¡Tole tole ya!


Francisco de la Cigoña ha publicado en su página el link de un pequeño documental de Televisión Española acerca del celibato de los sacerdotes, junto a un pequeño comentario suyo sobre el mismo.


Comparto con él su juicio sobre la seriedad de la producción, aunque disiento de su opinión superada de la situación. Es cierto que de la Cigoña aplica su criterio al momento de España, que conoce como pocos, pero es posible hagamos alguna consideración para nosotros también.


En primer lugar, los referentes del curato obrero del documental de marras declaran casi todos haber abandonado el ministerio desde muy jóvenes. Ordenados a los veinte y tanto, no llegaron más allá de cinco o diez años de ministerio sacerdotal. Da que pensar mucho.


En segundo lugar, los muchachos del seminario menor, viviendo juntos en una casa, con marcada heterogeneidad respecto a la edad. De los 13 a los 21 años, comandados por un sacerdote que hace las veces de rector. No tiene la pinta de seminario menor tradicional, de chicos enclaustrados, de pequeños mojigatos. Puede que les ayude el estilo de vida más relajado de España, desde lo material digo. Y también, cómo no, cierta “aperturidad "y franqueza. Igual, no le deseo, ni al peor de mis enemigos, un hijo en un internado destos, sea del tipo que sea.


Por último, remarcar el tipo de sacerdote tradicional que presenta el documental. Un joven de 26 años, con todas las pilas, recién salido del cascarón. Se le nota la energía, las ansias de hacer cosas. Bien por él, y que Dios lo acompañe siempre.


Pero alguna vez se deja de ser joven.


No puedo dejar de sentir, por sobre la superación de Francisco de la Cigoña, el presentimiento de cisma. Y lo que Dios nos depare para cuando nos falte Benedicto.


La Iglesia está en cisma. Y Benedicto lo está clarificando. Corderos a un lado, y cabritos al otro, a bastonazo limpio, avanza este hijo del Rin entre hienas y lobos.


Aunque todo cisma es nefasto, quizás sea la única forma de verle la belleza a Dulcinea.


Hay quienes sostienen que hay que “provocar” el cisma de una vez, para que se vean las intenciones todas, los susurros nocturnos de los amantes de la iniquidad.


Es probable que así sea nomás la cosa.



P/S: Posiblemente Marcelo Gonzáles dé a conocer el nombre del "obispo adúltero". Un paso más para el tole tole que todos venimos pidiendo, para la sangría anhelada.


Sea justicia.

La Verdad III


El amigo PyE se ha quejado, con razón, del poco interés suscitado por el tema de la verdad en este blog. Más específicamente, a sus comentarios “voluntaristas” aportados en el primer post. A raíz de esto, ha conjeturado cuatro posibles causas:

1- Apatía, no tiene ningún tipo de explicación, simplemente a la mayoría no le interesa el tema.
2- Están todos de acuerdo, es la hipótesis que menos me cierra, la gente palística que frecuenta su sitio se me hace que ha escuchado como canónica la tesis contraria a la mía.
3- Miedo de no estar a la altura de la discusión, puede ser, tal vez sea lo más probable.
4- La 1 y la 3 combinadas....

Me incluyo también en la crítica de Psique.

En la línea del primer post referido a la verdad, dejé entrever esa postura tan poco cuerda, típica de gente del palo, de cerrarse ante el avance ajeno, la introspección personal del otro. Aun cuando la tesis esgrimida pueda resultar del todo discorde al pensar propio, y aun (me atrevo a decir más de lo que hubiese dicho en otra época), aun cuando pueda sonar errado y hasta heterodoxo el discurso del hombre que piensa -no digo por encima, ni tampoco despreciando lo aprendido en una primera instancia de acercamiento a la verdad- el movimiento de la mente no puede anclarse nunca en la seguridad: por la simple razón de que no hay nada seguro en este estado de viadores.

Por eso me declaro moderadamente escéptico.

Me la paso discutiendo con amigos, esgrimiendo argumentos que casi siempre terminan por imponerse. Para luego reflexionar y decir para mis adentros: es probable que algo se me escape, que fulano tenga algo de razón, que no alcanzo a comprender ni valorar el argumento honesto de mis amigos.

