El canto en lo Sagrado


La cuestión del canto litúrgico reviste, hoy más que nunca, una importancia capital. El avance de la fealdad, del mal gusto, parecen ser imparables. Dan en nuestras almas, constantemente. En las calles, en los subtes, en los mismos monitores, inoculando un formato estandarizado de figuras estáticas, de ritmos enloquecidos, de contorneos arrastrantes.

Decía Fray Petit de Murat que lo feo angustia la inteligencia. Y vaya si es cierto. El cultismo de lo retorcido choca con la luz de la razón, hecha para campear en los contornos de lo sublime, que dijera Kant.

Lo Sagrado, de alguna forma, agota el concepto de belleza. Como decían los antiguos, es tremendo, y a la vez fascinante. Excita los sentidos espirituales, y penetra en las habitaciones reales del espíritu.

Es la música, en los límites de lo sagrado, el transporte más eficaz hacia el fascinante mundo de lo espiritual. Y la Iglesia, celosa de allanar los senderos hacia lo tremendo, ha contribuido, en los silenciosos lugares donde se trenzan las pausadas plegarias monacales, a sublimar los ritos con el gesto prístino de la entonación sagrada.

Lamentablemente, el huracán diabólico del padre de la desentonación vino a borrar en gran medida el sentido de lo sagrado en el canto religioso. Lo que el progresismo niega en sus ceremonias sacrílegas es nada más y nada menos que el Ser convertido con la pureza ritual, el puente diligentemente levantado por los viejos ingenieros de la voz que nos arrebataba de los tugurios mundanos. Barrido el límite entre lo sagrado y lo profano, queda solo urdir pasarelas, tambaleantes entre dos abismos: el de lo sagrado mundaneado y el de lo profano salpicado de sagrado.

Los dos textos del maestro Disando que siguen a continuación sirvan para ilustrar lo dicho al respecto.



De: Carlos Disandro, El son que funda, La Plata, Decus, 1996, pp. 341-346.


EL CORO GREGORIANO (II)


El abandono del canto gregoriano por la comunidad cristia­na señala, en cierto modo, la quiebra de los más auténticos y eficaces valores estéticos del culto católico. Desde el punto de vista religioso, por otra parte, este abandono implica la altera­ción de los vínculos normales con la "fuente primera e indispen­sable del verdadero espíritu cristiano" y, por lo tanto la desapari­ción del vínculo entre el culto y la cultura cristiana. En esta ocasión, sin embargo, sólo queremos referirnos a aquellos valo­res estéticos del coro gregoriano y a su significación fundamental en la historia de la expresión cantada.


Hablando del canto alemán -popular y artístico- hemos afirmado que en el canto las cosas viven la anticipación de su vida transfigurada. El canto corona la realidad y la interioriza trasladándola a un ámbito propio. Este principio se cumple y, sobre todo, se manifiesto con una plenitud particular en el dominio unisónico del coro gregoriano. Desde el punto de vista estético encontramos: primero, la más íntima unión entre pala­bra y melodía; segundo, la más perfecta significación de la palabra como dimensión de la comunidad, que vive el acto de su transfiguración propia y promueve en consecuencia la trans­figuración del cosmos entero en el universo simbólico de la liturgia; tercero, el acto más perfecto de inspiración, que no está sometido al mundo cambiante de la emoción humana, sino que traslada, en cierto modo, la dirección y el sentido de la bienaventuranza divina: todos en uno y uno en todos. De ahí nace la objetivicidad del canto gregoriano, su limpidez expresiva y el carácter humano-divino, por así decir, con que su melodía rescata las cosas y el hombre de la precaria cotidianeidad que las quiebra y desgasta, para otorgarles el movimiento de la gloria La glorificación, pues, se cumple en la dinámica del coro gregoriano que es, desde este punto de vista, la más perfecta instancia pedagógica y la que construye la interioridad religiosa al margen del individualismo, inoperante y estéril.


Muchos católicos, lamentablemente, han olvidado el estudio de los grandes documentos pontificios de Pío X, Pío XI y Pío XII sobre la importancia primordial de esta pedagogía en la forma­ción del pueblo cristiano. En múltiples ceremonias, capitales en cuanto el pueblo cristiano asiste allí no como masa ni como multitud, sino como comunidad, solemos oír melodías de un pésimo gusto, que nada tienen que ver ni con la belleza, ni con la santificación, ni con la interioridad religiosa. La comunidad carece de su modo expresivo y de su fuente educativa. El canto gregoriano queda como cosa de arqueólogos, como arcaísmo que se respeta, pero que se evita cuidadosamente para no parecer antiguos en un mundo que envejece tan rápidamente a fuerza de modernidad. ¿No será ésta una de las causas más importantes en la declinación del verdadero espíritu cristiano y en la difusión del mal gusto sobre todo en lo que atañe a la música? ¿No habrá llegado la hora de confiar menos en los tecnicismos ilusorios, para retornar al canto y a su vigencia estético-religiosa?


