Declaraciones infernales


Concedemos: Satanás es el padre de la mentira. Lo dijo Jesucristo (Cf. Jn. VIII, 44).

Concedemos también: de nadie podemos saber con seguridad, salvo de Judas Iscariote (Cf. Jn XVII, 12; Mt. XXVI, 24-25), si está condenado.

Pero concédanme ustedes ahora: el Padre Fortea ignora, no digo de teologías, sino de lógica. Si no me creen, lean este contrapunto en prosa.



Nota: el de la izquierda que se parece a un diablo leyendo, es el padre Fortea. Para evitar confusiones, dicen que su obispo le mandó cortarse la barba, o emparejársela. ¿Esoterismo?




Nunca en tantos meses el demonio que repetía las frases que le mandaba repetir se equivocó, ni una sola vez. Dada la duración de las sesiones, dado que estaba improvi­sando sobre la marcha, en alguna que otra ocasión yo sí que me equivoqué. Por ejemplo, si le decía que repitiera Dios es rey. Él lo repetía. El Señor me creó, lo repetía. Pero poco a poco iba diciendo cosas que le atormentaran más, pero algunas de más complejidad teológica. Por ejemplo, si le mandaba repetir cuanto más me valiera no haber desobede­cido, lo decía. Pues esta aseveración sólo implicaba el reconocimiento intelectual de que su opción le había traído perjuicios. Pero en un momento le mandé repetir me arrepien­to de haberme alejado de Dios. Entonces dijo ¡no!. Yo insistí en mi orden, finalmente me dijo rabioso: si quieres lo repito, pero no es verdad.

Otra cosa interesante de observar es que cuando a un demonio se le ordena en el nombre de Jesús que responda a una pregunta, una de dos: o se calla o si responde dice la verdad. Desde luego si se insiste en el nombre de Jesús acaba diciendo la verdad, por­que a veces la primera respuesta puede ser cualquier cosa.

Sólo una vez por más que le di vueltas pensé que Zabulón me estaba engañando por más que insistí en mi orden, el hecho me dejó muy perplejo. En un momento dado invoqué a varios santos. En mi oración en voz alta le pedí a la madre Teresa de Calcuta y a José María Escrivá de Balaguer que nos ayudaran. Entonces aquella voz desagrada­ble habló, cosa extraña pues casi nunca decía nada salvo que se le obligara a hablar. Pero en esa ocasión dijo: ella sí que es una santa (la madre Teresa de Calcuta), él no (Josemaría Escrivá de Balaguer). Yo le repliqué al momento diciéndole que estaba mintiendo. El demonio me dijo: piensa lo que quieras, pero no es santo. Le dije que creía a la Igle­sia, y si la Iglesia me decía que Josemaría Escrivá era santo pues lo era, y punto. Y es más, quise comprobar el poder del nombre de Cristo y le ordené que dijera la verdad. Pero ante mi sorpresa, por más que se lo ordené se mantuvo en su afirmación sin ceder.

Aquello me dejó muy perplejo. Era la primera vez que sucedía. Hasta entonces el poder del nombre de Jesús siempre le había obligado a decir la verdad. Durante un día le di muchas vueltas y al día siguiente de forma repentina me vino a la mente la respuesta. Respuesta que me llenó de alegría, porque podía seguir confiando en el poder del nom­bre de Jesús. Y de admiración, porque nunca pensé que el demonio podía ser tan escurri­dizo, tan serpentino y astuto en un simple comentario hecho tan de paso. El demonio no había rectificado porque había dicho la verdad. Cuando dijo que la madre Teresa de Cal­cuta era una santa se refería a que había llevado una vida santa y ejemplar. Pero cuando dijo que Josemaría Escrivá no era santo, era verdad, pues todavía no había sido canoni­zado. Iba a ser canonizado la semana siguiente, pero todavía no estaba canonizado. El demonio había usado esa argucia semántica para sembrar la duda. La madre Teresa era santa de facto, Josemaría Escrivá no lo era de iure. Aunque Zabulón no era Satán, Padre de la mentira, sí que era maestro del error y estaba dispuesto a usar en una frase un tér­mino en dos sentidos distintos, pero verdaderos, con tal de sembrar la desconfianza hacia la santidad hacia él, entonces, beato Josemaría y hacia el juicio de la Iglesia. Debo reco­nocer que su semilla diabólica, semilla que siembra la duda, hizo que desconfiara por un momento del juicio de la Iglesia, y por ende de la vida de aquel beato. Por un momento en aquella cripta bajo tierra, capilla iluminada por las velas, solos como estábamos (la madre, la posesa y yo), la siembra de la duda comenzó a echar sus malignas raíces en mi mente. No lo digo por quedar bien, pero no consentí en la duda. En cuanto vino a mi mente la advertencia del pecado que se me presentaba en aquel pensamiento, lo deseché.