Creo que esta es la gracia de los blogs de discusión libre. Los temas, muchas veces imposibles de tocar en el tapete público, debido al monopolio en que la casta verdad ha venido a caer. En manos de cambistas, oportunistas y cafizos, no hay gatos que se ahorren maullidos ni diletantes munidos de kilómetros de carretillas bibliográficas que se inclinen para escuchar atentos, sin necesidad de oír a priori sus propias respuestas. No hay peor cosa que ensayar las propias soluciones y respuestas con el otro, ignorante.

El anti-Sócrates por excelencia.

La trampa de los del palo, de los tomistas nuestros, es el afán del conocimiento claro y distinto. De la verdad encuadrada y primorosamente colgada en la pared del despacho. Un adorno de holgazanes.

Creo que la disputa debe acontecer regada de pasión. Con confianza y respeto, pero sin menguar el arrojo ni el miedo a equivocarse.

Si alguien halló por ahí la verdad, que por favor me lo haga saber. Y me la diga. Para dejar de reclamarla y comenzar a amarla.

Para seguir amándola con más ansias.

La Verdad II



Psique y Eros nos ha recomendado en uno de sus comentarios la lectura de Ideas y creencias, de Ortega y Gasset. Tomando los reparos que se deben tomar, y sin caer en el escepticismo del Español, creo es bastante iluminador. He aquí pues un fragmento.


II

El azoramiento de nuestra época. - Creemos en la razón y no en sus ideas. La ciencia casi poesía.

Resumo: cuando intentamos determinar cuáles son las ideas de un hombre o de una época, solemos confundir dos cosas radicalmente distintas: sus creencias y sus ocurrencias o "pensamientos". En rigor, sólo estas últimas deben llamarse "ideas".

Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre que acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas. En ellas "vivimos, nos movemos y somos". Por lo mismo, no solemos tener conciencia expresa de ellas, no las pensamos, sino que actúan latentes, como implicaciones de cuanto expresamente hacemos o pensamos. Cuando creemos de verdad en una cosa no tenemos la "idea" de esa cosa, sino que simplemente "contamos con ella".

En cambio, las ideas, es decir, los pensamientos que tenemos sobre las cosas, sean originales o recibidos, no poseen en nuestra vida valor de realidad. Actúan en ella precisamente como pensamientos nuestros y sólo como tales. Esto significa que toda nuestra "vida intelectual" es secundaria a nuestra vida real o auténtica y representa a ésta sólo una dimensión virtual o imaginaria. Se preguntará qué significa entonces la verdad de las ideas, de las teorías. Respondo: la verdad o falsedad de una idea es una cuestión de "política interior" dentro del mundo imaginario de nuestras ideas. Una idea es verdadera cuando corresponde a la idea que tenemos de la realidad. Pero nuestra idea de la realidad no es nuestra realidad. Ésta consiste en todo aquello con que de hecho contamos al vivir. Ahora bien, de la mayor parte de las cosas con que de hecho contamos no tenemos la menor idea, y si la tenemos -por un especial esfuerzo de reflexión sobre nosotros mismos- es indiferente porque no nos es realidad en cuanto idea, sino, al contrario, en la medida en que no nos es sólo idea, sino creencia infraintelectual.

Tal vez no haya otro asunto sobre el que importe más a nuestra época conseguir claridad como este de saber a qué atenerse sobre el papel y puesto que en la vida humana corresponde a todo lo intelectual. Hay una clase de épocas que se caracterizan por su gran azoramiento. A esa clase pertenece la nuestra. Mas cada una de esas épocas se azora un poco de otra manera y por un motivo distinto. El gran azoramiento de ahora se nutre últimamente de que tras varios siglos de ubérrima producción intelectual y de máxima atención a ella el hombre empieza a no saber qué hacerse con las ideas. Presiente ya que las habla tomado mal, que su papel en la vida es distinto del que en estos siglos les ha atribuido, pero aún ignora cuál es su oficio auténtico.

Por eso importa mucho que, ante todo, aprendamos a separar con toda limpieza la "vida intelectual" -que, claro está, no es tal vida- de la vida viviente, de la real, de la que somos. Una vez hecho esto y bien hecho, habrá lugar para plantearse las otras dos cuestiones: ¿En qué relación mutua actúan las ideas y las creencias? ¿De dónde vienen, cómo se forman las creencias?.