Artículo publicado en La Hostería Volante, n" 3, La Plata (Repú­blica Argentina), octubre de 1959, pág. 22, firmado con el seudóni­mo Germanicus.




LA CUESTIÓN DEL CANTO GREGORIANO


Algunos debates conciliares, pero sobre todo la acción post­conciliar han demostrado la falacia de este aggiornamento li­túrgico en lo que atañe a la música litúrgica, y en especial a la cuestión del canto gregoriano. En el proceso de judaización de la Iglesia y de su culto, la eliminación del canto gregoriano cumple una etapa decisiva en la modernización y profanización de la acción cultual. Esto se ha cumplido, desde luego, con delicado fariseísmo, pues mientras la Constitución Litúrgica, sancionada por el Concilio, establece enfáticamente la superioridad y necesi­dad del canto gregoriano (al que parece seguir reconociendo como modelo de la música y el canto sacros), el aggiornamento, el "espíritu" del Concilio ha barrido impúdicamente con todo rastro de nobleza estética y religiosa en el canto. Vemos de esta manera multiplicarse los adefesios, copiados (o imitados» de otros adefe­sios, como los del P. Gelineau, S.J., los que, según una norma inexistente y según una autoridad más precaria aún, pretenden ser impuestos a la sensibilidad del pueblo cristiano. Citamos como ejemplo el salmo Dios es mi pastor, que hemos oído en diversas oportunidades, y que sin duda demuestra nítidamente lo que es un canto sin caracteres musicales, sin caracteres corales, y desprovisto de significado estético-religioso. Es infini­tamente más difícil aprender el adefesio de ese salmo, musicado a lo Gelineau, que entonar algún Kyrie gregoriano, o alguna antífona de la Virgen, manteniendo desde luego la lengua latina.


Nos parece oportuno reproducir aquí una cita del prof. Duruflé (del Conservatorio de París), uno de los organistas más competentes de Francia (Ilustración del Clero, Madrid, enero de 1966): "El canto gregoriano se halla sin duda muy amenazado a pesar del art. 116 de la Constitución Litúrgica que prescribe la conservación del gregoriano, el cual 'debe ocupar el primer lugar en la liturgia romana'. A pesar de esto, se asiste actualmente al más completo desorden en lo referente a la música litúrgica, que deja muy atrás las directivas conciliares. Con el pretexto de que la lengua vulgar está 'autorizada' (no prescripta) en ciertas partes de la Misa, el canto gregoriano, indisolublemente unido al latín, ha sido eliminado de la Iglesia, o sólo 'provisionalmen­te' mantenido. Basándose en esta 'autorización', una parte importante del clero persigue con furia terrible de destrucción todo lo que pertenece al pasado, con la disculpa de 'renovación musical litúrgica'. Pero, ¡qué renovación! Hasta ahora sólo vemos amontonadas ruinas sobre ruinas, y de entre esas rui­nas aparecen unas miserables melodías con letra francesa, que tienen la pretensión de reemplazar ese monumento irreem­plazable que es el canto gregoriano ¿Qué significa esta anar­quía musical del hoy? Mientras tanto, los protestantes que envidian nuestro patrimonio musical incomparable conservan cuidadosamente sus cantos tradicionales. Ellos saben que una música de calidad puede ayudar a la vida interior. Ponen el mayor cuidado en la ejecución de sus corales y en que partici­pen los fieles. Entre nosotros, por el contrario, la asamblea de los fieles es considerada actualmente como una asamblea de retardados o 'subdesarrollados', a los que hay que hacerles cantar, con gusto o por la fuerza, una serie de vulgaridades musicales. Los fieles se niegan o se van. Entonces se acusa al pueblo de ser 'rutinario', de tener 'prejuicios', de estar 'lleno de cosas primitivas e infantiles'. Tales 'encantadoras' palabras han sido escritas por el R. P. Riquet, S.J. en el diario Le Fígaro, precisamente contra los que se obstinan a cantar el Credo en latín".


