Hic et haec homo (II)



De: Castellani L., El nuevo gobierno de Sancho, Bs. As., Theoría, 1964. pp. 140-146.



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LA MUCHACHA MODERNA



No no, Sancho amigo: huye, huye destos inconvenientes; que quien las echa de hablador y de gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado

Cervantes.



A penas hubo el rubicundo Apolo su auribronceado esmalte extendido por la sobrehaz ebúrnea de la espaciosa urbe y sus contiguos campos, cuando ingresó el nuevo Gobernador a la sala de las Equívocas Equivalencias para resolver los asuntos del día. Apenas se hubo sentado en su trono, cuan¬do el doctor Pedro Recio le presentó para su examen un ser de inmane catadura.


—¿Qué es esto, doctor Recio? —Una muchacha moderna. O "nueva ola", como las llaman. —¿Qué quiere? —Ser nombrada Inspectora de Educación Física de todos los varones de la ínsula.


Miró Sancho a la interfecta, la cual parecía un automóvil de luto por dos grandes gafas negras que traía, y dejando aparte los vestidos, traía en vez de chapines o chinelas unos grandes borceguíes o sea alpargatas de lona blanca con suela de lo mismo, marca Silencioso Kelly, y en la mano una especie de máquina de matar moscas tamaño superlativo con una banda en el pecho que decía: "Campeona de tenis, salto en alto, en bajo, en profundidad, cabeza abajo y mortales de todas clases", mientras saboreaba voluptuosamente un gran toscano de a dos por cinco, de esos que fuman los boteros de la Boca. Después de lo cual se entabló entre ella y el Gobernador el siguiente diálogo:


S. — ¿Usté es una muchacha moderna?
M. — Araca —dijo ella.
S. — ¿Y por qué?
M. — Porque ya no somos como las antiguas.
S. — ¿Y en qué se diferencian?
M. — En todo. Nosotras fumamos, nosotras chupamos, nosotras somos volantes, nosotras tenemos revistas para nosotras solas, no aptas para hombres, y a los hombres los tenemos bien achatados y no les hacemos el menor caso, como si no existieran, puesto que es hora que acaben los tiranos en el mundo.
—¿Y no leen novelas de Carlota Braemé?
—Nosotras leemos a Proust, Gide, Valéry, Mallarmé, Mallea, la revista "Atlántida" y la filosofía de Einstein.
—¿Y no tejen escarpines y manguitos para los sobrinos?
—Nosotras damos conferencias por radio, porque sobrinos no tenemos ni tampoco los queremos.

Consideró Sancho a su interlocutora con mudo asombro y desconsuelo, en tanto que ella empezó a contonearse y caminar con las puntas para adentro como los boteros de la Boca; y entonces Sancho le dijo:
—¿Qué es el amor?
—El amor no existe —dijo ella.
—La belleza. . . . —empezó Sancho.
—La belleza física suele estar en proporción inversa de la inteligencia: por eso las cabezas de los obispos suelen ser tan majestuosas, dijo el genial Oscar Wilde.
—¿Usté nunca se ha paseado lentamente en un jardín al claro de la luna?
—¡Abajo la luna! —exclamó con rabia la doncella.
—¿Usté nunca ha llorado de amor?
— ¡Ja, ja, ja! (con carcajada cínica). ¡Ja, ja, ja! Nosotras no lloramos nunca y al amor lo hemos aniquilado.
—Vistiéndose de ese modo. . . —empezó Sancho.
—Lo hemos aniquilado dentro de nosotras.
—¿Y qué es el hombre?
—El hombre es un camarada, un compañero de trabajo, un ser infecto, una porquería, aunque sumamente útil para hacer mandados. Al hombre nosotras lo vamos a atar corto. La revolución francesa proclamó los derechos del hombre. Nosotras hemos proclamado los derechos de la mujer.
—Pero deveras, dígame la verdad, ¿usté nunca ha llorado de amor ni por broma, o sea, con esa mañita de llorar a destiempo que tenían en mi tiempo las mujeres?



Mirólo la interfecta llena de rabia y contestó con cierta vacilación.


—La única vez que he llorado en mi vida fue en una conferencia que dio Derrota Ovilla sobre el suicidio de Alfonsina Lorca.


Quedóse Sancho terriblemente suspenso al oír esto sin saber si le daría o no el cargo de Inspectora General de Educación Física; por lo cual todos los cortesanos quedaron también suspensos, sin saber si le darían el dicho cargo. Pero en ese instante tuvo el doctor Pedro Recio una idea genial y fue que, tomando una mandolina, se bajó al pie del alto ventanal del palacio y empezó a entonar con la atiplada voz de sus mocedades —¡ay! ya idas— una canción-tango en brasileño del Maestro del Cancionero Rioplatense llamado un tal Gardelito Canaro (o Canario, que en esto no están conformes los cronistas), que empezaba así, si no mienten las historias-.


