiano es impostergable. Con tal que su tarea, sin embargo, sea exclusivamente e
ncuadrada en el marco religioso de sus esenciales exigencias evangélicas. Es decir, con tal que entienda que la liberación no implica la violencia ni se puede reducir a la sola superación de las inmediatas servidumbres de la historia.

Su perspectiva es siempre escatológica y penetra la totalidad del hombre.

«Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte» (M 14,2). La respuesta será, entonces, presentar una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo hombre y de todos los hombres (M 5,15). Será ésta sobre todo, la mejor respuesta a
los legítimos y vehementes reclamos de la juventud.

No siempre, sin embargo, el anhelo de liberación de los pueblos coincide exactamente con la respuesta esencialmente religiosa que puede dar la Iglesia. Por lo mismo, aunque encierre elementos comunes con otras ideologías, el concepto de liberación (por consiguiente, el compromiso liberador) presenta para el cristiano una dimensión muy distinta y exclusiva
. Aunque el término sea el mismo, su contenido es esencialmente diverso.

La «liberación» constituye una de las aspiraciones más hondas y fuertes de nuestros pueblos. Es uno de los signos de los tiempos que hemos de interpretar a la luz del Evangelio. Tal aspiración profunda pertenece al designio salvífico de Dios. Es una llamada de Dios al hombre. Una irrupción de su gracia. Un comienzo de su acción salvadora. Dios le descubre al hombre la profundidad de su miseria y la grandeza de su destino. Le revela su vacío y su vocación divina a realizarse en la plenitud de su ser.

6. Este anhelo de liberación surge de la conciencia, cada vez más clara y dolorosa, de un estado de dependencia y opresión interna y externa. Dominio del hombre por el hombre, de un pueblo por otro pueblo. Esta visión, más profunda y trágica, completa y ahonda la simple comprobación inmediata de un estado de subdesarrollo o marginación. Llega hasta las raíces mismas del problema y señala sus causas.

Paralelamente despierta la conciencia, en los hombres y los pueblos, de ser ellos mismos, por voluntad de Dios, los artífices de su propio destino. Pero se sienten amarrados por condiciones de vida tales—sistemas y estructuras—que les impiden ser los auténticos realizadores de su vocación, los activos constructores de la historia.

Sienten por eso la necesidad urgente de cambios estructu¬rales profundos que les permitan la creación de un hombre nuevo en el advenimiento de una sociedad más justa y fraterna.

Por un lado, la liberación importa el sacudimiento de todo tipo de servidumbre. Por otro, es la proyección, hacia el futuro, de una sociedad nueva donde el hombre pueda, libre de presiones que lo paralicen, ser el sujeto activo de sus propias decisiones. Es decir, por un lado, la liberación es concebida como superación de toda esclavitud; por otro, como vocación a ser hombres nuevos, creadores de un mundo nuevo.

No se trata simplemente de desarrollar ciertas posibilidades (económico-sociales) para que los hombres tengan más. Se trata de cambiar radicalmente aquellas estructuras injustas que impiden que los hombres sean más.

7. Con frecuencia, entre nosotros, este legítimo deseo de liberación va siendo acompañado de desesperadas manifestaciones de violencia. No podemos aprobarlas ni justificarlas: «la violencia no es evangélica ni cristiana» (PABLO VI). Pero tampoco podemos condenarlas con ligereza sin analizar con seriedad sus causas. Hay una «violencia institucionalizada» (M 2,16) que provoca con frecuencia el drama de la violencia armada. Ciertas grandes crisis de la historia—enseña Pablo VI—podrían haber sido superadas «si las reformas necesarias hubiesen prevenido tempestivamente, con sacrificios valientes, las revoluciones explosivas de la desesperación» (Bogotá, 23-VIII-68).

Un intento cristiano de liberación debe hacerse siempre por los caminos de la paz. Pero de la paz verdadera, que es fruto de la justicia y del amor. «Si el cristiano cree en la fecundidad de la paz para llegar a la justicia, cree también que la justicia es una condición ineludible para la paz» (M 2,16).

Todo cambio de estructuras, radical y profundo, debe hacerse desde dentro, con la efectiva participación de todos y la conveniente transformación interior. Se exige rapidez, pero se excluye la precipitación y la violencia.


8. Este es el hecho: por un lado, aspiración profunda de los hombres y los pueblos a su liberación; por otro, creciente sensibilidad de compromiso liberador en determinados grupos (cristianos o no cristianos).

Corresponde a la Iglesia interpretar este hecho a la luz del Evangelio. Ante todo, tomar conciencia de su importancia dramática. En la introducción a las «Conclusiones de Medellín» decían los obispos: «Estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva» (M 1,4).