Podríamos citar también el caso del organista Evencio Castellanos, director del coro de la Catedral de Caracas, que ha renunciado a su cargo ante esta verdadera degeneración musical que parece haberse apoderado de la Iglesia Católica (en el mundo entero, pero particularmente en América hispana). "Los textos sagrados del Cristianismo -ha dicho Castellanos, La Nación, 4. IX. 66- no pueden ser interpretados con ritmos de pachanga, cumbia o merecumbé. No quiero hacerme solidario de una degeneración musical, que sólo contribuye a hacer más notoria nuestra ignorancia...".


Se podrían multiplicar los ejemplos: las guitarreadas en los templos (como los que dirigen las increíbles pupilas del clérigo Juan Pearson, una de las cabezas del judeo-cristianismo en sus formas más contrarias a la Fe tradicional, aquí en La Plata y en la Argentina), las vulgares innovaciones de los gestos y ceremonias, la pobreza de los textos, con horripilantes melodías, sin gracia y sin fervor. La conclusión de estas citas sería una sola: ha habido un fabuloso engaño, dentro y fuera del Concilio, que ha tenido por único objetivo liquidar la herencia de San Pío X y aplastar la continuidad de una verdadera instauración litúrgica y gregorianista, cuyos frutos hubieran podido concretarse en tiempos no muy lejanos. La judaización de la Iglesia ha acertado a herir con un profundo golpe, la contextura sacro-musical del culto, su dignidad estética y las virtudes formativas del coro religioso de la Tradición. Es pues un severo corte a la Tradición misma.


El coro gregoriano está íntimamente integrado con la experiencia del mysterio cristiano, en la "acción sacra"; es un modo perfecto de participación, como querían Pío X y Pío XI. Su sustitución engendrará penosas involuciones religiosas, nos devolverá a la barbarie de este aggiornamento sin sentido, sin nimbo, sin cualificación espiritual. Nos entregará, en una palabra, a los falsos "mesías" de la sociología, la psicología de masas, las ciencias de la planificación. Restaurar el canto gregoriano, practicarlo, venerarlo, transmitirlo, es una exigencia imperiosa de este duro combate contra las fuerzas coaligadas de la "revolución mundial", que trabajan ahora dentro de la Iglesia, protegidas por los más altos niveles de la jerarquía. El canto gregoriano no perecerá, pues en el horizonte se entrevé ya la irremediable derrota de estos "conciliaristas" que consideran de fe todos los más innobles recursos de la modernidad, y heréticos todos los auténticos tesoros de los grandes siglos de piedad, doctrina y contemplación.


Artículo publicado en La Hostería Volante, n" 19, La Plata (República Argentina), setiembre de 1966, págs. 16-17.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Entonces Jon Carlo no sería disandrista:

http://iglesiapampeana.blogspot.com/2010/06/jon-carlo-te-necesito-video-preview.html

Tampoco los de Son By Four:

http://iglesiapampeana.blogspot.com/2010/06/son-by-four-soy-tuyo.html

Siempre me llamó la atención esa nota de vulgaridad traducida en el gusto por los boleros.

Y ahora me despido ... a mi maneeeeeraaaaa.

Anónimo dijo...

Me late que estos dominicos tampoco son disandristas:

http://radiocristiandad.wordpress.com/2010/08/24/y-todavia-no-llegamos-al-colmo/

Llama la atención la aborregada aceptación de los "fieles".

Y ahora me despido, tarareando una de los Back Street Boys.