Se avessi un mandolino
o pure un buon violino,
mio amor te canterei, sí, sí,
mio amor te canterei aquí.
Ma senza uno stromento
non c´e caso di vento
e allora ¿qué faréi? sí, sí,
te lo fischio cosí, te lo fischio cosí-í-í-í-í.



A cuyo dulce y tierno son apenas comenzado, empezó a llorar como una desesperada la interfecta, con grandes goterones que le cortaban como surcos la costra del colerete tono Rosa-Hada o Pétalo; pero lo grave del caso fue que se precipitó al Gobernador y tomándolo todo entero en sus robustos brazos empezó a decirle adorado mió, mi tesoro, mi vida, mi corazón, mi todo, mi perrito, mi pomerania, mi partner, y todo el vocabulario, que Sancho se quedó enteramente sin resuello y al principio no sabía qué hacer, hasta que empezó a ordenar a los gritos.


—¡Cierren la puerta! ¡Cierren la puerta! ¡Y al primero que le cuente esto a mi mujer, lo mando a la cárcel por cuarenta años!


Y en efecto, de todo esto Sancho evidentemente no tenía la menor culpa, como testimonió inmediatamente el capellán, sino aquel demonio del doctor Pedro Recio de Mal Agüero. Por lo cual reportándose Sancho inmediatamente, y recobrando toda su dignidad perdida, aunque le ardían los cachetes como dos magnos pimientos morrones, dio un golpe con la tranca en el suelo y dictó el siguiente


Decreto


¡Abajo la luna! ¡Abajo los claros de luna, las serenatas, los mandolines, los claveles, los parques otoñales, los madrigales, los suspiros románticos, las querellas, las poesías de Amado Nervo, la primavera, y la inmortal pareja de Verona! ¡Viva el aluminio! ¡Viva la civilización fachista, la mujer en su casa y Dios con todos! ¡Mueran los inmundos, salvajes y asquerosos poetas rubendarianos y amadonervianos! Año sexto de la liberación insulínica.


Considerando:


1° que por reacción contra los empalagosos poetas del siglo pasado, que las ponían de huríes, sílfides, ninfas y linfas que era un asco, las mujeres se han vuelto demasiado musculares y masculinas, en lo cual yo les doy la razón en parte;
2" que la educación física es un gran bien, pero perder la vergüenza y no saber coser botones es por el contrario un mal;
3° que las muchachas modernas gracias a Dios son en lo esencial lo mismo que las antiguas, sacando dos o tres cosas de mal gusto que la culpa la tienen los padres y las madres. . . y los varones jóvenes en general.


Determino y decreto:


1º Aumentar en un 75 por ciento el impuesto a las muchachas modernas.
2'º Destinar un tercio de mis rentas personales a la antigua y delicada obra de misericordia de San Antonio de Padua llamada "dotar doncellas".
3º Confiscarle a la presente la raqueta de tennis y el paquete de toscanos, y regalarle "isofasto" una fuente de plata, un aguamanil, dos blanquísimas y riquísimas toallas y una redonda pella de jabón napolitano, prohibiéndole por tres meses que camine como los marineros de la Boca.
4º Prohibir que toda doncella destos reinos se dedique a la forja, a la minería, a la guerra, a carreras de a pie o a caballo, al fútbol, al rugby, al profesorado de filosofía y matemáticas, a componer asfalto, a la agronomía y a toda clase de trabajos hercúleos y atléticos.
5" Mandar que las más hermosas doncellas destos reinos sirvan de ornamento y decoro en los estrados de las reinas, sean del cielo o de la tierra, como ser la Iglesia Católica y el salón de mi Señora la Gobernadora, ocupándose allí de hacer encajes de randas y volandillos, dulces y merengues, de visitar presos, enfermos y desconsolados y de salir en procesiones vestidas de Vírgenes, Mártires, Ángeles, Santas y toda la corte celestial..."



Dictado lo cual y puestas las rúbricas de rúbrica, dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el obelisco con chistera, bigotes y monóculo, lo cual le daba una apariencia de profunda dignidad y reverencia.

2 comentarios:

Juancho dijo...

Gracias Teseo por traernos a Castellani que nos saca una sonrisa a la mañana.

Todo eso de que el varón tiene que imponerse, someter, sojuzgar, etc... a la mujer no me vá mucho.

Al menos con las formas clásicas de andar a los gritos o con cara de malo en la casa de uno.

No es lo que aprendí de mis padres y no es lo que vivo en mi casa.

Quizás porque lo que el padre y la madre tenían que hacer estaba claro y no hace falta aplicarlo manu militari.

Igual, lo de Castellani siempre tiene algo luminoso.

Juancho.

Anónimo dijo...

Malachi Martin dijo:

Muy bueno, Teseo.
Y felicito a Juancho porque lo han educado con inteligencia y él continúa en la misma senda...