La liberación supone quitar todo lo que oprime, facilitar al hombre la realización plena de su destino y construir la histo¬ria en la auténtica comunidad de los pueblos. El camino hacia la liberación es siempre un camino a la maduración personal en la verdadera comunión de los hombres. Es hacer que cada hombre sea el artífice principal de su éxito o de su fracaso, pueda crecer en humanidad, valga más, sea más (PP 15).

La Iglesia descubre en Medellín una dolorosa situación de subdesarrollo y marginalidad producida por estructuras de dependencia social, económica, política y cultural. La raíz misma del subdesarrollo es la dependencia injusta. Hay estructuras injustas—culpablemente mantenidas por grupos interesados de poder—que impiden a muchos el acceso a la cultura, la participación en la política, la mejor repartición de los bienes de la naturaleza. De allí las actitudes de protesta y aspiraciones de liberación. De allí también el desafío de un compromiso liberador y humanizante (M 10,2).

9. Frente al hecho—y a la urgencia de su desafío—la Iglesia asume el compromiso evangélico de liberar plenamente al hombre y a todos los hombres. Pertenece a la esencia de su misión, como continuadora de la misión de Cristo, el Salvador. «Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que, hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado. En la historia de la salvación, la obra divina es una acción de liberación integral y de promoción del hombre en toda su dimensión (M 1,3 y 4).

No es de extrañar por eso que, en el fondo, casi todos los «Documentos de Medellín» apunten a lo mismo: a comprometer a la Iglesia en el proceso de la promoción humana integral de los hombres y los pueblos, a fin de que cada hombre y cada pueblo puedan realizar libremente su vocación original y propia.

A ello tienden también el compromiso para una nueva evangelización del continente (que permita una fe más personal y comunitaria, más madura y comprometida) y la revisión de las estructuras visibles de la Iglesia.

No es de extrañar tampoco que la mayoría de los «Documentos» sean fundamentalmente enfocados desde las exigencias evangélicas de la liberación integral y plena.

10. Pero hay, sobre todo, algunos de ellos que merecen
una atención particular. Tales, por ejemplo, los de «Justicia y Paz», «Educación», «Catequesis», «Movimiento de los laicos», «Pobreza de la Iglesia».

Concretamente en el campo de la educación, la liberación es presentada como «anticipo de la plena redención de Cristo» (por consiguiente, tarea esencial de la Iglesia) y como verdadera creación del «hombre nuevo», hecho a imagen del «Cristo pascual, primogénito entre muchos hermanos» (M 4,9).

«La educación liberadora»—«la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo»—es concebida esencialmente como «creadora», es decir, la que anticipa el nuevo tipo de sociedad donde el hombre (hecho persona en comunión) se siente redimido de las servidumbres injustas y se convierte en artífice de su propio destino (M 4,8).

11. La idea de liberación constituye así como una de las ideas-fuerza de Medellín. Como una línea teológica constante en la mayoría de sus «Documentos».

Pero es preciso interpretarla bien, en toda su riqueza bíblica, en todo su contenido pascual y escatológico, en la totalidad de sus exigencias evangélicas.

No podemos reducir la liberación a la simple esfera de lo interior y definitivo (gracia y escatología). Pero tampoco podemos reducirla a lo puramente histórico y temporal.

La liberación debe ser entendida, a la luz de Cristo y misterio pascual, en su sentido pleno: realización en el tiempo de la salvación integral, en la totalidad del hombre y su historia, en tensión permanente hacia la consumación escatológica.

La liberación supone esencialmente la creación del «hombre nuevo». Pero plena y definitivamente nuevo, según el esquema del Señor resucitado, hecho «hombre nuevo» (Ef 2,15) por el «Espíritu de santidad» (Rom 1,4), que le devolvió la vida (Rom 8,11). Lo cual supone la recreación en Cristo mediante el don del Espíritu y la consumación por la gloria.

El hombre nuevo es el que dice relaciones nuevas con Dios, con los hombres, con el mundo. El hombre de la plena comunión divina, fraterna, cósmica. El hombre que es verdaderamente hijo de Dios, hermano de los hombres y señor de las cosas. El hombre que se decide a crear una sociedad nueva, más justa y fraterna.

12. La liberación tiene así un sentido temporal y un sentido eterno. Se realiza «ya» en la historia (mejor, es el único modo de realizar la historia), pero «todavía no» puede ser acabada hasta que el Señor vuelva. Se inscribe siempre en la tensión de la esperanza escatológica. El hombre se realiza en su plenitud acabada (aun en lo humano) en la eternidad. Sólo entonces será definitivamente él mismo, cuando alcance la perfección de la similitud divina (1 Jn 3,2).