Martin Ellingham dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

El canto de los que se asemejan a los Ángeles no es polifónico. Es un hecho que tiene su fundamento en el orden angélico, pues todos los Ángeles cantan “con voz unánime”. Además, como el culto tributado a Dios en el cielo tiene por único órgano la voz de los Ángeles (si es lícito expresarse así), con exclusión de toda otra música instrumental mecánica, es imposible que el canto de los monjes, que se asemejan a los Ángeles, tenga acompañamiento instrumental. Ya sabemos con qué severidad proscribió la Iglesia del culto cristiano todos los instrumentos músicos, y esto a pesar de que el culto judío admitía en el templo una serie de instrumentos músicos que hallaba cada comentador en los Salmos. No se puede comprender esta exclusión de todo instrumento si no tenemos bien presente que los Apóstoles abandonaron la Jerusalén terrestre y la música del templo, para acercarse a la Jerusalén celeste donde ya no hay instrumentos de ninguna clase, pero donde el Ángel, por su misma esencia, es el único órgano de la divina alabanza. ¿Sorprenderá, por consiguiente, que, desde este punto de vista, se interpreten los instrumentos músicos a que se refieren los Salmos en relación con la vida cristiana? “Vosotros sois la trompeta, el salterio, la cítara, el tambor, el coro y el órgano y los sonoros timbales. Vosotros sois todo esto. Aquí no hay que imaginarse nada vil, transitorio ni teatral”, así hablaba San Agustín en su comentario del Salmo 150, expresando la convicción de todos los Padres de la Iglesia.
En fin, tampoco es casualidad que los tratados de música de la Edad Media comenzasen su exposición recordando la armonía de las esferas. Del mismo modo que la alabanza de la Iglesia se incorpora a la alabanza del universo, todo estudio del elemento material en el culto de la Iglesia debe interesarse también por la naturaleza de la alabanza del Sol, la luna y las estrellas. Es la teología la que, consciente de la índole del culto cristiano, determina el sentido de la armonía de las esferas, del canto de los Ángeles y de los que se les asemejan. La armonía de las esferas resuena, el canto de los Ángeles retiñe, la liturgia de la Iglesia se deja oír. El sol resuena porque gira, el Ángel canta porque esta en la presencia de Dios y el hombre toma parte en la alabanza del universo y de los Ángeles, pues es invitado a ello por la Iglesia, por boca del sacerdote. Hay una íntima relación entre el movimiento de las esferas celestes y el sonido que emiten, así como entre la actitud de los Ángeles, en pie delante de Dios, y su cántico. El universo resuena por sí mismo y proclama, en el orden que en él se manifiesta, que no viola las leyes del Creador. Pero el Ángel canta, es decir, no es sonoro por sí mismo, como el universo, puesto que esta separado del universo para servir a Dios. Finalmente, la liturgia de la Iglesia se deja oír en el “júbilo”, ese júbilo que brotó en otro tiempo del corazón de los discípulos, “cuando vieron subir al cielo a Aquel que habían llorado como muerto. Las palabras eran impotentes para expresar semejante alegría, sólo tenían que exultar a causa de ese milagro que nadie podía explicar”. Es evidente que todas las diversas determinaciones del ser que se aplican al universo, al ángel y al hombre incluyen otras tantas determinaciones musicales. La determinación musical de cada hombre en particular depende, en definitiva, de su participación en la liturgia celeste. Se dan dos posibilidades: la primera es participar en ella, en calidad de laico, en el canto del pueblo; la segunda consiste en incorporarse al orden de los que se asemejan a los Ángeles, es decir, tomar parte en el oficio monástico. Pero siempre la liturgia de la Iglesia es participación en la liturgia celeste.
Erik Peterson - El libro de los Angeles

Anónimo dijo...

Interesante la cita de Erik Peterson. Ahora, eso sí, que no sea que por querer participar al unísono con los coros celestiales, los hombres nieguen su naturaleza, y su voz se vuelva tan meliflua que deje de ser humana.
Habría que ver cómo resuena la voz en otras tradiciones de canto sagrado que se hayan mantenido vivas. No sé si todavía perdurarán, por ejemplo, en otros ritos, como el bizantino (con sus variantes idiomáticas,griego, eslavo antiguo, por ej.), o qué se yo, tantos otros ritos. Y habría que ver si, en parte, no se perdió el así llamado canto "gregoriano" porque su restauración no se afincó tanto en una realidad viviente, como en una idealización utópica, que llevó a la creación del gregoriano romántico de principios del siglo XX, de la escuela de Solesmes.

En fin, soy totalmente ignara en la materia (en esta y en todas), pero sería bueno que los que saben un poquito más aportaran sus comentarios.

A3

Anónimo dijo...

A3, sintetizado lo Peterson, creo que sería así: siendo la liturgia de la Iglesia terrestre una participación en la liturgia celestial, donde los Angeles cantan con voz unánime, mal podrían los hombres introducir variantes ni mucho menos instrumentos.
A mi me suena convincente.
Sdos.
El que citó a Peterson.

Martin Ellingham dijo...

A3:

Ud. alude a Marcel Peres. Para algunos -un sabio cura barbado, por ejemplo- es la mejor reconstrucción del gregoriano. Para otros, una mezcla de bizantino y gregoriano.

Debo decir que a mí me gusta más lo de Peres que las vocecitas estilo solesmes.

Saludos.