Thibon al desnudo

-¿Cuál es su ideal de felicidad terrenal?
- Saber acogerlo todo sin retener nada.

-¿Cuál es su santo preferido?
San Juan de la Cruz. El Doctor de la noche, el más extremista de todos los santos, con quien Nietzsche se habría entendido bien. Soy realista porque defiendo los "medios de apoyo": sé que un Dios sin Iglesia es el principio de una Iglesia sin Dios. Pero soy extremista por mi atracción por la teología negativa, la mística de la noche, el "Dios sin base ni apoyo", que era el de San Juan de la Cruz y el mío hoy.

-¿En qué siglo le habría gustado vivir?
- En el siglo XII, el más libre de los siglos, el de la unidad de Europa, cultural y espiritual. También me habría gustado el siglo XVIII, por su finura de espíritu.


- ¿Cuál es su ocupación preferida?

- Caminar por la naturaleza. "Sólo se puede pensar sentado", escribía Flaubert, a quien contestó Nietzsche: "Las grandes ideas llegan caminando".

- ¿Cuál es el principal rasgo de su carácter?
- La docilidad. Siempre me he dejado llevar: por los hombres, por las mujeres, por las circunstancias. Prefiero obedecer a mandar, que me conduzcan la vida y sus azares, que son el camino que Dios toma cuando quiere pasar de incógnito.

-¿Cuál es vuestro sueño de felicidad?
- La felicidad no se sueña. Está en todas partes, a condición de acogerlo todo como don de Dios.

- ¿Cuál es su pasaje favorito del Evangelio?
- "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Ese grito me conmueve mucho hoy. Sobre la Cruz, Dios desespera de sí mismo, y, si se me permite decirlo, muere ateo. Creo, conChesterton, que "nuestra religión es la buena porque es la única en la que Dios ha sido ateo por un momento". Amo a ese Cristo en agonía, el Varón de Dolores, Dios infinitamente débil, Dios abandonado por Dios. También aprecio mucho el pasaje de la mujer adúltera. Dios es a la vez exigencia infinita e indulgencia infinita. Él nos perdonará lo que nosotros no nos atrevemos a perdonarnos a nosotros mismos. Amo las historias de misericoria. Cuando se envejece, uno se hace más indulgente con los demás. 

- ¿Como definiría el infierno?
- Como Simone Weil: "Creerse en el Paraíso por error".

- ¿Y la muerte?
- Como Gabriel Marcel: el "exilio absoluto", un salto vertiginoso que no quiero imaginar. No hay que robarle su virginidad, quitarle el encanto a ese retorno a la patria. Porque nuestra vida es un exilio. Quedaremos estupefactos cuando veamos las líneas curvas con las que Dios ha escrito, hasta qué punto el bien y el mal se entrelazan. Creo en la solidaridad del bien y del mal, de la paja y el grano. A veces hay virtudes que nos pierden y pecados que nos salvan, por por sí mismos, sino por resurgimiento. Hay momentos en los que hay que arrepentirse de las virtudes tanto como de los pecados.

-¿Vuestra oración preferida?
- La Salve: María, donde la misericordia desarma a la justicia.

- ¿Su verso favorito?
- "Ella miraba hacia arriba, y yo a ella": Dante, viendo el reflejo de Dios en la mirada deBeatriz, ya salvada.

- ¿Qué detesta por encima de todo?
- La envidia, ese vicio que nadie confiesa. Todo el mundo es envidioso, más o menos, pero nadie lo confiesa porque sería reconocerse inferior. Preferimos confesar los pecados por exceso: la gula, la lujuria...

- ¿Cuál es el gran mal de nuestra época?
Exigir para nuestro tiempo las promesas de la eternidad. Simone Weil -el gran encuentro de mi vida- lo decía: "Dios y el hombre son como dos amantes que se equivocan sobre el lugar de la cita; el hombre espera a Dios en el tiempo, y Dios espera al hombre en la eternidad".

- ¿La virtud más necesaria hoy?

- La reacción contra el conformismo que se oculta bajo la máscara de la libertad. Asistimos a una curiosa inversión del respeto humano. Esta época que provoca las guerras más sangrientas en nombre de la libertad constituye un escándalo único en la historia. Dado el grado de moralidad teórica del siglo XX, tales horrores no deberían ser posibles. Nuestro tiempo es, más que ningún otro, el tiempo del fariseísmo y de la hipocresía: es el reino de las verdades cristianas que se han vuelto locas que decía Chesterton.

- ¿Cómo se definiría usted?
- Un anarquista conservador. Conservador en relación a la tradición, anarquista en relación a las modas e ídolos del siglo. La marginalidad me ha permitido escapar a la glorisa y a las condecoraciones. 

- ¿Qué hecho militar admira más?
- La batalla de Lepanto.

- ¿Qué es lo que más le sorprende?
- La debilidad de Dios: ver hasta qué punto Dios está desarmado. Ha hecho depender lo más alto de lo más bajo. Lo superior depende de lo inferior, pero al revés no es así. Dios necesita al hombre, pero el hombre pasa totalmente de Dios, se ha hecho esclavo de las causas segundas.

- ¿Su palabra de amor preferida?- "Ti voglio bene", "Te quiero" en italiano, porque significa "Te deseo el bien". Amar a otro es decirle: "Tú no morirás". En cuanto al amor, me gusta la desmesura, ese "lo he escogido todo" de Santa Teresita del Niño Jesús. O esa frase de un campesino, vecino mío, sobre su mujer amada: "Cuando la miro, ya no la veo". El amor humano es la sed del infinito aplicada a lo finito. Los grandes momentos del amor humano son de llamada, más que de plenitud.

- ¿Su definición del hombre casado?
- Quien, en la resaca, mantiene las promesas de la borrachera. Mi experiencia me ha enseñado que uno no se casa sólo porque ama, sino para amar.