La liberación tiene además un sentido espiritual y un sentido material. Es todo el hombre el que debe ser liberado (cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad) (GS 2). Se trata de quitar del corazón del hombre el pecado, que esclaviza (Jn 8,34), liberarlo del poder de las tinieblas para trasladarlo al reino del Hijo del amor (Col 1,10).

Pero se trata también de desprenderlo de todas las servidumbres derivadas del pecado (egoísmo, injusticia, ignorancia, hambre, miseria, desnudez, muerte, etc.).

La liberación tiene, finalmente, un sentido personal y un sentido social (en cierto modo, un sentido cósmico). No es sólo el hombre el liberado. Son también los pueblos, es la entera comunidad humana, es toda la creación, «liberada ya en esperanza» (Rom 8,20-21). El hombre es plenamente liberado, no sólo en su interioridad personal, sino en su esencial relación con los otros hombres y con el mundo entero.

El hombre es enteramente libre cuando puede hacer libres a los demás, cuando puede construir libremente su historia, cuando puede preparar el mundo para su liberación completa. Entonces es verdaderamente «señor», a imagen de Cristo, «Señor de la historia».

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Un poco oscurantista este cardenal, ¡cómo que el hombre tiene que ser señor de las cosas! se ve que todavía no había llegado la "ola verde", nuevo signo de los tiempos.

Y sobre el final, donde habla sobre la liberación de la pobreza, la desnudez (...), la muerte, respecto de esta última no parece referirse a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, sino, más bien, a algo así como una liberación de la muerte física. Me pregunto qué método piensa aplicar para eternizar la vida sobre la tierra... en fin, qué paciencia la suya, Theseus, para ponerse a exhumar estos textos.

Hay que ver que hubo un pequeño giro entre Medellín y Aparecida, si bien,lo confieso, no he leído, ni pienso leer, los km de palabras producidos en ambos encuentros. ¿Se habrán avivado en la congregación donde se ocupan de las canonizaciones? (que no sé qué nombre tiene, perdón).

A3

Juancho dijo...

Teseo:

Si bien toda la gente parece doctrinalmente seria y bien formada no lo quiere a Pironio, conozco un sacerdote muy bueno y recto, que lo conoció personalmente y que da testimonio de su santidad personal, de su vida de oración, de su profunda piedad, etc... etc...

Aun así, reconocía que su paso como obispo de Mar del Plata no fue bueno.

Juancho.

Teseo dijo...

Juancho:

mire Ud. Yo también conozco curas, y hasta de los de mitra “buenos”, que dan "testimonio" de su santidad y qué se yo. Tal vez haga falta que algún memorioso nos cuente de su influencia en el CELAM, de sus repercusiones en el tiempo. Me arriesgo a decir que muchos de los zurdengues, curas, obispos y laicos, que pulularon en épocas anteriores, vieron promoción por Pironio.

Por lo demás, las palabras que copio en el blog son muy claras, ¿no le parece?

Juancho dijo...

Teseo:

sí, tiene razón. Esas palabras son fuertes. Además tlos Pironio fan de la Acción Católica que conozco son en su mayoría de terror. Al menos en su doctrina.

Yendo a Pironio, me parece que lo que pasó es que en esos años corría un espíritu del tiempo (zeitgeist creo que se dice) al que era muy difícil sustraerse. Incluso alentado por la más alta jerarquía. La civilización del amor y todo eso.

Que se yó, capaz hoy podemos ver más claras cosas que para gente buena de aquellos años no lo era tanto.

No sé, no sé.

Juancho.

Coronel Kurtz dijo...

Ciertamente que tener que volver a exhumar todos estos textos del tercermundismo setentista puede parecer masoquismo. Pero la cuestión es que ciertas "fuerzas" pretenden canonizar a todos estos personajos reescribiendo la historia, cfr. para este mismo caso la hagiografía escrita por De Vedia y publicada por Paulinas en papel fotográfico, y por la que el periodista recientemente fallecido recibió importantes recompensas del Cardenal J.B.

La tarea de Teseo, Catapulta y otros que no olvidamos lo que sucedió en la Iglesia argentina de los '60 y '70, ni la responsabilidad de muchos clérigos en el surgimiento y posterior reclutamiento de organizaciones guerrilleras, es importante por eso mismo. No nos mueve el revanchismo, sino el evitar que se reescriba la historia, se inventen martirios, es oculten escritos incendiarios, etc.

Beatriz Reyes Oribe dijo...

Don Teseo:

Si no encuentra libro sobre pirómano se lo fotocopiamos.

Saludos desde el bosque cerquita del agua...