Dije en el parágrafo anterior que inducía a error dar indiferentemente el nombre de ideas a creencias y ocurrencias. Ahora agrego que el mismo daño produce hablar, sin distingos, de creencias, convicciones, etc., cuando se trata de ideas. Es, en efecto, una equivocación llamar creencia a la adhesión que en nuestra mente suscita una combinación intelectual, cualquiera que ésta sea. Elijamos el caso extremo que es el pensamiento científico más riguroso, por tanto, el que se funda en evidencias. Pues bien, aun en ese caso, no cabe hablar en serio de creencia. Lo evidente, por muy evidente que sea, no nos es realidad, no creemos en ello. Nuestra mente no puede evitar reconocerlo como verdad; su adhesión es automática, mecánica. Pero, entiéndase bien, esa adhesión, ese reconocimiento de la verdad no significa sino esto: que, puestos a pensar en el tema, no admitiremos en nosotros un pensamiento distinto ni opuesto a ese que nos parece evidente. Pero... ahí está: la adhesión mental tiene como condición que nos pongamos a pensar en el asunto, que queramos pensar. Basta esto para hacer notar la irrealidad constitutiva de toda nuestra "vida intelectual". Nuestra adhesión a un pensamiento dado es, repito, irremediable; pero, como está en nuestra mano pensarlo o no, esa adhesión tan irremediable, que se nos pondría como la más imperiosa realidad, se convierte en algo dependiente de nuestra voluntad e ipso facto deja de sernos realidad. Porque realidad es precisamente aquello con que contamos, queramos o no. Realidad es la contravoluntad, lo que nosotros no ponemos; antes bien, aquello con que topamos.

Además de esto, tiene el hombre clara conciencia de que su intelecto se ejercita sólo sobre materias cuestionables; que la verdad de las ideas se alimenta de su cuestionabílidad. Por eso, consiste esa verdad en la prueba que de ella pretendemos dar. La idea necesita de la critica como el pulmón del oxigeno y se sostiene y afirma apoyándose en otras ideas que, a su vez, cabalgan sobre otras formando un todo o sistema. Arman, pues, un mundo aparte del mundo real, un mundo integrado exclusivamente por ideas de que el hombre se sabe fabricante y responsable. De suerte que la firmeza de la idea más firme se reduce a la solidez con que aguanta ser referida a todas las demás ideas. Nada menos, pero también nada más. Lo que no se puede es contrastar una idea, como si fuera una moneda, golpeándola directamente contra la realidad, como si fuera una piedra de toque. La verdad suprema es la de lo evidente, pero el valor de la evidencia misma es, a su vez, meta teoría, idea y combinación intelectual.

Entre nosotros y nuestras ideas hay, pues, siempre una distancia infranqueable: la que va de lo real a lo imaginario. En cambio, con nuestras creencias estamos inseparablemente unidos. Por eso cabe decir que las somos. Frente a nuestras concepciones gozamos un margen, mayor o menor, de independencia. Por grande que sea su influencia sobre nuestra vida, podemos siempre suspenderlas, desconectarnos de nuestras teorías. Es más, de hecho exige siempre de nosotros algún especial esfuerzo comportarnos conforme a lo que pensamos, es decir, tomarlo completamente en serio. Lo cual revela que no creemos en ello, que presentimos como un riesgo esencial fiarnos de nuestras ideas, hasta el punto de entregarles nuestra conducta tratándolas como si fueran creencias. De otro modo, no apreciaríamos el ser "consecuente con sus ideas" como algo especialmente heroico.

No puede negarse, sin embargo, que nos es normal regir nuestro comportamiento conforme a muchas "verdades científicas". Sin considerarlo heroico, nos vacunamos, ejercitamos usos, empleamos instrumentos que, en rigor, nos parecen peligrosos y cuya seguridad no tiene más garantía que la de la ciencia. La explicación es muy sencilla y sirve, de paso, para aclarar al lector algunas dificultades con que habrá tropezado desde el comienzo de este ensayo. Se trata simplemente de recordarle que entre las creencias del hombre actual es una de las más importantes su creencia en la "razón", en la inteligencia. No precisemos ahora las modificaciones que en estos últimos años ha experimentado esa creencia. Sean las que fueren, es indiscutible que lo esencial de esa creencia subsiste, es decir, que el hombre continúa contando con la eficiencia de su intelecto como una de las realidades que hay, que integran su vida. Pero téngase la serenidad de reparar que una cosa es fe en la inteligencia y otra creer en las ideas determinadas que esa inteligencia fragua. En ninguna de estas ideas se cree con fe directa. Nuestra creencia se refiere a la cosa, inteligencia, así en general, y esa fe no es una idea sobre la inteligencia. Compárese la precisión de esa fe en la inteligencia con la imprecisa idea que casi todas las gentes tienen de la inteligencia. Además, como ésta corrige sin cesar sus concepciones y a la verdad de ayer sustituye la de hoy, si nuestra fe en la inteligencia consistiese en creer directamente en las ideas, el cambio de éstas traería consigo la pérdida de fe en la inteligencia. Ahora bien, pasa todo lo contrario. Nuestra fe en la razón ha aguantado imperturbable los cambios más escandalosos de sus teorías, inclusive los cambios profundos de la teoría sobre qué es la razón misma. Estos últimos han influido, sin duda, en la forma de esa fe, pero esta fe seguía actuando impertérrita bajo una u otra forma.

