Mentiras sobre lo verdadero

Está fuera de duda, por otra parte, que las morales y las culturas que acentúan en demasía los valores espirituales y les confieren una dignidad casi autónoma, favorecen con ello la mentira interior. De suyo, en verdad, las cosas del espíritu aventajan en realidad y en profundidad a las cosas de la vida: es más grande y más verdadero ser un gran poeta que un buen obrero, y la vocación de una virgen consagrada a Dios ubícase sobre aquella de la mejor madre de familia. Pero los valores vitales tienen una ventaja: son sinceros. Apenas sí es posible, por ejemplo, que un hombre normal se haga ilusiones (o que las produzca en los demás) acerca de su grado de fuerza y destreza física: ¡en este dominio, los criterios de estimación son demasiado fáciles y precisos! No sucede lo mismo respecto de los valores espirituales, porque ellos se despliegan, en gran parte, en lo invisible: escapan a todo contralor preciso y hasta, con frecuencia, a todo contralor objetivo.
¡Un mal poeta puede creerse un genio desconocido, pero ningún alfeñique se toma por un coloso ignorado! Cuanto más elevada sea una actividad humana, más difícil es "conocerla por sus frutos", tan misteriosos son éstos y lejanos... ; mas, aquello que dice dificultad de verificación dice también incitación al fraude. La amarga tragedia de los más altos valores humanos es ser fácilmente falsificables. ¿Cómo juzgar -si no se lo hace con el auxilio de una rara y penetrante sabiduría, la perspectiva del tiempo y de una manera siempre discutible- cómo juzgar, pregunto, sobre la autenticidad de una vocación política, artística o, en extremo, religiosa? Para muchos seres cuya impotencia o mediocridad haríase patentes en una actividad social ordinaria, constituye un expediente natural consagrarse, como compensación, al servicio de ideales superiores: en este servicio, su inferioridad ya no es susceptible de verificación inmediata y hasta pueden, si poseen el don de expresar las realidades que no viven, obtener brillantes éxitos pasajeros. Un mal carpintero nunca tendrá éxito en su oficio, pero un mal político, un falso místico pueden hacer que los hombres se ilusionen a su respecto triunfando magníficamente, tal como, por desgracia, vemos que sucede con harta frecuencia. Por otra parte, es normal que en el hombre -ser para el cual las realidades espirituales, en lugar de ser objeto de una intuición directa, son sólo asequibles mediante los sentidos- los valores más nobles sean también los que más blanco ofrecen a la mentira. No es esta sino una de las numerosas flaquezas del espíritu encarnado. Ella ha suscitado, paralelamente a los falsarios del ideal, una legión de "desenmascaradores" que han llevado la reacción contra la mentira del espíritu hasta el punto de impugnar la existencia y la dignidad de los valores espirituales.

Gustave Thibon, Lo que Dios ha unido (Ensayo sobre el amor)

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