Pero la duda era tremenda, era la duda acerca del juicio de la Iglesia, acerca de la vida de un santo y, en definitiva, acerca de la bondad de una institución de la Santa Madre Iglesia. Yo había improvisado sin pensarlo aquella invocación al beato, y el demonio, había añadido aquel comentario, al instante, al segundo. El conocía el más allá, él nunca había salido victorioso al poder del nombre de Jesús. Por más que le hubiera abrasado tener que reconocer la verdad y confesarla, siempre se había visto obligado al final a hacerlo. Aquel comentario venenoso que había lanzado el demonio, hubiera sido muy destructivo si hubiera habido personas alrededor menos formadas. Pero al día siguiente, cuando me vino a la mente la solución, vi con claridad que la astucia del de­monio se volvía en su contra. Pues si aquel ángel caído había tratado de denigrar la san­tidad del nombre de aquel beato, entonces ese era el mayor elogio que podía hacerle. La mayor alabanza de su santidad era precisamente esa, el haber buscado una argucia tan as­tuta, tan retorcida, para atacarle.

Meditar sobre aquello me recordaría que Zabulón era también un teólogo. Aquel ser que se retorcía, gritaba y aullaba, sabía más Teología que yo. Y en un segundo había formado una frase cuya primera parte era verdadera de hecho y cuya segunda parte era verdadera de Derecho. Según se interpretara aquella frase era cierta la visión tradicional de la Iglesia o por el contrario era cierta una visión según la cual los juicios de la sede de Pablo podían ser errados, sus santos pecadores, y sus instituciones malas. Y además se me presentaba la sencillez y santidad de la Madre Teresa frente al juicio de la Sede Apostólica. No podía decirse más, en menos. Afortunadamente, una argucia del Maligno cuando es descubierta y expuesta a la luz reafirma más justo aquello que trata de negar. Y a veces la sombra de una gran duda puede ser tan nefasta como la rotundidad de una pequeña negación.

Fortea J. A.N., Summa Daemoniaca, Madrid, Dos latidos, 2004, pp. 265-266

6 comentarios:

Psique y Eros dijo...

Lástima que no le preguntó una semana después de la canonización...

Anónimo dijo...

Bah, es una banalización (suya)... habría que recordárselo: que en el próximo exorcismo le pregunte de nuevo...

Yo no sé cómo le da la cara para escribir...

Pablo dijo...

Teseo:

Creo que Fortea fue desautorizado por su obispo por presentarse como exorcista designado... y tuvo que rectificar en público. Es información que recuerdo vagamente y que habría que confirmar. No quiero calumniar al cura.

Aunque conseguí los artículos de Gherardini sobre las canonizaciones, así como el autor no se pronuncia sobre casos concretos actuales, yo tampoco prefiero meterme en esos berenjenales. Si fulano está en el cielo, lo veré ahí, si me salvo.

Si uno lanza fuerte el principio de sospecha, es bumerang. Y vuelve, por ejemplo, contra Newman:

http://www.traditioninaction.org/bev/126bev00-29-2010.htm

Lo que no es nuevo, ni me sorprende, porque un cura del palo, muy bueno por cierto, dijo hace unos años que Newman tenía algunos escritos que lo hacían incanonizable... Y si hacemos un poco de memoria, creo que no es el único que pensaba eso.

En suma: como hipótesis abstracta no descarto la de Gheradini/Ols; en concreto, no me meto con casos singulares. La devoción a los santos es libre.

Cordiales saludos.

Anónimo dijo...

Ludovicus dijo.

Caben varias posibilidades:

1) la sancta simplicitas, propia de este paisano de Barbastro y estudiante en los centros del Opus, como el mismo lo cuenta.

2) que Fortea se haga el idiota sin ser idiota, es más, que sea más vivo de lo que parece.

3) que a nivel subconsciente no se haya quedado nada satisfecho con la explicación que encontró, y que lo escriba para reafirmarse.

4) una combinación de todas las anteriores.

Mónica dijo...

Ludovicus .. tú por aquí .....

P. R Rossi O.P. dijo...

afirmar que Judas está en el infierno me paree que no se puede; de heho no sé que haya algún documento del Magisterio que diga eso, ni de algún santo. en el último instante pudo arrepentirse.

P. Fr. Rafael Rossi O.P.