He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la historia cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la "historia" -es decir, en catalogar la sucesión- de las ideas sobre la razón desde Descartes a la fecha, procurará definir con precisión cómo era la fe en la razón que efectivamente operaba en cada época y cuáles eran sus consecuencias para la vida. Pues es evidente que el argumento del drama en que la vida consiste es distinto si se está en la creencia de que un Dios omnipotente y benévolo existe que si se está en la creencia contraria. Y también es distinta la vida, aunque la diferencia sea menor, de quien cree en la capacidad absoluta de la razón para descubrir la realidad, como se creía a fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como los positivistas de 1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo.

Un estudio como éste nos permitiría ver con claridad la modificación sufrida por nuestra fe en la razón durante los últimos veinte años, y ello derramaría sorprendente luz sobre casi todas las cosas extrañas que acontecen en nuestro tiempo.

Pero ahora no me urgía otra cosa sino hacer que el lector cayese en la cuenta de cuál es nuestra relación con las ideas, con el mundo intelectual. Esta relación no es de fe en ellas: las cosas que nuestros pensamientos, que las teorías nos proponen, no nos son realidad, sino precisamente y sólo... ideas.

Mas no entenderá bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es sólo idea y no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo que se llama "fantasías, imaginaciones". Pero el mundo de la fantasía, de la imaginación, es la poesía. Bien, no me arredro; por el contrario, a esto quería llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas, de su papel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la ciencia a la poesía mucho más de lo que hasta aquí se ha osado. Yo diría, si después de todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la ciencia está mucho más cerca de la poesía que de la realidad, que su función en el organismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin duda, en comparación con una novela, la ciencia parece la realidad misma. Pero en comparación con la realidad auténtica se advierte lo que la ciencia tiene de novela, de fantasía, de construcción mental, de edificio imaginario.

La Verdad



Ad primum ergo dicendum quod, licet ea quae sunt altiora hominis cognitione, non sint ab homine per rationem inquirenda, sunt tamen, a Deo revelata, suscipienda per fidem. Unde et ibidem subditur, plurima supra sensum hominum ostensa sunt tibi. Et in huiusmodi sacra doctrina consistit.

Santo Tomás, en Iª q. 1 a. 1 ad 1


Los Maitines del día 9 de septiembre nos regalan, en tres lecciones, un extracto del libro del Eclesiástico. La primera de las lecciones dice:

22 altiora te ne quaesieris et fortiora te ne scrutatus fueris ; sed quae praecepit tibi Deus illa cogita semper et in pluribus operibus eius ne fueris curiosus;
23 non est enim tibi necessarium ea quae abscondita sunt videre oculis tuis
24 in supervacuis rebus noli scrutari multipliciter et in pluribus operibus eius non eris curiosus;
25 plurima enim super sensum hominum ostensa sunt tibi;
26 multos quoque suplantavit suspicio illorum et in vanitate detinuit sensus illorum

22 No busques lo que es sobre tu capacidad, ni escudriñes aquellas cosas que exceden tus fuerzas; sino que piensa siempre en lo que te tiene mandado Dios, y no seas curioso de sus muchas obras.
23 Porque no te es necesario el ver por tus ojos los ocultos arcanos.
24 No escudriñes con ansias las cosas superfluas, ni tampoco indagues las muchas obras de Dios.
25 Porque muchas cosas se te han enseñado que sobrepujan la humana inteligencia.
26 A muchos sedujo la falsa opinión que formaron de ellas; en la vanidad detuvo ella sus sentidos.

Cabrían variadas reflexiones sobre el texto divino. Como cada uno encara por el sendero que mejor le sugiere el Espíritu, al decir de un amigo protestante mío, yo me largo a trazar el siguiente: ¿hasta que punto estoy dispuesto a torcer mi voluntad, mi inteligencia, ante la Verdad que me trasciende, ante la no-mi Verdad?