- ¿Cuál será su epitafio?
- "Adieu, à Dieu": "Adiós, me voy con Dios".

- ¿Y sus últimas palabras?
- Señor, pongo mi alma en tus manos. También me gustan las últimas palabras de la última carta de mi amiga Marie Noël: "Me duermo en Dios". Ella había perdido el Dios de su infancia y lo descubrió en una noche sin estrellas. Al final de ese "combate desesperado por salvar a Dios", constató que "Dios no es un lugar tranquilo".

http://www.religionenlibertad.com/gustave-thibon-las-confidencias-intimas-de-uno-de-los-grandes-pensadores-22543.htm

Mentiras sobre lo verdadero

Está fuera de duda, por otra parte, que las morales y las culturas que acentúan en demasía los valores espirituales y les confieren una dignidad casi autónoma, favorecen con ello la mentira interior. De suyo, en verdad, las cosas del espíritu aventajan en realidad y en profundidad a las cosas de la vida: es más grande y más verdadero ser un gran poeta que un buen obrero, y la vocación de una virgen consagrada a Dios ubícase sobre aquella de la mejor madre de familia. Pero los valores vitales tienen una ventaja: son sinceros. Apenas sí es posible, por ejemplo, que un hombre normal se haga ilusiones (o que las produzca en los demás) acerca de su grado de fuerza y destreza física: ¡en este dominio, los criterios de estimación son demasiado fáciles y precisos! No sucede lo mismo respecto de los valores espirituales, porque ellos se despliegan, en gran parte, en lo invisible: escapan a todo contralor preciso y hasta, con frecuencia, a todo contralor objetivo.
¡Un mal poeta puede creerse un genio desconocido, pero ningún alfeñique se toma por un coloso ignorado! Cuanto más elevada sea una actividad humana, más difícil es "conocerla por sus frutos", tan misteriosos son éstos y lejanos... ; mas, aquello que dice dificultad de verificación dice también incitación al fraude. La amarga tragedia de los más altos valores humanos es ser fácilmente falsificables. ¿Cómo juzgar -si no se lo hace con el auxilio de una rara y penetrante sabiduría, la perspectiva del tiempo y de una manera siempre discutible- cómo juzgar, pregunto, sobre la autenticidad de una vocación política, artística o, en extremo, religiosa? Para muchos seres cuya impotencia o mediocridad haríase patentes en una actividad social ordinaria, constituye un expediente natural consagrarse, como compensación, al servicio de ideales superiores: en este servicio, su inferioridad ya no es susceptible de verificación inmediata y hasta pueden, si poseen el don de expresar las realidades que no viven, obtener brillantes éxitos pasajeros. Un mal carpintero nunca tendrá éxito en su oficio, pero un mal político, un falso místico pueden hacer que los hombres se ilusionen a su respecto triunfando magníficamente, tal como, por desgracia, vemos que sucede con harta frecuencia. Por otra parte, es normal que en el hombre -ser para el cual las realidades espirituales, en lugar de ser objeto de una intuición directa, son sólo asequibles mediante los sentidos- los valores más nobles sean también los que más blanco ofrecen a la mentira. No es esta sino una de las numerosas flaquezas del espíritu encarnado. Ella ha suscitado, paralelamente a los falsarios del ideal, una legión de "desenmascaradores" que han llevado la reacción contra la mentira del espíritu hasta el punto de impugnar la existencia y la dignidad de los valores espirituales.

Gustave Thibon, Lo que Dios ha unido (Ensayo sobre el amor)

El mentecato

Es verdad que España no estaba sola en la desastrada peripecia, puesto que la cosa no merecía otro nombre mayor. Estaba metida en ella todo lo que entonces se llamaba la Cristiandad y que ahora se llama prudentemente Occidente. En la Cristiandad a que me refiero se hallaba incluido un Papa mentecato, masón honoriscausa y víctima probablemente del complejo de virtud que infunde la castidad en algunas almas aturdidas.

(Sobre este asunto es menester hablar claro de una vez por todas. Nosotros los católicos debemos, como tales, amor y reverencia al Vicario de Cristo. Pero ese amor no nos ata a ser cómplices del error o del pecado o de la mera estupidez que en un momento dado de su vida puede cometer el hombre investido por Dios para desempeñar su representación y no para otros asuntos. Son innumerables las señoras y también los señores que se hacen eco de los chismes y las calumnias inherentes a la fama de los Papas Borgia: todo porque esa fama se sitúa de la cintura para abajo. Creen que un Papa que tiene una querida es, como ellos y ellas dicen, "un horror, un horror, un horror" y que su nombre -Alejandro VI, por ejemplo- no puede ser pronunciado en presencia de las criaturas. Por mi parte, yo me precio de pensar y de creer lo contrario. Un Papa no debe tener una querida, pero puede ser que la tenga. En cambio, no puede ser que se porte, de la cintura para arriba, como un mentecato, vale decir, como un hombre con la mente captada, que es lo que sucedió con Clemente XIV cuando disolvió la Compañia de Jesús) (...)

En cuanto Vicario de Cristo, el Papa es acreedor, repito, a nuestro amor y reverencia; pero ni nada ni nadie puede privarnos del derecho de sentirnos lastimados o humillados cuando en su condición de soberano, se porta como un perfecto tonto. Es éste mi derecho, más que de hombres libres, de hombres leales: de hombres leales a Dios y a su servicio, para quienes el deservicio de la bobera es infinitamente más grave que el deservicio de la carne. (Yo, por mi parte, confieso que entre un Papa mujeriego y un Papa bobo me quedo con el Papa mujeriego)

Ignacio B. Anzoátegui, Nuevas vidas de muertos