El mentecato

Es verdad que España no estaba sola en la desastrada peripecia, puesto que la cosa no merecía otro nombre mayor. Estaba metida en ella todo lo que entonces se llamaba la Cristiandad y que ahora se llama prudentemente Occidente. En la Cristiandad a que me refiero se hallaba incluido un Papa mentecato, masón honoriscausa y víctima probablemente del complejo de virtud que infunde la castidad en algunas almas aturdidas.

(Sobre este asunto es menester hablar claro de una vez por todas. Nosotros los católicos debemos, como tales, amor y reverencia al Vicario de Cristo. Pero ese amor no nos ata a ser cómplices del error o del pecado o de la mera estupidez que en un momento dado de su vida puede cometer el hombre investido por Dios para desempeñar su representación y no para otros asuntos. Son innumerables las señoras y también los señores que se hacen eco de los chismes y las calumnias inherentes a la fama de los Papas Borgia: todo porque esa fama se sitúa de la cintura para abajo. Creen que un Papa que tiene una querida es, como ellos y ellas dicen, "un horror, un horror, un horror" y que su nombre -Alejandro VI, por ejemplo- no puede ser pronunciado en presencia de las criaturas. Por mi parte, yo me precio de pensar y de creer lo contrario. Un Papa no debe tener una querida, pero puede ser que la tenga. En cambio, no puede ser que se porte, de la cintura para arriba, como un mentecato, vale decir, como un hombre con la mente captada, que es lo que sucedió con Clemente XIV cuando disolvió la Compañia de Jesús) (...)

En cuanto Vicario de Cristo, el Papa es acreedor, repito, a nuestro amor y reverencia; pero ni nada ni nadie puede privarnos del derecho de sentirnos lastimados o humillados cuando en su condición de soberano, se porta como un perfecto tonto. Es éste mi derecho, más que de hombres libres, de hombres leales: de hombres leales a Dios y a su servicio, para quienes el deservicio de la bobera es infinitamente más grave que el deservicio de la carne. (Yo, por mi parte, confieso que entre un Papa mujeriego y un Papa bobo me quedo con el Papa mujeriego)

Ignacio B. Anzoátegui, Nuevas vidas de muertos