Mons. Straubinger traduce “detinuit” por detener. Es la acepción primera de “detinere”. Pero el verbo tiene una acepción mucho más tajante: impedir. Es decir, la vanidad de formarme una opinión falsa, una conjetura (suspicio) sobre la Verdad con mayúscula impide la captación, y por ende, la vivencia espiritual y afectiva de la misma.

Claro que en el trasunto de esta vida, δόξα (doxa: opinión) para los antiguos platónicos, el error está al acecho, y tan agazapado que es prácticamente imposible librarse de su zarpazo. Tarde o temprano caeré en sus garras, una vez más.

Creo que la cuestión radica en que la Verdad, por más que la haga mía, por más que la estruje y la diseque, la experimente en mis alambiques de carne, mantiene la trascendencia propia de su conversión, con su necesario referente divino. Conozco, y obro según conozco. Pero no estoy seguro de conocer ni de obrar según la Verdad total.

Y sí, parece escepticismo. Pero la vanidad de la que busco escapar parece realismo, ciencia, seguridad.

Busco de Dios, de sus verdades, mi seguridad. No es una búsqueda desinteresada. Es una búsqueda del yo crudelísima. A esta búsqueda del yo en Dios la llamo vanidad, la peor de sus especies, porque se ampara en el quaerens teológico.

Por eso quizás la insatisfacción por lo dado, por la mano generosa del Padre que me dio sus directivas en su Palabra.

Busco de Dios algo nuevo, algo que no haya pensado nadie, que alcance a cubrir mi desnudez ante él. Un vestido andrajoso, con los harapos de Dios. Y por fin, la conciencia profunda y susurrante, insalvable, de que por más que Diga “estoy con Dios”, “conozco a Dios”, eso de quien afirmo posesión y conocimiento no es Dios. Soy yo, mi opinión vanidosa, mi suspicio illorum.

Mons. Straubinger, en la nota al versículo 24, vierte:

“Queremos saber lo que Dios quiere que ignoremos y queremos ignorar lo que Él quiere que sepamos. La curiosidad indolente conduce al error, máxime cuando se trata de cosas que son superiores a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia. Creemos comprender lo que comprendemos mal, o lo que no comprendemos. Así sucede con la mayor parte de los filósofos modernos que, a pesar de tenerse por maestros del género humano, no tienen otra suerte que la de ser refutados por sus propios discípulos. Son sepultureros que entierran a otros sepultureros”.

La esperanza de conocer y amar más la Verdad es lo único que no puede llamarse vanidad.

Humildad y Magnanimidad




Las conjeturas surgidas a raíz de un supuesto Motu Proprio de Benedicto XVI que “reintegraría” a FSSPX al pleno blanqueamiento canónico, o como lo quieran llamar, que a mi me da igual (Ubi Petrus ibi Ecclesia) ha dado de qué alarmarse a los sectores ideológicos católicos.

Por un lado, la postura integrista, que considera traición o engañapichanga el intento del Sumo Pontífice por insertar un gran grupo de clérigos y fieles a la plena comunión eclesial, mediante el reconocimiento tan sólo del Catecismo de Juan Pablo II, relegando los documentos del Vaticano II a un olvido parcial o a un status de permisión ad limitum.

Por otro, las conjeturas que hacen temblar al sector progresista. Si no “juran” el V.II, ¿qué pasará? ¿Caerá el mito?

Los resquemores del integrismo, a mi entender, no hacen sino impedir el impulso del Sumo Pontífice de dar por tierra con el Minotauro. Lloran por un muñeco de humo que hace tiempo viene trabando la comunión positiva. No sé si con razón o no fueron hallados en falta los lefe. La cosa es que positive lo están. ¿Darán el salto maratónico, de humildad por todos, para que el Mino caiga de una vez?

Quizás sean solo habladurías, y no haya nada verdadero en los rumores. Pero de ser cierto, sería de gran hidalguía recibieran la oferta de Benedicto con magnanimidad y permitieran los “irregulares” sea talado el ídolo conciliar, no solo para el bien dellos, sino para el de toda la Iglesia.

Difícil cosa. Los que se la saben todas opondrán resistencia. Otros, quién sabe. Dios ilumine a Fellay. A las partes.

San Pío X



La Liturgia Tradicional celebra el 3 de septiembre la fiesta de San Pío X, Papa y Confesor (de III clase) Dejamos para meditar los hermosos textos que la Misa de hoy se goza en presentarnos. Salvo la Oratio, Secreta y Postcommunio, dejamos a la iniciativa de ustedes encontrar los versos en la Sagrada Escritura, para los que no se llevan con el latín.


V/. Oremus pro Pontifice nostro Benedicto.
R/. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum eius

V/. Sancte Pie decime
R/. Ora pro nobis.




Ant. ad Introitum

Ps. 88, 20-22: Extuli electum de populo, oleo sancto meo unxi eum: ut manus mea sit semper cum eo, et bracchium meum confirm et eum. Ps. ibid., 2 Gratias Domini in aeternum cantabo: per omnes generationes annuntiabo fidelitatem tuam ore meo.

V. Gloria Patri. Extulit








Oratio

Deus, qui, ad tuendam catholicam fidem et universa in Christo instauranda, sanctum Pium Summum Pontificem caelesti sapientia et apostolica fortitudine replevisti: concede propitius; ut, eius instituta et exempla sectantes, praemia consequamur aeterna. Per eundem Dominum.

Oh Dios, que con el fin de proteger la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo colmaste al Sumo Pontífice San Pío de sabiduría celeste y fortaleza apostólica, concédenos que, en pos de sus instrucciones y ejemplos, consigamos los premios eternos.







Lectio Epistolae beati Pauli Apostoli

ad Thessalonicenses.

1 Thess. 2, 2-8: Fratres: Fiduciam habuimus in Deo nostro, loqui ad vos evangelium Dei in multa sollicitudine. Exhortatio enim nostra non de errore, neque de immunditia, neque in dolo; sed, sicut probati sumus a Deo ut crederetur nobis evangelium, ita loquimur; non quasi hominibus placentes, sed Deo, qui probat corda nostra. Neque enim aliquando fuimus in sermone adulationis, sicut scitis, neque in occasione avaritiae, Deus testis est, nec quaerentes ab hominibus gloriam, neque a vobis neque ab aliis. Cum possemus vobis oneri esse ut Christi apostoli, sed facti sumus parvuli in medio vestrum, tamquam si nutrix foveat filios suos. Ita desiderantes vos, cupide volebamus tradere vobis non solum evangelium Dei, sed etiam animas nostras, quoniam carissimi nobis facti estis.





Graduale

Ps. 39, 10-11: Annuntiavi iustitiam in coetu magno; ecce labia mea non cohibui: Domine, tu nosti. V. Iustitiam tuam non abscondi in corde meo; fidelitatem tuam et auxilium tuum narravi.




Alleluia, alleluia.

Ps. 22, 5-6: V Paras mihi mensam, iniingis oleo caput meum, calix meus uberrimus est. Alleluia





Sequentia sancti Evangelii secundum Ioannem.

Io. 21, 15-17: In illo tempore: Dixit Iesus Simoni Petro: Simon Ioannis, diligis me plus his? Dicit ei: Etiam, Domine, tu scis quia amo te. Dicit ei: Pasce agnos meos. Dicit ei iterum: Simon Ioannis, diligis me? Ait illi: Etiam, Domine, tu scis quia amo te. Dicit ei: Pasce agnos meos. Dicit ei tertio: Simon Ioannis, amas me? Contristatus est Petrus, quia dixit ei tertio: Amas me? et dixit ei: Domine, tu omnia nosti; tu scis quia amo te. Dixit ei: Pasce oves meas.







Secreta

Oblationibus nostris, quaesumus, Domine, benigne susceptis, da nobis, ut haec divina mysteria, sancto Pio Summo Pontifice intercedente, sinceris tractemus obsequiis et fideli mente sumamus. Per Dominum.

Te suplicamos Señor que, aceptadas benignamente nuestras oblaciones, nos concedas, por estos divinos misterios, y por intercesión del Sumo Pontífice San Pío, trabajar sinceros por tus complacencias y aceptarlas con espíritu fiel.




Ant. ad Communionem

Io. 6, 56-57 : Caro mea vere est cibus, et sanguis meus vere est potus. Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinem, in me manet et ego in illo.







Postcommunio

Mensae caelestis virtute refecti, quaesumus, Domine Deus noster: ut, interveniente sancto Pio Summo Pontifice; fortes efficiamur in fide, et in tua simus caritate concordes. Per Dominum nostrum.

Te rogamos Señor Dios nuestro que, restaurados por la virtud de la mesa celestial, y por la intercesión del Sumo Pontífice San Pío, seamos fortalecidos en la fe y permanezcamos concordes en tu amor.